sábado, 18 de septiembre de 2010

¿Cómo hacer que tus estudiantes sean gays?: La guerra contra los profesores afeminados



Yo estudié en una universidad bastante conservadora, la Pontificia Universidad Católica del Perú, y en muchas clases y espacios y con diversos profesores, estudiantes y autoridades universitarias experimenté formas de violencia homofóbica “directas” e “indirectas” basadas en argumentos de los más diversos. No es de mi interés en este ensayo elaborar mucho estos discursos, pero sí quiero resaltar que mi experiencia como un estudiante queer no estuvo exenta de violencia, y de violencia homofóbica.

Como ya lo mencioné, en la introducción del presente volumen, en mi primer ciclo de estudios recibí como todos los estudiantes un tríptico homofóbico que incitaba a diversas formas de violencia y desprecio contras los cuerpos no heterosexuales. Este tríptico no era la obra de un grupo reducido de fanáticos radicales de derecha, sino que había sido firmado incluso por el rector de la universidad, que era y es considerado por muchos como un “progresista”.

Sin embargo, si yo disfruté mi paso por esa universidad fue por mis amigos y amigas queer. Conocer en primera instancia a personas gay fue de las experiencias más reconfortantes de mi vida. En esta universidad existe un grupo llamado GPUC (Gays de la PUC). La lógica del grupo es la de ser una red de soporte a estudiantes gays, lesbianas y bisexuales. De hecho mis primeros amigos gays lo conocí por este grupo. Aunque suene increíble, o a estas alturas talvez no tanto, las autoridades de la mencionada universidad no solo desaprobaban la existencia de este grupo de estudiantes, sino que además evaluaban la posibilidad de denunciar judicialmente a los miembros del mismo por el “mal uso” que le daban a las iniciales del nombre de la universidad. (Una prueba de la virulencia del pánico homosexual). Al mismo tiempo, participé de un activismo queer mucho más público en la universidad, en el “Colectivo Paréntesis”. Mucha gente experimentaba la universidad como un espacio no marcado sexualmente, genéricamente, por criterios de clase o raza; pero ese no era el caso nuestro. De hecho mucha de nuestra actividad política a la vez que intentaba visibilizar diversas demandas, era un intento por marcar la heteronormatividad y la homofobia de la universidad, por marcarla sexualmente.

Cuando empecé mis estudios en sociología, después de los dos primeros años de “estudios generales”, estaba convencido que también la especialidad que seguía, sociología, se consideraba a sí misma como no marcada, y no-ideológica. Y esto me ponía en una situación complicada, en una que Halberstam ha planteado acertadamente: “¿cómo podemos desarrollar metodologías queer si como personal investigador estamos ubicados en departamentos tradicionales?” (2008: 32). Halberstam define una metodología queer como:

“una metodología carroñera, que utiliza diferentes métodos para recoger y producir información sobre sujetos que han sido deliberada o accidentalmente excluidos de los estudios tradicionales del comportamiento humano. La metodología queer trata de combinar métodos que a menudo parecen contradictorios entre sí y rechaza la presión académica hacia una coherencia entre disciplinas”. (2008: 35).

En retrospectiva, puedo calificar varios de mis experimentos metodológicos como queer. Desde mi primer ciclo en sociología me apasioné por la temática trans. Hice varios ensayos e investigaciones, y para diferentes asignaturas. Uno de estos experimentos metodológicos y sobre el que quiero reflexionar tiene que ver con una observación participante que hice en el primer semestre del año 2004. Mi etnografía era en un espacio de trabajo sexual travesti, y varias madrugadas fui a hacer sistemática observación junto a Vanesa. Un detalle, muy curioso al respecto, es que Vanesa volvía a dicho espacio después de más de medio año de ya no frecuentarlo ni de dar servicios sexuales. Además, ella estaba inmersa en una terrible disputa con otra travesti que laboraba en dicho espacio, y no podían verse las caras. Por este motivo, Vanesa se tuvo que (re)travestir para pasar desapercibida en dicho espacio. Es decir, se tuvo que vestir con ropa asignada a lo “masculino”. Y esto fue un espectáculo incómodo y al mismo tiempo gracioso para ambos, que desmitificaba la “naturalidad” de las normas de género, y la mostraba como lo que son: contingencias autorreferentes sancionadas socialmente. Eso no fue todo, en mi última sesión de observación me travestí gracias a la ayuda de Vanesa, e hice la observación participante de esa madrugada “asumiendo” una corporalidad travesti.

