domingo, 3 de enero de 2010

Una mariquita lorna y gorda


Ya desde el nido siempre obtenía diplomas por rendimiento académico y por disciplinada conducta. A mi madre le producían mucho gusto, y a mi también. Mis primeros años de primaria estudié en un colegio católico solo para varones. Cuando mi hermano entró al colegio. Mis padres optaron por cambiarme de colegio por la pensión que era elevada para ellos. Nos cambiaron a un Liceo Naval, un colegio para hijos de militares. La opción por este colegio intuyo, tenía que ver también con que mi papá quería que me hicieran más “duro”, menos “blando”.

El Tercer año de primaria en el nuevo colegio fue una experiencia grata. Volví a hacerme de muchas amigas. Excusa perfecta para no tener que jugar fútbol. También me hice de una enemiga por las notas, Milagros. Ella y yo siempre competíamos por el aplauso y las felicitaciones de los maestros. Ese primer año recuerdo que ella me ganó.

Niñas y masculinidad no son categorías excluyentes, sino más bien profundamente dependientes. Pareciere que las niñas me daban su amistad de manera inversamente proporcional a la masculinidad que me adjudicaban. Mientras que a los demás niños les negaban su amistad, y a cambio les otorgaban masculinidad.

Esto lo resalto porque en muchos estudios de masculinidad se asume que la “masculinidad” es un “valor” que poseen hombres y que lo distribuyen a su mejor gana; pero quiero evitar esa clase de argumentación tautológica. En mi caso personal, yo estoy muy agradecido a estas niñas, por no haberme otorgado ninguna masculinidad.

Pronto cada vez que resaltaba en alguna actividad académica era una excusa para que mis compañeros se burlaran de mí. Recuerdo que es alrededor de estos años que lloro conciente y constantemente como respuesta al insulto. Los logros académicos sin embargo, eran lo que más felicidad me daba del colegio. Había ganado varios concursos de varias materias en ese año, y no sol fui el primero de mi clase, sino el de mi promoción (que era bastante numerosa).

Los siguientes años no los recuerdo particularmente muy bien, pero había bastante hostilidad. Los “palomillas” de la clase me habían convertido en su “punto”. Aunque cuando me eligieron brigadier, pude vengarme de muchos de ellos. Aplicándoles sanciones, o acusándolos de algo (aunque sea falso) con los profesores. Esto me daba satisfacciones momentáneas, pero su odio no disminuía sino que se intensificaba. Y el mío también. Esto era diferente del aprecio que me manifestaban casi todos los profesores, y las felicitaciones que les hacían llegar a mis padres.

Como Eribon argumenta una vez que “la injuria ha sido pronunciada, y se la recuerdan todos los días las burlas de los demás en el patio de la escuela. El niño así estigmatizado, vive sus deseos, sus sentimientos, en el drama y el horror de sí mismo”. (2004: 88). Pero este horror de sí mismo no está solo.

Sedwick (2003) cita a Joseph Litvak, quien en correspondencia personal le insistía sobre los caudales subversivos de las infancias y adolescencias queer. Parafraseando a Litvak, él afirma que muchos jóvenes queer se dicen a sí mismos “si tengo que ser miserable por lo menos déjenme ser el más listo”.

Daniel Del Castillo (2003) afirma que en todo salón de clase hay un lorna y un maricón. Y creo que tiene toda la razón al identificar estas figuras abyectas que son usadas por comunidades masculinas heterosexuales para negar sus deseos homosociales masculinos; pero discrepo en el pensar ambas categorías (lorna y maricón) como categorías muy diferentes o autoexcluyentes. Talvez sea mejor pensarlas como parte de un mismo continuo de abyección y de atribuida feminidad.

No se trata solamente de que “lorna” y “maricón” son categorías muy cercanas, sino que “lorna” puede ser un nombre que sea un signo de la espectacularización de la invisibilización de la homosexualidad, o para ser más exactos, y en los términos de D. A. Miller (1991), de la connotación como la práctica significante dominante de la homofobia. “Lorna” alude a la homosexualidad, y al terror a cualquier referencia a la analidad masculina, pero lo hace sin hacerlo explícitamente. Volviendo a Miller, aún si la homosexualidad denota lo hace solo como una estructura de ocultamiento. En simple, el “lorna” está en el closet; pero no está solo allí. De hecho, quienes están más aferrados al closet son todos y cada uno de los jóvenes hombres que siempre citan este nombre “lorna” (y también “maricón) y que siempre están dispuestos a ver, desear, y desear ver homosexuales, pero sin nunca tener que ver mucho realmente (sobre todo si se trata de sexo homosexual). Esto revela no solo la homofobia de las posiciones hegemónicas de heterosexualidad masculina, sino también el ambiguo deseo heterosexual por la homosexualidad, por una homosexualidad que se deja ver, pero que nunca devuelve la mirada.

