lunes 28 de junio de 2010

Cuando su cuerpo sangra y calla


(Lima, 1961)

Gabriel, de 8 años, después de jugar con sus hermanos, fue a devolverle la pelota a un amigo suyo, al que todos le decían “maricón”, pero él no sabía qué significaba eso. Este amiguito vivía al final de una quinta larga; en el camino se le acercó Jaime, un vecino de su barrio y le dijo “quiero hablar contigo”, Gabriel se negó porque estaba prohibido de hablar con ebrios. Corrió hasta la casa de su amigo, y al llegar le devolvió su pelota y le pidió que lo acompañara. En el camino ambos pequeños fueron interceptados; Gabriel empujó a su amigo sobre sus agresores y corrió desesperado, pero Jaime y otros jóvenes lo atraparon, le torcieron el brazo y lo agarraron del cuello. Gabriel gritó y gritó mucho, pero lo obligaron a callar, y antes de meterlo a un cuarto oscuro, pasó un niño al que Gabriel le gritó “avísale a mi hermano”, el muchacho preguntó “¿qué quieren hacer con el chico?”, los hombres sacaron un cuchillo y lo amenazaron, y el niño se fue. Ya en el cuarto, al Gabriel resistirse, le cortaron el pecho con el cuchillo, le rompieron la ropa y lo violaron todos. Lo obligaron a callar al amenazarlo con matar a sus padres y hermanos si le contaba a alguien lo que le hicieron.

Esta narrativa refleja la gran violencia que se comete contra los cuerpos de niños, en especial contra aquellos no heterosexuales. Hay una creencia popular que dice algo como que “al hombre que violan lo vuelven maricón” (y esta violación es definida básicamente como una penetración anal). Esta afirmación es sumamente compleja y se me ocurren dos posibles lecturas.

La primera lectura sería entenderla como un prejuicio que esconde también contenidos verdaderos, pero tal vez transfigurados funcionalmente para acomodarse al deseo del sujeto hegemónico. Es decir pareciere que en vez de que por ser violados se vuelven maricones, se les viola por ser maricones. Y este “ser maricones” alude a un no “ser hombre”, a una carencia de masculinidad. Por tanto esta lógica implicaría a los cuerpos de todos los niños, todos los sujetos no heterosexuales y las mujeres. Basta recordar, que hay otros niños en la escena que también son violentados. Gabriel va a entregarle la pelota a un niño que ya ha sido llamado “maricón”, y podemos suponer que la mayoría de veces de manera violenta. Gabriel ni bien es interceptado por Jaime intuye un peligro, y le pide al niño marica que lo acompañe, y ambos corren perseguidos ¿este otro niño ya había sido perseguido antes? ¿Conocía y compartía el miedo de Gabriel? También está el otro pequeño que es amenazado con un cuchillo y posiblemente con correr un destino similar al de Gabriel. Su pregunta “¿qué quieren hacer con el chico?” es respondida con una amenaza. Ni su cuerpo ni su posición eran muy diferentes de los de Gabriel. Este último reconoce ello, y por esa razón es que le duele aun más que este muchacho no haya hecho nada para ayudarlo. Estos cuerpos maricas le deben sumar a su subalternidad su muy joven edad, que hace más precario aún su acceso a un lugar de enunciación habilitante desde el que no permitir este tipo de agresiones.

La segunda lectura le da más crédito al sentido común popular, y analiza este hecho como un ejercicio sangriento de performatividad mediante el que se construye la masculinidad heterosexual como origen, y que efectivamente produce cuerpos maricas, cuerpos otros a los que es legítimo violentar.

El deseo homoerótico es un deseo negado socialmente, pero no por ello es inexistente. Todo lo contrario, ya que está estrechamente ligado a una violencia erotizada por la represión y estigmatización cultural que lo define. Estos agresores necesitan producir un maricón, Gabriel, para poder justificar y legitimar su deseo homoerótico. Necesitan producir anormales para construir al sujeto “normal” limpio de manchas.

Mary Douglas (1973) afirma que los límites del cuerpo son frágiles e inestables y están amenazados por diversas formas de contaminación. Butler (2007) relee los planteamientos de Douglas para aseverar que los límites del cuerpo son los límites de lo socialmente hegemónico. Butler además argumenta, en torno a la obra de Kristeva, que el límite entre lo interno y lo externo se hace muy ambiguo por los conductos excrementales. De acuerdo a Kristeva: “El excremento y sus equivalentes (putrefacción, infección, enfermedad, cadáver, etc) representan el peligro proveniente del exterior de la identidad: el yo (moi) amenazado por el no-yo (moi), la sociedad amenazada por su afuera, la vida por la muerte”. (1988[2006]: 96). Las sucesivas penetraciones anales a Gabriel en esa escena sirven para estabilizar los límites de los cuerpos de sus agresores. Y es de esta forma que Gabriel es literalmente convertido en mierda.

La conversión de Gabriel en mierda es probablemente la escena que corporiza de manera más radical la “caída”. Los agresores llegan hasta el fondo de Gabriel, ingresan hasta lo que es considerado el fondo del cuerpo de un hombre. Y además hacen que Gabriel toque fondo, que Gabriel caiga al fondo de lo socialmente despreciable.

Si la violación a Gabriel tiene el efecto performativo de producir un maricón es porque también produce hombres heterosexuales. Esta producción de hombres heterosexuales también puede ser entendida como una declaración de identidad. Y no como cualquier declaración de identidad, sino una que proclama: “soy hombre”. Este es un ejemplo radical de (ciertas) declaraciones identitarias que en su afirmación de un “ser” implican deshacer y eliminar.