De hecho, una de las motivaciones para travestirme fue el conocidísimo aforismo sociológico “ponerse en lo zapatos del otro”. Mi intento, en algún sentido, fue el ponerme en “los tacos de las otras”. Por supuesto, que caí rápidamente en cuenta que éste aforismo naturalizaba la escisión jerárquica yo/otro. Sin embargo, había formas de experimentar productivamente con dicha consigna. En el trabajo que presenté para esa asignatura justifiqué la decisión de travestirme no como un intento de ver y sentir el mundo como las travestis lo hacen, lo que sería muy colonizador y produciría un sujeto unitario y coherente “trans”, sino como un intento por “ver y sentir” de manera diferente a como lo hago (o hacía) cotidianamente, y talvez (y solo talvez) para verlo y sentirlo un poco más parecido a como algunas de ellas lo hacen. A la vez, fui motivado para travestirme por las propias travestis que había entrevistado previamente. Varias de ellas me habían dicho que para conocer la experiencia trans y comprometerme tenía que experimentar el travestismo. Y como debe quedar claro, siempre he valorado las opiniones y saberes de las personas trans que he conocido.

Vanesa me asesoró desde el inicio. Recuerdo su lista de pendientes para “producirme” como travesti. Un pantalón de chu (asignado socialmente a mujeres), polito calato, esmalte, peluca, dulopillo (para el armado del cuerpo), sostén, calzón chiquito, varias pantys. En este procedimiento no solo fui asesorado por Vanesa sino también por mis amigas y amigos gays de la universidad. De hecho mis amigas me trajeron varias de sus prendas para que me las probara en la universidad, a la vez que le robé algunas cosas con el mismo fin a mi madre. La sesión de prueba con las vestimentas “femeninas” fue en un baño de la universidad. Entré a un baño de hombres con algunas amigas, aprovechando que no era muy frecuentado, y empezó el desfile. Evidentemente al hacerlo en un baño, y no en un espacio más público reificaba la exclusión de la transgeneridad y los cuerpos travestis de los espacios públicos, pero al mismo tiempo éste era un acatamiento desobediente. Esta universidad, reitero, no era un espacio que acogía los cuerpos queer, y de hecho no los cuerpos transgénero. Performar la posibilidad de la transgeneridad en sus baños podía tener implicancias subversivas. Recuerdo que más de un chico llegó a entrar al baño, y aunque me metía a alguna caseta privada invadido por la vergüenza, la vergüenza también se extendía al testigo o voyeurista que se demoraba más de los usual en el baño. Y ya he argumentado mucho sobre la vergüenza como para volverlo a hacerlo aquí.

Ya en el día de mi observación participante en tacos, caí en cuenta que la lista de Vanesa sobre los “requisitos” para performarme como trans eran varios más: pestañas postizas, ganchos para el pelo, rubor, base, lápiz delineador de ojos, rizador de pestañas, crema desmaquilladora y calzado, entre muchos otros. Además habían ciertos procesos cuya dificultad había subestimado como “armar el cuerpo” (mi cuerpo), coser la peluca en mi cabello, depilarme las piernas a ultimo momento, o intentar esconder el bulto que mi pene hacía en mi apretado pantalón corto. Pongo los “requisitos” entre comillas porque evidentemente estábamos haciendo una citación de una noción estereotipada del cuerpo de una mujer, que además estaba bastante heterosexualizada, porque como me repetía Vanesa la idea era que fuese deseable para muchos hombres. Al mismo tiempo el proceso de travestirme hacía más evidente la problematización del género que implica el proyecto travesti, y que desnaturaliza a la masculinidad y feminidad heterosexuales.

Verme al espejo con una corporalidad travesti fue una experiencia grata, bastante inusual para mí dada la prominencia de la matriz heterosexual. Recuerdo muy afectuosamente que Vanesa me dijo al verme “producida” que “más que traca parecía una puta”. Eso quería decir que me veía muy femenina, ella hablaba sobre todo de lo femenino que se veía mi rostro, tanto así que más que el de una travesti parecía el de una mujer. Al salir a la calle, la sensación de complicidad y placer cambió radicalmente, y el miedo, o debería decir el terror, me invadió. Mientras que Vanesa posaba en una esquina y coqueteaba a los autos que se detenían yo me moría de miedo cada vez que algún auto se detenía o pasaba lento por nuestro lado. De hecho para mí fue muy revelador de la heterosexualidad, como los mismos hombres que primero nos miraban y silbaban segundos después nos insultaban. En ese momento caí en cuenta que la heterosexualidad también es un deseo que se avergüenza de sí mismo.

