sábado, 13 de noviembre de 2010

Su niñez: Cuando era “él”, pero el “ella” le parecía más interesante

Vanesa fue un niño. Nunca tuvo muchos amigos, era una persona reservada y tímida. A ella cuando era niño no le gustaba jugar casi nada, y menos fútbol, aunque sí yaxes. Cuando sus compañeros jugaban fútbol ella se iba a otros patios o se escondía para evitar jugar con ellos. Y como su profesor la quería obligar a jugar dicho deporte, ella le mintió a su mamá para que hable con este profesor y le informe que su hijo tenía dolencias en el hígado y que sus músculos se inflamaban cuando hacía ejercicios. Estas tácticas le sirvieron a Vanesa para nunca tener que patear una pelota.

Vanesa al parecer no se sentía cómoda con los roles asignados a los hombres desde su niñez. El fútbol tal vez sea el ejemplo más explícito de construcción y disciplinamiento del cuerpo masculino. Es pertinente aquí aludir a la noción de “tecnología de género” de Teresa de Lauretis, quien piensa el género de manera similar a las tecnologías del sexo foucaultianas. Ella sostiene que “el género, como la sexualidad, no es una propiedad de los cuerpos o algo que existe originariamente en los seres humanos, sino que es el conjunto de los efectos producidos en cuerpos, comportamientos y relaciones sociales” como dice Foucault, debido al despliegue de una compleja tecnología política””. (2000: 35). Entonces, la masculinidad de Vanesa no puede ser asumida, tiene que ser vista como un efecto de la reiteración de complejas tecnologías políticas. De hecho, el futbol es una de esas tecnologías. Crea cuerpos como masculinos, intenta homogenizarlos, pero al mismo tiempo distribuye valoraciones generizadas asimétricamente, construyendo hombres y no hombres (todas las mujeres y los niños afeminados).

Esta escena también puede explicitar la carencia de un lugar enunciativo del niño que fue Vanesa. Esta carencia es la que según Gayatri Spivak define a la subalternidad (Vega 2006a). Esta carencia se debe apreciar en el hecho de que la alteridad que representa Vanesa para un sistema generizado dicotómicamente sea una imposibilidad, una irrealidad. Sus saberes en torno a su propio cuerpo no pueden ser debatidos porque ella no posee recursos simbólicos para generar una propuesta alternativa que visibilice ante el discurso hegemónico sus posiciones.

Su timidez puede verse también como una forma de resistencia a este disciplinamiento corporal que construye un cuerpo masculino heterosexual. Si las tecnologías del género producen lugares para la masculinidad, también se abren posibilidades para por lo menos fantasear otros lugares. Volvamos a de Lauretis, para quién el género “no es solo el efecto de la representación, sino también su exceso, lo que permanece fuera del discurso”. (2000: 36)

Vanesa apela a una mentira para escapar de una situación, jugar fútbol, que la incomoda profundamente. Pero tal vez no sea exacto hablar de una “mentira” porque Vanesa la usa como un recurso para escapar de una nominación universalista que es pensada como “la verdad”, y que opera sobre su cuerpo para disciplinarlo. Frente a este discurso homogenizador de los “cuerpos masculinos”, y creador de los cuerpos masculinos en buena medida, cualquier saber otro o discurso alternativo es una “mentira”. Vanesa no puede cuestionar explícitamente la legitimidad de esa “verdad”, pero puede apelar a otra “verdad” para escapar de un destino que es planteado simbólicamente como inevitable. Vanesa apela a una representación de género aceptable (estar enfermo) para posibilitar un espacio fuera de ese discurso de género heteronormativo.

