lunes, 1 de febrero de 2010

Las lecciones de dos mujeres marcadas por su piel


Mi mamá y mi hermano menor y yo (de unos 9 años) fuimos a al hospital a hacernos algún chequeo general o consulta. Allí la presencia de una enfermera negra tuvo efectos insospechados en nosotros. Fueron especialmente sus gruesos labios, gruesos y pronunciados labios, los que concentraron nuestra atención. Y empezó el drama: una carcajada tras otra. Mi hermano y yo no parábamos de reírnos de los labios gruesos de esta mujer negra. Labios que nos recordaban a los dibujos norteamericanos en que se caricaturizaban a africanos negros. Mi hermano y yo tratábamos de imitar cómo tenía los labios. La enfermera se dio cuenta y le preguntó a mi madre “¿por qué se ríen sus hijos?”. No recuerdo la respuesta de mi madre, muerta de vergüenza, pero estoy seguro que la mujer negra sabía cuál era el motivo de nuestra burla.

Ser herido por las palabras, experimentar el dolor de la injuria no impidió que lastimara con palabras, y que injuriara a otros. Evidentemente es imposible no escribir esta parte con vergüenza y culpa. La mujer negra sabía por qué nos burlamos mi hermano y yo porque ella ya había experimentado el poder de la injuria, ya sabía que su vida se encontraba amenazada por el dolor y la violencia.

Esa mujer tuvo el valor de hacer una pregunta que yo jamás tuve frente a mis agresores en la infancia ¿por qué te ríes? Por supuesto que la respuesta no la satisfizo, ni negó que haya sido injuriada. Pero es un tipo de crítica a la pretensión que mi hermano, mi madre y yo ejercimos sobre el cuerpo de esa mujer, una arrogancia que implicaba que podíamos reírnos de ella.

¿Por qué sus labios? Sus labios pronunciados eran una marca de negritud, percibidos como algo más negro que su oscura piel. De lo que nos burlamos no fue de sus labios (o no solo de ellos), fue de la negritud de esa mujer. Su negritud abyectizada me permitió olvidar que yo era un objeto basurizado como ella. Que sus labios gruesos y su piel negra no eran muy diferentes de la forma amanerada en que yo caminaba y hablaba. Y que la había mirado como me miraban esos niños que tanto odiaba/odio.

Su silencio a la patética respuesta que mi madre haya podido elaborar ahora me lastima. ¿Cómo no pude reconocer allí el silencio de la impotencia, el silencio de saber que no hay dónde quejarse, que la injuria no es percibida como tal mas que por uno, y que la voz de (ese) uno no cuenta? ¿Cómo no pude reconocerme en ella? ¿Cómo no pude reconocer a la mujer negra que habitaba en mí? ¿y a la pequeña marica que habitaba en ella?

Sin embargo, otra mujer si fue capaz de reconocerme, y de reconocer a la pequeña marica que habitaba en ella. Teresa, una joven mujer de la sierra peruana que por muchos años me cuidó, me quiso, me alimentó y me protegió. Ella trabajaba en mi casa. Teresa siempre fue muy amable y cariñosa conmigo. Recuerdo que siempre me defendía de otros niños, y que jugaba mucho conmigo. En una oportunidad, y cuando yo tendría alrededor de 7 años empezamos a conversar sobre el futuro. Ella me habló sobre sus planes. Teresa quería ser dueña de una juguetería. Y me preguntó sobre los míos. Yo recuerdo haberle dicho que quería ser una mujer, y tenía la idea de que mi cuerpo simplemente cambiaría. Teresa no hizo ningún comentario que me diera la impresión de reprobación.

Un par de año antes, Teresa me hizo muy amorosamente un bolso, para que pudiere guardar mis colores, mis juguetes de papel, y algunas cosas más. Yo estaba feliz y embelesado por el bolso. Recuerdo que mi mamá ni bien me vio con el bolso me lo quitó; y tuvo una discusión con Teresa. Nunca volví a ver el bolso.

A diferencia mía, Teresa podía intuir mi sufrimiento. Ella conocía mi “timidez” mejor que yo. Talvez el sufrir, el ser aislada de quienes uno ama, el ser violentada también da conocimientos y saberes. Ella podía percibir mi reclusión, mi dolor, mi soledad y mi terror, porque ella ya había sentido todo eso, y había sobrevivido a todo eso también.

Yo le confesé mi ilusión de cambio “espontáneo”. Una fantasía que Soley-Beltrán (2009) menciona como recurrente en los discursos y narrativas de las personas transgénero y transexuales. Talvez ella reconoció en mi sueño una continuidad con el suyo. Finalmente el que Teresa pudiese ser dueña de una juguetería en Lima, en una cultura con tan reducidos niveles de movilidad social y económica, también era una ilusión de cambio “espontáneo”. Una fantasía que consistía en hacer feliz a muchos niños, tal vez a niños como sus hermanos a los que dejó de ver desde muy joven, sin someterse a una relación laboral de explotación.

Y con el bolso pasa algo similar. Teresa vivía en una casa con gente con la que no había crecido, y frente a la que estaba en una situación de subordinación. La función de Teresa era satisfacer deseos de terceros, pero ¿dónde quedaban sus deseos? Quizá ella también tenía algún espacio donde podía depositar sus deseos y sus secretos. Quizá Teresa me hizo ese bolso para que no me sintiere tan miserable, y también tuviere dónde depositar mis deseos y mis secretos.

Teresa y la enfermera que mencioné antes tienen en común ser leídas socialmente como seres marcados por su “raza”. Por una piel que marca sus cuerpos, y los hace víctimas del oprobio y la exclusión. Sin embargo, Teresa y esa enfermera eran bastante diferentes. Teresa no había tenido jamás la oportunidad de estudiar en una universidad, como probablemente sí esa mujer. Aun así ambas podían ser violentadas, convertidas en cuerpos que no merecían aprecio, afecto, y que no podían ser deseados. Aun sin saberlo, ambas mujeres me dieron valiosas lecciones de resistencia, solidaridad y dignidad. Me enseñaron que la piel podía ser lastimada, herida, violentada, pero la piel también podía hacerse dura.

3 comentarios:

Giancarlo Cornejo Salinas dijo...

Este fue un comentario de mi amigo Gio:

Querido Giancarlo, tu texto nuevamente me ha conmovido, y me ha llevado a mi infancia marcada por mi abuela iletrada, por sus faldas coloridas que en algunos momentos prefer ... Leer másía negar, por su locura que le regalaba minutos de lucidez (¿o de locura irrefrenable en realidad?) en los que reconocía una no-masculinidad en mi cuerpo y me hacía volar hacia espacios distintos al habitado... Es imposible no recordar, no llenar los ojos de lágrimas, no transferirse lentamente hacia las lecciones que la piel (y el ropaje como otra piel) generan en uno... Gracias, querido

Alvaro J. Delgado dijo...

Giank:
Muy bueno tu texto, como siempre. No te sientas mal por lo que hiciste o dejaste de hacer a los 9 años, no seas tan exigente contigo mismo.
Aprovecho para contarte que para mí fue un shock que me hicieran notar, a los 11 años, que no era blanco, ja ja ja.
Besos,
A.

Potter dijo...

Me parece simplemente descollante tu relato.
Selecto, refinado, elegante, distinguido y altamente gay… con esos 5 adjetivos podría someramente tratar de elogiar tu talento como blogger

Y las recriminaciones tardias deben quedar ó en el closet, ó en el diario de "frambuesita" con una flor seca, ó en los cucos guardados!

un abrazo querido, estaré pendiente