jueves, 22 de abril de 2010

Géneros Promiscuos: Cuando “ser” un género te hace puta


“Uno no nace con un género, se hace uno” es la consigna que se extendió después del influyente “El segundo sexo” de Simone de Beauvoir. Judith Butler agregaría cuarenta años después en “El género en disputa” que no nacemos con ningún género, y solo nos convertimos en uno bajo la obligatoriedad de hacerlo. No obstante, este proceso de “llegar a ser” un género no tiene final.

Las tres historias de vida dan cuenta de cómo el género no es una fase final alcanzada o a alcanzar. El llegar a ser un género es un proceso inacabable y que siempre va acompañado de incertidumbre. Las historias que incluyen estas páginas no son excepciones a la norma de género, no son ningún “más allá” de las normas del género, mas bien visibilizan el carácter fantasmático de las normas.

El exceso (o los excesos) argumentaré es lo único que tiene(n) de esencia el género (o los géneros). Teresa de Lauretis lo dice explícitamente: “el género… no es solo el efecto de la representación, sino también su exceso, lo que permanece fuera del discurso, un trauma potencial que puede desestabilizar, si no se contiene, cualquier representación”. (2000: 36)

Incluso la noción de identidad de género o sexual por la que por error a veces se ve reducido el género se ve desbordada por sus excesos. Como nos lo recuerda Eve Kosofsky Sedgwick:

“Pensemos también en todos los elementos que se hallan condensados en la noción de identidad sexual, un concepto que el sentido común de nuestros tiempos presenta como una categoría unitaria. No obstante, si profundizamos ligeramente en la idea de “identidad sexual” veremos que entre sus elementos se incluyen: nuestro sexo biológico (cromosoma, masculino o femenino); nuestra asignación de género según la percibamos, masculina o femenina (se supone que será la misma que la de nuestro sexo biológico); la preponderancia de nuestros rasgos de personalidad y apariencia, masculina o femenina (que se supone que corresponden a nuestro sexo y género); el sexo biológico de nuestra pareja predilecta; la asignación de género de nuestra pareja predilecta (supuestamente la misma que la de su sexo biológico); la masculinidad o feminidad de nuestra pareja predilecta (debe ser opuesta a la nuestra); nuestra autopercepción como homosexuales o heterosexuales (supuestamente está sujeta a si nuestra pareja predilecta es del mismo sexo que nosotros o del sexo opuesto); la percepción que nuestra pareja predilecta tiene de sí misma como heterosexual u homosexual (se supone que será la misma que la nuestra); la opción de procrear (supuestamente será afirmativa si somos heterosexuales y negativa si somos homosexuales); nuestra comunidad de identificación cultural y política (se supone que debe corresponder con nuestra propia identidad); y –de nuevo- muchas más”. (2002: 36-37)

Y qué más excesivo y productor de excesos que el brillante argumento de Butler sobre la performatividad del género.[1] Esta autora sostiene que el género:

“No debe ser visto únicamente como la inscripción cultural del significado en un sexo predeterminado (concepto jurídico), sino que también debe indicar el aparato mismo de producción mediante el cual se determinan los sexos en sí. Como consecuencia, el género no es a la cultura lo que el sexo es a la naturaleza; el género también es el medio discursivo/cultural a través del cual la “naturaleza sexuada” o “un sexo natural” se forma y establece como “prediscursivo”, anterior a la cultura, una superficie políticamente neutral sobre la cual actúa la cultura”. (2007: 55-56)

En consecuencia: “La performatividad debe entenderse… como la práctica reiterativa y referencial mediante la cual el discurso produce los efectos que nombra”. (Butler 2002: 18).

Por su parte, Joan Scott (1990) nos invita a lograr una historicidad que cuestione la calidad estable y fija de la “diferencia sexual” y del binarismo (hetero)sexual. Esto implica reconocer que las categorías “hombre” y “mujer” son inestables y más precarias de lo que creemos. Si uno toma al pie de la letra el consejo de Scott de historizar el género, lo primero que se hace evidente, es que si el género es algo es excesivo. Y aquí caigo en cuenta que cuando hablo de excesos tengo una palabra clavada en la cabeza: “promiscuo”. Si el género es algo es promiscuo.

Una de las definiciones de “promiscuo” que da la Real Academia de la Lengua Española es: “Se dice de la persona que mantiene relaciones sexuales con otras varias, así como de su comportamiento, modo de vida, etc”. No es que crea que esta es “la definición” de promiscuidad, la que sella todos sus posibles significados. De hecho parte de lo que me atrae de la promiscuidad es que no solo describe un exceso, sino que lo performa y la multiplicidad de definiciones adicionales que se me ocurren para agregar a ésta son prueba de ello. Esta definición vincula promiscuidad inexorablemente a sexualidad. Y yo creo que es probablemente éste su uso más común. No pienso argumentar en estas páginas en contra de esta asociación, aunque evidentemente muchos de sus usos más extendidos son bastante homofóbicos. Lo que quiero hacer más bien es extender estos efectos al género. Y reapropiada esta definición diría: “Promiscuo: Se dice de la persona que mantiene identificaciones sexuales varias, así como de su comportamiento, modo de vida, etc”. Y no es que quiera reducir el género a identificaciones, porque tan importante como éstas son las desidentificaciones, contraidentificaciones, fantasías, etc. De hecho hagamos otra combinación: “Promiscuo: Se dice del género que mantiene relaciones sexuales con otros varios, así como de su comportamiento, modo de vida, etc”. Ninguna especulación sobre la promiscuidad puede ser algo justa sin evidenciar los diferenciales de género, aún en sus configuraciones más heterosexuales y aparentemente estabilizadas. Es decir no es lo mismo decir “promiscuo” a “promiscua”. Para ser honesto si en mi infancia oí muchas veces la palabra “maricón” y muchas de ellas referida a mí, hubo otra que siempre giraba en torno de muchas de las chicas de las que era cercano o más amigo, o de las que quería ser más cercano y amigo. Y ésta palabra era “puta”. Y si como argumentaré, “marica” puede ser un nombre y un espacio habitable, creo que también “puta” puede serlo.