Cuando Vanesa estaba en secundaria (alrededor de los 13 años) su forma de percibirse cambió radicalmente. Ella toma “conciencia” de que quiere ser ella, que sueña ser ella. Sabía que en el colegio no podía “soltarse” y para todo el mundo era un chico, y asumía los roles sociales atribuidos a lo masculino, o en sus palabras copiaba lo que hacían los chicos. Vanesa recuerda que por su seriedad sus compañeros la llamaban cachaco , y le decían que su casa era un cuartel. En el colegio siempre hubo chicos que le gustaban, pero ella solo se contentaba con su amistad en el mejor de los casos.

Al mismo tiempo, recuerda gratamente que a los 13 años se compró con sus ahorros su primera muñeca, a la que atesoraba, y que escondía debajo del colchón de su cama; cada vez que podía le compraba ropa, accesorios o se los hacía ella misma. También viene a su memoria que a esa misma edad se puso por primera vez los zapatos de su madre, luego su vestido para jugar con sus hermanitas a un desfile de modas, en el que todas ellas eran modelos.

Según Frantz Fanon es la escuela la herramienta principal para suscitar el deseo del mimetismo (Vega 2006b). Y es en la escuela donde este deseo de mimetismo por una identidad masculina anclada en un cuerpo construido como masculino va a ser impuesta.

En ese sentido, el que Vanesa haya tenido que performar dureza y rigidez es resultado de políticas sexuales de dominio imperial que evidencian como otras formas de ser y sentir son suprimidas, son postuladas como irreales e inexistentes. Y ella se ve obligada a mostrarse como lo “único” que puede ser es, es decir, un hombre heterosexual. En ese sentido una potencial conciencia femenina, transgenérica o alternativa es simbólicamente acribillada por un imperio masculino heterosexual y blanco. Sin embargo, esa no es toda la historia. Homi Bhabha sostiene que el mimetismo es un instrumento de saber y poder colonial que sirve para incluir o excluir simbólicamente, pero el mimetismo es ambivalente ya que puede desestabilizar los discursos de autoridad colonial cuando el colonizador ve huellas de sí mismo en el colonizado (Vega 2006b). El hecho que Vanesa haya sido llamada “cachaco” por su dureza y su masculinidad rígida puede ser interpretado como una forma de mimetismo, y también como un atentado a una dicotomía de género jerarquizante y rígida, porque ella fue “mejor hombre” que los “propios” hombres que asumen una masculinidad hegemónica heterosexual.

Bhabha además afirma que la duplicación de la autoridad produce una representación poderosa de contra dominio. El mimetismo, así, remeda la autoridad colonial en forma de presencia parcial e incompleta. De esta manera, perturba el poder y desdibuja la diferencia en la que se fundamenta la autoridad que performa (Vega 2006b). En ese sentido, la hipermasculinidad de Vanesa puede ser vista como resistencia, ya que introduce ambivalencias a las reglas del reconocimiento de los discursos dominantes y evidencia la artificialidad de atributos sociales postulados como naturales.

Además, como argumenta Butler en torno a los postulados de Bhabha, la mimesis supone un esfuerzo de traducción que invariable, inevitable y afortunadamente implica la contaminación del término (en este caso la masculinidad), y “no hay ningún desplazamiento mimético del original sin una apropiación del término que lo separa de su autoridad putativa” (2000: 44)

Al generarse cuerpos que asumen roles masculinos sin asumir una identidad masculina se desplaza la autoridad colonial, se reapropia e introduce formas “otras” de vivir/no vivir esta masculinidad, además se cuestiona su obligatoriedad y unidimensionalidad.

Como Butler potentemente sostiene: “no existe una identidad de género detrás de las expresiones de género; esa identidad se construye performativamente por las mismas “expresiones” que, al parecer, son resultado de ésta”. (2007: 85). Es decir ningún género masculino se expresa mediante tecnologías como el fútbol; mas bien estas tecnologías de género (parafraseando a de Lauretis) producen retroactivamente la noción de un género original.