Ser objetivado sexualmente por potenciales clientes, y que más de uno se me acercara para solicitarme algún servicio sexual, o me exhibiere su pene esperando que yo lo estimulara sexualmente, me posicionó como un sujeto marcado sexualmente en dicho espacio. Hizo evidente que toda pretensión de “invisibilidad” de un etnógrafo está basada en diferenciales de poder en torno a la clase, la raza, el género y la sexualidad, que se constituyen en privilegios.

También caí en cuenta que habían muchas cosas que con “metodologías orales” como una entrevista o un grupo focal no iba a poder conocer. Por ejemplo, recuerdo la importancia de la figura del “matacabro” en ese espacio. Y el que en observaciones habituales jamás haya caído en cuenta de su importancia, pero al experimentar el terror (y otra clase de sensaciones muy difíciles de verbalizar) pude reconocerlo como un actor, que ciertamente era muy importante en la compresión por parte de las travestis de dicho espacio.

El terror se materializa en el cuerpo. Recuerdo particularmente una escena que tuvo lugar cuando Vanesa y yo fuimos divisados por una patrulla de policía y ésta nos alumbró con reflectores de luz grandes. Vanesa y yo quisimos irnos en algún taxi, pero ninguno se detenía porque teníamos muy cerca a la patrulla policial. Empezamos a correr porque la policía nos empezó a perseguir. De mis grabaciones de campo extraje esta declaración mía:

“Un patrullero de la policía nos apuntó y nos iluminó (Vanesa me dice que me quite los zapatos y corra), me estoy quitando los zapatos… estoy corriendo sin zapatos… estuve sin zapatos una parte, pero ya no puedo; así que estoy con los zapatos otra vez. Vanesa está que corre… (empiezo a jadear de cansancio)… He corrido cinco cuadras y tengo los pies heridos. Creo que me he cortado con algo (sigo jadeando), y estoy asustado.”

Después de la persecución policial caí en cuenta que se nos estaba persiguiendo porque se asumía que estábamos ejerciendo el trabajo sexual de manera ilegal, pero éste no era el caso de ninguno de los dos. Sin embargo, ambos corrimos, y corrimos desesperados, y nos lastimamos en el proceso. Hicimos una citación de una distribución de posiciones sociales sancionadas por la matriz heterosexual: el policía heterosexual persecutor, y la travesti perseguida por la ley. Esta performance fue importante para ambos, especialmente para mí, porque de nuevo me mostró la autorreferencialidad de las normas de género, y develó que la heteronormatividad consiste en naturalizar contingencias, y presentarlas como causas.

Cuando hice esta observación participante tenía 18 años, y con suerte había leído algún ensayo de Butler, ahora retrospectivamente (y siendo un mejor lector butleriano) puedo afirmar que mi etnografía tuvo por fin estudiar performances de género (de travestis, de policías, de clientes, etc) para develar el carácter performativo del género. Pero eso no era todo, la propia etnografía se constituyó en una performance. Yo estaba repitiendo una metodología ampliamente extendida en la sociología y antropología, una experiencia que además yo ya había explorado. Pero las performances no son idénticas unas a otras. De hecho cada performance (cada observación participante) fue diferente de la anterior. La reiteración con cambios de cada performance se hizo más explícita el último día de observación en que me travestí. Y también develó la lógica performativa de la etnografía. En el afán muchas veces colonizador de pensarse como un sujeto no marcado, el etnógrafo, cree que solo describe una realidad totalmente externa a él y en la que él no produce efectos, pero no considera que la etnografía también produce, y produce más de lo que a primera instancia se le podría atribuir. Una etnografía produce a un sujeto, a un etnógrafo, como lo hizo más que evidente para mí mi última sesión de observación participante. Éste es un sujeto sexualmente marcado, y cuya presencia marca también el espacio social que intenta analizar. Una etnografía también produce a los “informantes nativos” que deben brindarle conocimiento de esta realidad social. Y una etnografía también produce la realidad que aparentemente describe. Si yo no hubiese sido un activista gay, sino hubiese conocido a las personas trans que conocí, sino me hubiese hecho amigo de Vanesa, esa etnografía no hubiese podido existir, y sí lo hubiese hecho podría haber sido una incluso transfóbica en que por ejemplo “describía” la dificultad de los “vecinos” de dormir en las noches, y en que sus certezas y sentidos comunes generizados y de clase se veían irrumpidos violentamente por seres abyectos, “los” travestis. En ese sentido, quiero explicitar que “Géneros promiscuos” es una performance genérica/político/académica que espero devele el carácter performativo del género, y por qué no de la política y la reflexión académica también.

