martes, 2 de marzo de 2010

El príncipe de la marica


No todas las mujeres que vivieron mi drama fueron heterosexuales. Algunos meses después conocería a una chica que estaba luchando en una guerra igual que yo. Pero ella era una mejor combatiente que yo. Su nombre es Olga. Nos hicimos amigos porque íbamos en el mismo bus escolar hasta nuestras casas, y éramos de los últimos en bajar del mismo. De hecho, Olga fue mi primera amiga masculina. Su masculinidad me protegía. De hecho, ella literalmente me protegía de los alumnos más homofóbicos. No éramos compañeros de clase, pero sí estábamos en el mismo grado de educación. Nosotros no hablábamos de deseos homosociales o de homosexualidad, pero disfrutábamos mucho de la compañía mutua: un niño afeminado y una niña machona. Sin embargo, sí hubo una conversación que nos comprometió de maneras más intensas. Olga acababa de pelearse con una amiga mutua, de hecho con la chica que era su mejor amiga. Yo estaba muy incómodo con la situación. Mucha gente rumoreaba y comentaba sobre esta pelea, pero yo seguía sin caer en cuenta. Fui incapaz de ver el drama de Olga. Olga se había enamorado de su mejor amiga, la besó y fue rechazada por ella. Olga estaba sufriendo, y sufría además porque su lesbianismo se había hecho en cierta medida público.

La conversación que mencioné no era una “salida del armario” era más bien la socialización de las guerras que ambos luchábamos. Olga me dijo que a ella le gustaban las mujeres, y que había ido al psicólogo, y que éste le había asegurado que no podía cambiar a voluntad su orientación sexual. Yo le increpé, y le dije que a mi también me gustaban los hombres pero que yo no quería ser gay (esta cultura no me lo permitía como una opción), y que mi psicóloga sí creía que se podía modificar el deseo sexual. Yo le aseguré que ella podía cambiar si realmente lo quería. Yo no había caído en cuenta que su verdadero drama era que su pasión no era correspondida, o no podía serlo dado el pánico homosexual.

Olga representó para mí probablemente la materialización de la primera posibilidad de un sujeto homosexual. Olga me lo repetía “No voy a cambiar, no vas a cambiar”. Su defensa no era necesariamente un esencialismo identitario, ella mas bien abogaba por reconocer que habían más posibilidades además de la heterosexualidad, posibilidades que evidentemente no eran fáciles. Ella sufría, estaba sufriendo, pero yo también sufría. Aferrarse a la heterosexualidad, de manera discursiva, como yo lo hacía no era ninguna protección contra la vulnerabilidad. De hecho, la vulnerabilidad (en ese excepcional momento) de Olga era bella. Su vulnerabilidad tenía que ver con su pasión, con su bella pasión lesbiana. Yo ni siquiera podía soñar o fantasear con una pasión similar, no creía que el amor, el deseo o la pasión para mi pudiesen ser habitables.

Olga me estaba dando una fraternal lección, una lección de supervivencia. Y como José Muñoz argumenta:

“Estas prácticas de supervivencia (no) son, por supuesto, nada como atributos intrínsecos con los que un sujeto nace. Mas bien, estas prácticas son aprendidas. Ellas no son descubiertas solas, ellas son informadas por los ejemplos de otros. Estas identificaciones con otros son a menudo mediadas por una cadena complicada de incompletas, mediadas o cruzadas identificaciones. Ellas son también forzadas por las presiones de la vida cotidiana, fuerzas que dan forma a un sujeto y convocan a diferentes respuestas tácticas. Es crucial que dichos niños sean capaces de mirar al “self” pasado y encuentren otros que han logrado prosperar en dichos espacios. A veces un sujeto necesita algo con que identificarse; a veces un sujeto necesita héroes a imitar y en los que invertir todo tipo de energías”. (1999: 37-38, mi traducción).

Olga fue mi heroína, pero no sería mi única heroína lesbiana. Aunque suene exagerado, cuando el niño que fui estaba por morir asfixiado apareció el príncipe. Ese mismo año, y a la edad de 13 años descubrí una serie de animación japonesa por la que desarrollé intensos vínculos de afecto, identificación y proyección. “Utena, la joven revolucionaria” es el nombre de dicha serie. La protagonista era una joven machona que luchaba en duelos de espadas por el amor de una princesa.