Ambas lecturas no son mutuamente excluyentes. Si los jóvenes hombres violan a Gabriel por ser un maricón es porque citan determinadas convenciones. Gabriel ya era llamado “maricón”. Esta citación se sitúa en un proceso de historicidad violenta. Si los hombres jóvenes producen a un maricón mediante la violación es porque las normas implican su propia imposibilidad. En suma, ambas lecturas muestran que las normas se citan, pero también porque se citan son precarias.

Homosexual será solo el niño violado, Gabriel, mas los agresores no. Pese a que en el hecho en cuestión los sujetos deseantes son estos hombres jóvenes veinteañeros que lo agreden. Allí hay un mecanismo de saber/poder que anormaliza y patologiza la sexualidad y performance genérica alternativa a la heterosexualidad, pero a su vez niega sus propios contenidos no heterosexuales. Es el contenido fuertemente homoerótico del deseo el que se intenta esconder.

Los hombres agresores de esta escena se (re)presentan como un cuerpo masculino colectivo (un solo cuerpo conformado por muchos hombres heterosexuales) que violenta a un cuerpo abyecto. Sin embargo, ¿este mecanismo fue tan “exitoso”? Es decir ¿la violación del pequeño Gabriel de verdad deja incuestionable la heterosexualidad de sus agresores? Tal vez no, porque en esta escena se (re)presenta una configuración de homoerotismo y homosocialidad ligada a la violencia y sobre todo a la violación (Sedgwick 1985), pero que objetiva como recipiente de deseo no solo al cuerpo del pequeño niño. El cuerpo de Gabriel es construido como algo más que un receptáculo pasivo de deseo homosocial masculino, este cuerpo en verdad es construido de manera funcional como un recipiente que conecta los deseos de sus agresores. En otras palabras, los deseos sobre el cuerpo de Gabriel enmascaran un deseo innombrable, el deseo de esos hombres por ellos mismos. En simple, ellos se tocan a través del cuerpo de Gabriel.

Si entendemos la heterosexualidad (sobre todo la más iracunda) como el deseo de un hombre por una(s) mujer(es) que el jamás quisiera ser (Butler 2001b), la violación de Gabriel podría encajar en esta configuración. Ese “maricón” que ellos jamás quisieran ser es “lo” que desean. Pero y ¿qué es lo que pasa entre los “agentes” de deseo? ¿Esta escena no es acaso también una articulación de deseo masculino entre hombres que “encarnan” los valores de virilidad, agresión y fuerza (que en esas redes de homosocialidad son tan preciados) por ellos mismos?

Judith Butler (2006a) sostiene que para que lo humano sea humano debe relacionarse con lo no humano (con lo que está fuera de sí mismo, pero que es continuo consigo mismo). En ese sentido, lo humano excede sus límites en el mismo esfuerzo de establecerlos. La heterosexualidad solo existiría a partir de la creación de la homosexualidad como categoría, pero ninguno de sus intentos de escindirse radicalmente de la homosexualidad es totalmente exitoso. Se logran establecer límites, y muchas veces de maneras tan cruentas como en esta escena, pero estos límites son siempre, y hay que reiterarlo, precarios.

Una objeción que se puede hacer al análisis expuesto es que aun cuando la considero precaria he asumido la heterosexualidad de los agresores. Y asumo esta heterosexualidad por dos razones. Primero, porque el no hacerlo reproduciría un mecanismo de saber/poder heteronormativo que asocia de manera inevitable el cuerpo homosexual (o no heterosexual) con la violación. Ya Angela Davis (2005) argumentó potentemente cómo en Estados Unidos (como en muchas otras regiones con procesos históricos colonizadores) los cuerpos de las mujeres negras fueron convertidos en cuerpos que era legítimo violar sin cometer ningún delito o falta. Al mismo tiempo los cuerpos de los hombres negros eran convertidos en los cuerpos que violaban (a las mujeres blancas) por naturaleza. Así que las personas negras eran doblemente responsables de las violaciones sexuales, porque las atraían (es decir en el fondo las deseaban) o porque las perpetraban. De la misma manera, suponer la homosexualidad de los agresores sería legitimar una argumentación homofóbica que sentencia que el homosexual quería ser violado y que el homosexual quiere violar. Una lógica de este tipo no da cuenta del marco de violencia heteronormativo que hace invisible a la heterosexualidad, como el racismo hace invisible al hombre blanco de la violencia (y por tanto ni responsable ni culpable). Segundo, porque quiero matizar la asociación que hice entre homosocialidad, homoerotismo y la violación. Homoerotismo y homosocialidad sin ser lo mismo son parte de un continuo de afectos, deseos, relaciones y lealtades entre personas (y culturas) del mismo sexo/género. Sin embargo, el homoerotismo o la homosocialidad no deben ser postuladas como la causa o la radicalización de la hegemonía masculina. Es decir, postular que la excesiva valoración de lo “masculino” conduce a y /o es causado por un deseo por otros hombres puede favorecer a economías homofóbicas. De hecho, hablar de homoerotismo y homosocialidad en escenas como ésta invisibilizan a la heterosexualidad y la excluyen de (un necesario) escrutinio ideológico (Edelman 1994).

Al regresar a su casa, Gabriel entró por una de sus ventanas para no despertar a nadie, se fue al baño y vio su cuerpo sangrar, botó su ropa destrozada y manchada, y se cambió. Intentó dormir pero no pudo. Las siguientes noches era atormentado por pesadillas en que sus violadores ingresaban a su cuarto y lo volvían a agredir. No les dijo a sus padres nada.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

muy bueno y tal es lo que nos pase a much@s de lima y de afuera...

Anónimo dijo...

excelente ensayo, felicitaciones, GK (Gonzalo)