Aun más importante es el hecho que la hipermasculinidad de Vanesa devela la esencia performativa no solo del género, sino (en específico) de la masculinidad. Entonces, la masculinidad no es propiedad privada de hombres heterosexuales (Halberstam 1998). Es mas la masculinidad no es una “propiedad”; mas bien se construye mediante una serie ritualizada de actos repetitivos y muchas veces compulsivos. La masculinidad también es copia sin original.

Vanesa obedece el mandato de masculinidad, pero su obediencia desborda las normas. Butler (2001b) plantea la categoría de obediencia promiscua, como aquel acatamiento que en su escandaloso exceso traiciona las intenciones originales de la norma. Vanesa le da un futuro diferente a la norma de masculinidad y la termina subvirtiendo. No la vacía de contenido, le da contenidos diferentes a los que supuestamente la norma contiene o debería contener. Beatriz Preciado lo dice así:

“Frente al espacio educativo como un medio en el que la heterosexualidad institucionalizada constituye la norma de todo posible agenciamiento, el cuerpo queer… es aquel que se construye como sujeto que resiste y contesta a ese proceso de normalización pedagógica, encontrando puntos de fuga que permitan agenciamientos desviados”. (2009: 168)

La dureza de Vanesa era confundida con arrogancia, y ella misma reconoce haber sido arrogante y tratar diferente a las personas por como se vestían, o el dinero que tenían. Eso sí, hay algo que hasta ahora no puede cambiar y es su racismo al escoger a sus parejas; en sus palabras “un negro no le sirve de marido”.

El cruce étnico/racial también se hace explícito como otro mecanismo de dominación que refuerza su subalternidad. El deseo o la aspiración (aunque sea discursiva) a hombres blancos visibiliza como Vanesa puede estar atrapada por el deseo del sujeto colonizador. Y como Leo Bersani (1998) nos recuerda un sujeto puede gozar de las prerrogativas del poder, aunque no sea uno de los privilegiados.

El recordar la primera vez que tuvo sexo le produce sentimientos fuertemente ambivalentes, ya que no está segura si fue violada o no. A los 15 años había salido a caminar con un vecino suyo, hasta que llegaron a una casa en construcción. Allí este hombre joven empezó a tocarla en contra de su voluntad, pero luego él empezó a hablarle cariñosamente y la convenció. Ella reconoce que esa experiencia no le causó placer.

Su primer encuentro sexual está marcado por la violencia. Ella es deseada, pero este deseo necesita concretarse mediante mecanismos de violencia sobre su cuerpo para justificarlo. Aun así otras sensaciones y afectos desbordan el hecho y complejizan la imagen del vecino (sujeto deseante/deseado), del encuentro sexual (voluntario/no voluntario), del deseo (homosexual/heterosexual), y del espacio (público/privado).

Es cuando empieza a trabajar en la cevichería de su prima que se compra sus primeros vestidos y minifaldas. Ella recuerda con nostalgia que lo primero que se compró con sus ahorros fue una peluca, una peluca que fue lo más caro por lo que haya pagado. Y es así que se traviste por primera vez.

Con la peluca atesorada de Vanesa parece que empieza una “fase” de producción de un cuerpo “travesti” o “no masculino”. Pero yo sostengo que esta producción corporal solo hace evidente algo que es propio de la materialidad corporal. Butler define a la materia como “un proceso de materialización que se estabiliza a través del tiempo para producir el efecto de frontera, de permanencia, y de superficie que llamamos materia” (2002: 28). En ese sentido “las normas reguladoras del sexo obran de una manera performativa para constituir la materialidad de los cuerpos y, más específicamente, para materializar el sexo del cuerpo, para materializar la diferencia sexual en aras de consolidar el imperativo heterosexual” (2002: 18). El carácter construido de la materia corporal solo se hace visible cuando no está enmarcado dentro de cuerpos heterosexualizados. Esto es desde los márgenes que se excluyen en este proceso de hacerse carne. Es decir, la materialidad del cuerpo masculino de Vanesa no se debe asumir, sino qué esta es un efecto performativo de la citación de normas.