Para ser más justo “Utena la joven revolucionaria” parece haber sido influenciada por lecturas post-estructuralistas. Utena, la bella protagonista, en la búsqueda de su príncipe se ha mimetizado en dicho personaje. Ella es un príncipe, y ayudará a una bella princesa (Anthy) a tratar de liberarse de su opresión. La princesa es la “novia de la rosa”, una mujer que es una esclava y un trofeo para una elite de jóvenes que se la disputan en muy estilizados duelos de espada. Ella no tiene voluntad, ni deseos propios (por lo menos aparentemente). Utena lucha por la posibilidad de que los deseos de Anthy sean posibles, y que éstos no sean suprimidos desde el inicio.

En el transcurso de la serie, aparecen príncipes que son pensados por “ser” hombres como más cercanos a dicha categoría que la bella Utena. Y son desechados uno tras otro. Hasta que el “verdadero” príncipe (al que Utena buscaba desde el inicio) aparece, y entonces se hace visible un triángulo recurrente en diversas producciones culturales y narrativas de Occidente. La unión de un príncipe y una princesa que simbolizan el orden y la estabilidad de la heterosexualidad normativa, que es amenazada por una mujer, por una bruja. Por lo general en estas narrativas la bruja muere, y la matriz heterosexual se reifica. Pero nada de eso ocurre en “Utena”.

En esta serie, hay una princesa (Utena) que es un príncipe, una bruja (Anthy) que es una princesa, y a un príncipe (Akio) que es una bruja. Estos desplazamientos e identificaciones cruzadas eran (y son) el elemento más atractivo de la serie para mí. De hecho, no lo había mencionado, antes pero la premisa de la historia es que los padres de Utena mueren cuando ésta es una niña, y ella es consolada por un bello príncipe que le promete volver a ella en el futuro. Utena empieza una travesía para alcanzar esa promesa de habitabilidad que la heterosexualidad brinda; sin embargo al término de la serie la noción del príncipe es totalmente deconstruída, y ciertamente la apuesta es por un futuro lesbiano para la pareja protagonista y la búsqueda y el intento de construcción de un mundo donde esos afectos puedan ser.

Este programa de TV. ponía en pantalla lo que usualmente estaba “fuera del campo” (del sexo), y además hacía que la relación “dentro/fuera del campo” fuere muy dinámica.[1] Todos los personajes de la serie tenían o podían tener historias de amor/deseo no heterosexuales, y muchos de ellos estaban inmersos en relaciones de deseos incestuosos. Mi personaje favorito de la serie era Juri, la duelista lesbiana más masculina. Su historia me resultaba tan apasionante y tan relativa a mis fantasías. Ella estaba profundamente enamorada de una amiga suya, una amiga que no la correspondía y que se aprovechaba de saberse deseada. El drama de Juri estaba muy vinculado al drama de Olga, y a las pasiones que no pueden ser, y estos dramas alegorizaban algo que talvez sea mucho más común en la experiencia de muchos sujetos no heterosexuales. En la prosa de Eribon: “no es solo porque a uno le insultan, le ridiculizan, por lo que siente vergüenza de ser lo que es, sino también porque las personas con las que se relaciona, a las que frecuenta, no pueden ser objeto de deseo” (2004b: 88).

En contextos en que esta serie era conocida, decir “me gusta Utena”, “Utena es mi serie favorita”, “adoro a Utena”, o el más obvio “Utena me aloca” tenía el efecto performativo de marcar mi cuerpo como uno no heterosexual. Reconocer públicamente mi pasión por Utena era abrazar la vergüenza. Y este abrazo en más de un sentido era una huida, una huída de (varias) performances de masculinidad que yo hallaba (y hallo) intolerables. De nuevo, en palabras de Eribon:

“El niño insultado, el niño paria, vacila y se repliega en sí mismo bajo el golpe de la injuria. Pero, al igual que un ladrón, sabe escaparse del mundo que le condena inventándose otras vidas. Vidas soñadas. Y más tarde, vidas reales. La injuria inscribe la vergüenza en el cuerpo. Fija para siempre al individuo en su ser-paria. Pero la vergüenza produce el orgullo, que abre el tiempo. Y procura el advenimiento de la historia. Es lo que Foucault llama “la fuerza de huir””. (2004b: 94)

Mis proyecciones e identificaciones tenían como protagonistas a personajes femeninos que estaban implicados en economías lesbianas de deseo, o que eran indiscutiblemente butch; y éstas eran parte de una seguidilla de identificaciones y proyecciones femeninas en las que me impliqué. Las diversas identificaciones femeninas que he venido reconstruyendo: con mi madre, con mujeres en posiciones subalternas (la enfermera, y Teresa), con niñas, con mujeres lesbianas y masculinas (Olga y Utena), entre muchas otras, pueden alegorizar mi huída de lo “masculino” y de la heterosexualidad. Una huida que como Eribon sostiene consiste en escapar como un ladrón de la “vida socialmente adscrita” y en soñar con otras vidas. Se trata de aprender a robarle al amo la capacidad de soñar.

[1] Para ver más vínculos entre producciones visuales (como el cine) ver Hanson (1999), Mira (2008). Sobre las posibilidades queer de ciertos animes (producciones animadas japonesas) o las reapropiaciones queer de sus fanáticos ver McHarry (2007).

3 comentarios:

HH-JJ dijo...

Sabes aun apesar que no soy pro-gay si existe la terminologia,opino que me hace pensar en lo terrible que uno debe de sentirse no mostrarse como uno es y utilizar caretas en todo momento.

Ah!!! entre a este blog por que me simpatisate el dia que vi de casuela tu ponencia en el CCE valio la pena el vagabundear por esos lares,cuidate!!!!!!!

Anónimo dijo...

Giancarlo:
Considero que las ideas planteadas en este blog son de mucho valor dado que rescatan la importancia del testimonio para tratar de explicar los sacrificios y/ o padecimiento que aparecen en la vida de aquellas "locas, afeminadas o maricas" que son desechadas por la sociedad; sin embargo, debo reconocer que salvo los post donde haces referencias a tu trabajo, usted se enfrasca excesivamente en justificar tus impresiones o recuerdos en base a teoricos queer y de otras tendencias. Textos que sin referencias teoricas o con ideas propias hubieran podido ser punzantes articulos de reflexion a partir de la autobiografia, se convierten en hibridos entre testimonio y escritos cercanos a la investigacion social. Esta ultima no es criticable por cierto pero no van con la autobiografia. No combinan. Mezcla usted el agua y el aceite: cada uno se desplaza por su lado. Usted tiene buenas ideas no busque justificarse con Sedwick & Compañia. Plantee sus teorias propias en base a sus proprios temas de interes y citese a si mismo.
Ojala que este post le sirva de algo.
Un admirador.

Anónimo dijo...

Giancarlo:
Considero que las ideas planteadas en este blog son de mucho valor dado que rescatan la importancia del testimonio para tratar de explicar los sacrificios y/ o padecimiento que aparecen en la vida de aquellas "locas, afeminadas o maricas" que son desechadas por la sociedad; sin embargo, debo reconocer que salvo los post donde hace referencias a su trabajo, usted se enfrasca excesivamente en justificar sus impresiones o recuerdos en base a teoricos queer y de otras tendencias. Textos que sin referencias teoricas o con ideas propias hubieran podido ser punzantes articulos de reflexion a partir de la autobiografia, se convierten en hibridos entre testimonio y escritos cercanos a la investigacion social. Esta ultima no es criticable por cierto pero no van con la autobiografia. No combinan. Mezcla usted el agua y el aceite: cada uno se desplaza por su lado. Usted tiene buenas ideas, ¡no busque justificarse con Sedwick & Compañia! Sus ideas no van a ser mas interesantes o serias solo por que las planteo un teorico conocido. No caiga en la tentacion de la falacia. Plantee sus teorias propias en base a sus proprios temas de interes y citese a si mismo.
Ojala que este post le sirva de algo.
Un admirador.