En este ensayo deseo hacer evidente la urgencia por espacios más habitables para personas no heterosexuales. Y creo de vital importancia que en espacios pedagógicos como la universidad, los institutos y las escuelas se desarrollen proyectos de pedagogía anti-homofóbica. Una de las formas de violencia homofóbica contra niños y jóvenes queer es prohibirnos cualquier contacto intergeneracional con personas y energías queer. Esta proscripción la hallo profundamente castrante y mutiladora. Para ser honesto, probablemente, ahora experimente y haya experimentado el que se me prohíba entrar en contacto con queer más jóvenes. De hecho, se que uno de las cosas que más pánico causa de la posibilidad que yo dicte clases, y sobre todo a jóvenes tiene que ver con el terror a que los haga gays.

De la poca, pero significativa, experiencia que he tenido como profesor puedo decir que la posición “profesor” también está marcada por diversos diferenciales de poder, y está sexualizada y erotizada. Yo no pienso negar eso. Continuando con las confidencias tengo que reconocer que mis experiencias más gratas y placenteras como profesor han tenido que ver con, por ejemplo, cómo queerizar un silabus de curso. Dicté un curso titulado “Género y desarrollo” asistiendo a una de las profesoras que más estimo de la universidad, y en vez de incluir los temas clásicos del curso, nuestros textos básicos fueron de Butler, Wittig, Mohanty, Moraga, Lorde, de Lauretis y Anzaldúa. Otra de las fuentes de placer cuando he dictado tiene que ver con la certeza de que algún o alguna estudiante (queer) sintió en particular que la clase que dicté fue para él o para ella. De hecho, no puedo describir la belleza de esa sensación, y la gratitud que muchos de esos alumnos/as muestran para conmigo al final de dichas clases.

Entonces frente el homofóbico alegato de que, como cualquier profesor gay, lo que quiero en clases es hacer gays a los jóvenes estudiantes, no responderé con un “no”. Es decir respondo con un “sí” a dicho alegato ¡quiero hacer queers a los estudiantes! Quiero volver a Sedgwick para justificar mi decisión:

“El número de personas e instituciones para las que la existencia de personas gay es tratada como un precioso desiderátum, una condición de vida indispensable, es pequeño. La asimetría dominante de la asignación de valor entre lo hetero y lo homo no encuentra respuesta en ningún lugar: consejos sobre cómo ayudar a tus hijos a ser gays, por no mencionar a tus estudiantes, a tus feligreses, a tus clientes de terapia, o a tus subordinados militares, es menos ubicuo de lo que crees. Por otro lado, el alcance de instituciones cuya empresa programática es evitar el desarrollo de personas gay es inimaginablemente grande”. (1993: 161, mi traducción)

Frente a la heteronormatividad que se reactualiza y legitima en espacios e instituciones como las universidades, hallo de central importancia plantear la habitabilidad y la belleza de lo “queer”. No es muy difícil argumentar que esta cultura no nos quiere, de hecho probablemente para mucha gente el mundo sería mejor sin nosotrxs, pero para algunxs de nosotrxs, el mundo sería una mierda sin queers.

5 comentarios:

tilsa dijo...

me encanta tu post gianca! :) te extraño mucho! suerte con las clases!

Carmen dijo...

hallar- hallo

paroledequeer dijo...

como siempre gracias por tu saber y elocuencia.... te linkeo en el facebook. la humanidad entera necesita tus escritos

besos

Anónimo dijo...

GK
felicitaciones por tu artículo. Es valiente, recoge lo vivido, está conceptualmente informado, es tentativo en su tono pero seguro en su enunciación. Pero qué es lo que deseas. ¿Qué todos vivamos una sexualidad polimorfa? ¿Es eso la libertad? o Buscas que la gente sea consciente de las marcas que ha sufrido en su sexualidad y que actúe libremente, sin ignorarlas.
saludos Gonzalo

Giancarlo Cornejo Salinas dijo...

Gonzalo,

Gracias por el comentario generoso.
No creo que tenga una respuesta clara para tu pregunta, pero lo que sí se es que no creo que ninguna identidad (sea la que sea) deba convertirse en hegemónica (y en un nuevo deber ser) porque siemore excluirá multiples deseos,identificaciones, géneros, cuerpos, etc.
Creo que hice este ensayo como un manifiesto. Y lo que valoro del mismo no es que lo que proclame al final sea "la verdad", sino que me parece que plantea preguntas que son imposibles de ser planteadas en nuestra cultura.