domingo 22 de mayo de 2011

“Nosotros matamos menos”: O un ensayo sobre la biopolítica del fujimorismo




Cuando parece que la categoría “vida” solo es debatida y cuestionada como tal en los (por lo general) reaccionarios debates sobre el aborto, o en las autoritarias e hipermilitaristas defensas de la guerra, aparecen afirmaciones o escenas que nos recuerdan que la categoría “vida” es una categoría disputada de manera sistemática y en prácticamente todo espacio social y político. Nuestro contexto electoral también participa de esos debates globales sobre qué es una vida humana, y qué vidas son vidas humanas.

En una reciente entrevista a Jorge Trelles, vocero oficial del fujimorismo y exministro y excongresista del gobierno fujimorista en la década de los 90, confesó entre carcajadas cínicas y celebratorias que el fujimorismo había “matado menos” que los dos gobiernos que lo antecedieron. Como se lo manifestó inmediatamente el periodista que lo entrevistaba, Beto Ortiz, le acababa de regalar un titular soñado al diario La República; pero Trelles hizo más que eso: explicitó una forma de hacer política que es estructural, y no excepcional, del fujimorismo.


Esta política fujimorista tiene lugar en los cuerpos de los peruanos y peruanas. Por ello la llamaré, parafraseando muy libremente a Michel Foucault, biopolítica fujimorista. Esta biopolítica del fujimorismo argumentaré, está basada en la construcción de ciertas vidas como vidas habitables y vivibles, y en la paralela producción de cuerpos humanos cuyas vidas pueden ser eliminadas por el estado sin que se genere duelo público.

Esta biopolítica fujimorista fue sistemática en el gobierno dictatorial de Alberto Fujimori. Los ejemplos más visibles son las matanzas y torturas que ocurrieron durante ese gobierno, cuadros para-militares o sicarios del estado que actuaban con total impunidad. Y en ese panteón de víctimas del gobierno fujimorista, los estudiantes asesinados de la universidad La Cantuta y las víctimas de Barrios Altos guardan un importante protagonismo en los muchos esfuerzos (aun insuficientes) por producir memorias sobre la violencia. Sin embargo, estas prácticas fueron mucho más comunes en la sierra y selva peruanas. Estas víctimas parecen haber desaparecido de muchas memorias. De hecho, Jorge Trelles basó su argumentación en la patética entrevista que Jaime de Althaus le hizo a Rocío Silva Santisteban. En esta entrevista, de Althaus hizo una afirmación falsa (y celebrada por el fujimorismo). Ese conductor dijo que en el gobierno de Alberto Fujimori se habían matado a menos personas que en los dos gobiernos anteriores, y además que las fuerzas armadas habían respetado todos los derechos humanos en ese conflicto. Esta evidentemente es una afirmación cuya veracidad es directamente proporcional a la vocación democrática y pluralista de Jaime de Althaus. El primer supuesto falso de de Althaus (de Trelles y del fujimorismo) es afirmar que grupos sicarios como el tristemente célebre Grupo Colina eran marginales a la maquinaria represiva fujimorista, cuando la Comisión de la Verdad es enfática en afirmar su sistematicidad y centralidad. Es decir esos grupos para-militares (como las declaraciones de Trelles) solo eran los extremos más escandalosamente visibles (y nauseabundos) de una política estatal orientada a la producción de vidas habitables (valiosas) y vidas prescindibles (o carentes de valor). De Althaus y Trelles parecen decir al unísono que el gobierno fujimorista “mató menos”. Ahora volvamos con más detalle sobre esta afirmación.


Yo no soy muy fan del psicoanálisis, y menos de Lacan. Pero sí creo que existe el inconsciente, y que no miente. Y cuando Jorge Trelles pronunció esa frase “nosotros matamos menos” lo hizo desde lo más profundo de sus deseos y certezas. Deseos que están legitimados por la radical sensación de impunidad que lo blinda, y de la que además se ve justificada por la apasionada sumisión de los medios de comunicación más importantes de este país al fujimorismo.