Una de las cosas más apasionantes para mí de Eve Sedgwick tiene que ver con sus proyecciones y fantasías identificatorias. Ella, una mujer casada con un hombre, escribió explícitamente de su deseo de ser un hombre gay, de amar a hombres gays, aun antes de conocer a alguno, es mas hasta muy tarde en su carrera académica dijo que si no había hecho pública su relación “heterosexual” era porque no quería aprovecharse de los privilegios que la heterosexualidad otorgaba. Para ella esto era un asunto de solidaridad (Sedgwick 2008). En algún sentido, yo también en momentos diferentes y con diversas intensidades he deseado ser una puta, he deseado amar a putas, aun antes de conocer a alguna. Y también en más de un sentido, y por solidaridad pero no solo por ella, he sido y soy una puta.

Muchas de las putas de mi infancia no solo representaban una sexualidad menos restrictiva que muchas de las otras niñas, sino que performaban una feminidad excesiva. Había algo excesivo en sus géneros. Recuerdo también haber deseado, anhelado ese exceso de feminidad ¿Pero qué si este exceso de feminidad es un exceso de género? ¿Y qué si este exceso del género es constitutivo del mismo? ¿Qué tal si ser un género nos hace a todos putas? ¿Qué tal si ser tu género te ha hecho la puta que eres? Y lo más importante, así como no puedes dejar de ser algún(os) género(s) tampoco puedes dejar de ser una puta.

Se que al apelar al nombre “puta” apelo a una historia de violencia, negación y exclusión especialmente contra las trabajadoras sexuales. Sin embargo, también intento cuestionar o desmitificar la exclusividad que se les atribuye a las trabajadoras del sexo en esta materia. Pensemos en la figura que normalmente es colocada como radicalmente opuesta a la de la puta, ésta es la mujer “virgen”, pero que se termina transfigurando en la figura de la madre heterosexual casada. Recuerdo a Monique Wittig quien potentemente señalaba que:

“La categoría de sexo es el producto de la sociedad heterosexual, en la cual los hombres se apropian de la reproducción y la producción de las mujeres, así como de sus personas físicas por medio de un contrato que se llama contrato de matrimonio. Comparemos este contrato con el contrato que vincula a un trabajador con su empresario. El contrato que une a una mujer con un hombre es, en principio, un contrato de por vida, que solo la ley puede romper (el divorcio). Asigna a la mujer ciertas obligaciones, incluyendo un trabajo no remunerado. Su trabajo (la casa, criar a los niños), así como sus obligaciones (cesión de su reproducción puesta a nombre del marido, coito forzado, cohabitación día y noche, asignación de una residencia, como se sobreentiende en la noción jurídica de “abandono del domicilio conyugal”) significan que la mujer, en cuanto persona física pertenece a su marido” (2006: 27).

De esta cita de Wittig me parece importante la conceptualización del matrimonio como un contrato que no se da en circunstancias igualitarias, así como también el que muchas de las características que Wittig encuentra en el matrimonio son las atribuidas por el sentido común exclusivamente al trabajo sexual. No comparto del todo la coherencia que le atribuye a este contrato, mas admiro profundamente la sentencia. Sin embargo, estoy más interesado en estrechar los vínculos entre el trabajo sexual y el contrato matrimonial. Virginie Despentes explora estos vínculos:

“Si se banaliza el contrato de la prostitución, el contrato matrimonial aparece de modo más claro como lo que es: un intercambio en el que la mujer se compromete a efectuar un cierto número de tareas ingratas asegurando así el confort del hombre por una tarifa sin competencia alguna. Especialmente las tareas sexuales”. (2007: 50-51)

Entonces, el exterior constitutivo de la categoría “mujer”, “puta”, nos revela algo que es esencial al género. Revela el apasionado compromiso de todos los cuerpos con sus exteriores constitutivos, pero aun más importante devela la precariedad de la separación del adentro y el afuera, y la profunda dependencia de la norma a su exterior constitutivo. Finalmente ¿quién puede asegurar que no es una puta?

Y no hay que olvidar que la promiscuidad despierta terror, una forma de pánico muy parecida al pánico homosexual, pero no reducida a ello. En palabras de Michael Moon hay “un miedo generalizado, en una cultura misógina y homofóbica, a reconocer el alto nivel de éxito de algunas mujeres y algunos hombres gays en la práctica ejemplarmente moderna y urbana de levantar a alguien en la calle” (1998: 81). En “Géneros promiscuos” me he propuesto abrazar esta clase de asociaciones que por mucho tiempo fueron vividas como vergonzosas. Mi intención no es disociarlas de la vergüenza. Todo lo contrario es radicalizar estas convergencias, y también radicalizar el terror que genera(mos) a la heteronormatividad.

[1] Para profundizar sobre la categoría performatividad, además de la obra de Butler, se puede consultar Sedgwick y Parker (1995), Pérez Navarro (2005[2007], 2008). Y para estudios sobre la obra de Butler revisar: Burgos (2008), Femenías (2003), Sabsay (2007), Soley-Beltran (2009)

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