El ser visto sobre todo por mis compañeros fue una tortura para mí. La sensación de que te acosan con la mirada, y la sensación de que ya sabes qué van a encontrar. El terror que sentía se radicalizaba por un hecho “material”. Me era muy difícil esconderme, mi cuerpo, mi cuerpo grande y gordo hacía que siempre fuere un objeto para la vista de otros. Yo solo quería desvanecerme.

A los cuerpos muy delgados y muy gordos se les atribuye socialmente un exceso (o talvez muchos), pero un exceso que los desborda de la masculinidad. Ninguno de esos cuerpos es tonificado, no es “fuerte” ni duro (a la vista). “Gordo” puede ser un nombre que en ciertos contextos también esté mucho más estrechamente vinculado al pánico homosexual y la homofobia. En palabras de Berlant:

“La gordura es tan poderosa y social que anula el nombre propio de la persona, cuya gordura ocupa el espacio en el que la personalidad usualmente residía… Como un nombre propio, la “gordura” es fundamentalmente una cosa, una cosa excesiva. Pero como una cosa que denota una sustancia no cuantificada, su propia fijeza acumula para sí una identidad de estabilidad inquebrantable”. (1997: 91, mi traducción).

“Gordo” se convierte en un nombre que casi reemplaza al nombre propio de una persona, tal como “maricón”. Aunque la gordura a veces es pensada como un estado más transitivo o menos fijo que la (homo)sexualidad, su atribuido exceso la fija, y la fija en ciertos cuerpos, cuerpos excesivos.

Otro de los puntos de encuentro entre la gordura y la homosexualidad tiene que ver con el crecimiento, o con ciertas nociones de “crecimiento”. Para Kathryn Bond Stockton hablar de un niño queer es hablar de historias de “crecimientos laterales”. Los niños gays o proto-gays crecen, pero atentan contra la lógica de crecimiento vertical y recto que supone que una etapa reemplaza a otra hasta llegar a la fase final: heterosexualidad adulta, monogámica y reproductiva. Y como nos recuerda Stockton hay un estrecho vínculo entre la noción de un niño gay y la gordura: “la gordura es el efecto visible… de la incapacidad de un niño de “crecer” en su familia… Así que él crece por los costados – literalmente, metafóricamente”. (2009: 20, mi traducción).


Sedgwick y Moon nos recuerdan que si hay un closet de la sexualidad, también hay un closet de las tallas, sobre todo si estas son muy grandes (Sedwick 1993). El closet de la gordura está relacionado a un estigma de excesiva visibilidad: no puedes esconder tu gordura. Y como Sedgwick ya había argumentado, el closet de la gordura como el de la homosexualidad es un closet de cristal, es decir es un secreto a voces.

Si mis compañeros pensaban que sabían algo de mí que yo no sabía, y este privilegio de conocimiento (homosocial) les producía enormes cargas de placer, un proceso similar ocurría con mi gordura. Parecía que mis compañeros pensaban que yo no sabía que era gordo, muy gordo. Ellos se jactaban de conocer mis excesos: mis excesos de afeminamiento, mis excesos en el comer, mi excesiva apatía por los deportes, y mi excesiva fealdad. De hecho esta excesiva fealdad hace visible otra similitud en la construcción de un cuerpo homosexual y de un cuerpo gordo: ninguno merece ser amado ni deseado. Pero estas similitudes no se reducen a micropolíticas, de hecho la gordura y la homosexualidad fueron (y son) patologizadas, convertidas en enfermedades a ser curadas y explicadas. Otro mecanismo cultural de dominación, paralelamente, vincula la homosexualidad a la muerte (como ya he argumentado), y la gordura también es vinculada a la muerte, de hecho es vinculada a una muerte lenta (Berlant 2007). Entonces, el enorme privilegio de conocimiento de las culturas heteronormativas tiene que ver con la creencia ampliamente generalizada de que cuando se ve a un sujeto homosexual como a un sujeto gordo se ve a cuerpos que desean morir, y el enorme placer proviene de ver lentamente esta extinción.