Algo que en la iteración de esta frase (dicha con toda honestidad por este cuadro fujimorista y respaldada por muchos fujimoristas y periodistas) está siendo soslayado es que la confesión "matamos menos" no solo aludía a que mataron a menos gente, sino también a que mataron a gente "menos valiosa". Esa miserable complicidad la comparten con los políticos fujimoristas los cientos de personas que en diversos foros intentan justificar la afirmación de Trelles. Ellos argumentan que en toda guerra muere gente, pero lo que olvidan decir es que la muerte de estas personas no se ve justificada exclusivamente por un estado social de anomia, sino por la carencia de valor social de las víctimas en cuestión: campesinos y campesinas, mujeres y hombres pobres, niños y niñas pobres, estudiantes de universidades públicas, activistas de clase obrera, y un larguísimo etcétera.

Lo reitero: Esta biopolítica fujimorista no es nueva. Pensemos en las esterilizaciones forzadas que se hicieron a cientos de miles de mujeres campesinas peruanas. Organizaciones feministas y de DDHH han argumentado con toda razón que los derechos de estas mujeres (como las de aquellas a las que por ley se les impide abortar cuando lo desean) fueron sistemáticamente violentados por el estado peruano. Sin embargo, a veces no se hace el énfasis en aseverar que ésta no fue solo una mala política de planificación familiar, sino una sistemática política de profilaxis racial. No solo se trataba de ejercer un poder tutelar sobre los cuerpos de estas mujeres, sino también, y como explícitamente lo afirmaron algunos cuadros fujimoristas, de reducir la pobreza (y la ruralidad) eliminando a los y las pobres (y a los sujetos rurales).

Evidentemente, esa línea argumentativa merece ser profundizada, pero solo quiero citar brevemente otro ejemplo. La política asistencialista del fujimorismo para con las comunidades más pobres del Perú lejos de construir o extender la noción de ciudadanía a poblaciones históricamente excluidas, tuvo por fin clientelizarlas. Hacer de las políticas públicas servicios de caridad personales de Alberto Fujimori. Es típico de los fascistas querer y preferir súbditos a ciudadanos y ciudadanas, y también es típico de la caridad ser un afecto reaccionario e indulgente. Este clientelismo está basado en la premisa de que los pobres son sujetos menos valiosos para la nación peruana, y cuyo valor solo radica en el voto que ejercen. Como sabemos otra era la historia de las elites económicas en el gobierno fujimorista: ellas podían decidir políticas públicas que las favorecieran siempre y cuando contribuyeran económicamente con esta mafia. Esas vidas sí eran vidas humanas.

Los tibios deslindes de Keiko Fujimori sobre las afirmaciones de su hasta hace unas horas vocero oficial además de ser tibios, fracasan en alejarla del aura criminal de su organización política. A diferencia de Fujimori, en estas elecciones, Ollanta Humala encarna el complejo esfuerzo (pero esfuerzo al fin y al cabo) de hacer que la categoría “vida” no sea un privilegio de las elites, ni una dádiva estatal a buenos súbditos. Sus alianzas políticas y sociales muestran un genuino esfuerzo por construir la solidaridad, y es solo con solidaridad (y no con caridad) que cada vez más peruanos y peruanos serán considerados seres humanos con derechos humanos, y no carne de cañón.

2 comentarios:

Renata no Río dijo...

Querido,
la diferencia de horario y la lentitud de la ONPE hicieron que me fuera a dormir sin muchas certezas sobre el resultado del ballotage.
Hoy me despierto, leo tu entrada y las noticias del día y parece que algo posible puede comenzar a gestarse en Perú.
La voluntad de construir vidas habitables es una potencia política indiscernible. Todo comienza.
Abrazos (latinoamericanos, por qué no)
r.-

Giancarlo Cornejo Salinas dijo...

Ren querida,

Ojala de verdad estemos en epoca de gestas de nuevas cosas en el Perú y en AL.
Un besote para ti y el Jose