viernes, 18 de diciembre de 2009

“Cómo hacer que tus hijos sean gays: La guerra contra los niños afeminados” de Eve Kosofsky Sedgwick


Traducción de Giancarlo Cornejo

En el verano de 1989 el Departamento de Salud y Servicios Humanos de los Estados Unidos publicó un estudio titulado “Reporte del grupo de trabajo de la secretaría sobre suicidio juvenil”. Escrito como respuesta a la aparente floreciente epidemia de intentos de suicidio de niños y adolescentes en los Estados Unidos, el reporte de 110 páginas contenía una sección que analizaba la situación de la juventud gay y lesbiana. Y concluía que, porque “la juventud gay enfrenta un ambiente hostil y condenatorio, abuso verbal y físico, y el rechazo y el aislamiento de sus familias y pares,” los jóvenes gays y lesbianas son dos o tres veces más propensos que otras personas jóvenes a intentar y cometer un suicidio. El reporte recomienda, bastante modestamente “Acabar con la discriminación contra los jóvenes basada en ciertas características como… la orientación sexual.”

El 13 de octubre del 1989, el Dr. Louis W. Sullivan, secretario del Departamento de Salud y Servicios Humanos, repudió esta sección del reporte – impugnando no su precisión, sino, al parecer, su propia existencia. En una declaración escrita Sullivan dijo “las opiniones expresadas en el documento ‘Suicidio de jóvenes gays y lesbianas’ no representan en modo alguno mis creencias personales ni la política de este Departamento. Yo estoy fuertemente comprometido a promover valores familiares tradicionales… En mi opinión, los puntos de vista expresados en dicho documento son contrarios a ese objetivo.”

Siempre es temporada de caza de niños gays. Pero ¿dónde, en todo esto, están el psicoanálisis y la psiquiatría? ¿Dónde están las “profesiones de ayuda”? En esta discusión de instituciones, quiero preguntar, no sobre Freud ni la posible disponibilidad amplia de los textos madre, sino sobre el psicoanálisis y la psiquiatría como funcionan hoy en los Estados Unidos. Estoy especialmente interesada en el psicoanálisis revisionista, incluyendo la psicología del ego, y los desarrollos siguientes a la muy publicitada decisión de 1973 de retirar el diagnóstico patologizante de la homosexualidad de su siguiente “Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales” (DSM-III) ¿Cuál es el probable destino de los niños que han llegado bajo la influencia del psicoanálisis y la psiquiatría de hoy, post DSM-III, considerando las ansiedades de padres y maestros sobre su sexualidad?

La literatura monográfica sobre el tema es, para empezar, y hasta donde puedo decir exclusivamente sobre niños. Un ejemplo representativo de esta revisionista, teoría psicoanalítica basada en el ego sería “Homosexualidad masculina: Una perspectiva psicoanalítica contemporánea” de Richard C. Friedman, publicado por Yale University Press en 1988. (Una suerte de volumen acompañante, aunque de un psiquiatra no psicoanalista, es “El síndrome del niño afeminado y el desarrollo de la homosexualidad” [1987], también de Yale). El libro de Friedman, que agradece profusamente a su esposa y a sus hijos, está marcado fuertemente por su participación simpatizante con el movimiento de despatologización de 1973. El libro contiene varias historias visiblemente admiradas de hombres gay, muchos de ellos encontrados en contextos no terapéuticos. Estos incluyen a “Luke, un oficial del ejército de 45 años y durante toda su vida exclusivamente homosexual” (p. 152); y Tim, quien fue “fornido, fuerte y que podía trabajar lado a lado con cualquiera en los más intensos trabajos”: “gregario y simpático,” “un atleta excelente,” Tim fue “capitán del equipo de lucha (de su escuela) y editor del diario de su escuela (p. 206-7). Bob, otro “individuo bien integrado”, “tuvo actividad sexual regular con algunas parejas diferentes pero nunca levantó a nadie en la calle o visitó bars o saunas gays. El no perteneció a ninguna organización gay. Como un adulto, Bob tuvo un historial laboral estable y productivo. El tuvo amistades leales, solidarias y durables tanto con hombres como con mujeres” (p. 92-93). Friedman también, a modo de comparación, da un ejemplo de un hombre heterosexual con lo que él considera una personalidad altamente integrada, que resulta ser un piloto de avión de combate. “Atlético y en buena forma, con casi 30 años, él tuvo el estilo de mando discreto de un efectivo tomador de decisiones” (p. 86).

¿Hay un patrón emergiendo? Los analistas revisionistas parecen preparados para gustar de algunos hombres gays, pero el homosexual saludable es uno que (a) ya es un adulto y (b) actúa masculinamente. De hecho, Friedman correlaciona, en tantas palabras el afeminamiento del hombre gay adulto con una “patología de carácter global” y con lo que él llama “la parte inferior del espectro psicoestructural” (p. 93). En los párrafos obligatorios de su libro concernientes “a la pregunta de cuándo el comportamiento desviado de una norma definida debería ser considerada psicopatología,” Friedman hace explícito que, mientras “los conceptos clínicos son a menudo algo imprecisos y es cierto que fallan en hacerle justicia a la rica variabilidad del comportamiento humano,” un cierto concepto de patología como punto de partida será mantenido en su estudio, y ese punto de partida será depositado en un lugar muy particular. “La distinción entre inconformes y personas con psicopatologías es usualmente bastante clara durante la infancia. Los niños extrema y crónicamente afeminados, por ejemplo, caen en la última categoría” (p. 32-33).

“Por ejemplo,” “niños extrema y crónicamente afeminados” – este es el abyecto que obsesiona al psicoanálisis revisionista. El mismo DSM-IV que, publicado en 1980, fue el primero que no contenía una entrada para la “homosexualidad”, fue también el primero en contener un nuevo diagnóstico, numerado, para efectos aseguradores, como 302.60: “Trastorno de la identidad de género en la infancia”. Nominalmente neutral en términos de género, este diagnóstico es en realidad bastante diferencial entre niños y niñas: una niña obtiene esta etiqueta patologizante solo en el caso raro de afirmar que ella es en realidad anatómicamente un hombre (ej, “que ella tiene, o le crecerá, un pene”); mientras que un niño puede ser tratado por el Trastorno de la identidad de género en la infancia si simplemente afirma “que sería mejor no tener un pene” – o alternativamente, si él muestra “preocupación por actividades estereotipadamente femeninas tal como se manifiesta en la preferencia por travestirse o simular vestimenta femenina, o en el deseo intenso de participar en los juegos y pasatiempos propios de las niñas.” Mientras la decisión de retirar la “homosexualidad” del DSM-III fue muy polemizada y pública, y solamente conseguida bajo la intensa presión de activistas gays fuera de la profesión, la añadidura al DSM-III del “Trastorno de la identidad de género en la infancia” parece no haber atraído ninguna atención – ni siquiera ser concebido como parte del mismo movimiento.

En realidad, el movimiento gay nunca ha sido agudo para atender los asuntos relativos a los niños afeminados. Hay una razón deshonrosa para ello en la posición marginal o estigmatizada a la que incluso los hombres gays adultos que son afeminados han sido relegados en el movimiento. Una razón más comprensible que la afeminofobia es la necesidad conceptual del movimiento gay de interrumpir una larga tradición de ver el género y la sexualidad como categorías continuas y plegables – una tradición de asumir que cualquier persona, hombre o mujer, que desea a un hombre debe por definición ser femenina, y que cualquier persona, hombre o mujer, que desee a una mujer debe por la misma razón ser masculina. Que una mujer, como una mujer, pueda desear a otra; que un hombre, como un hombre, pueda desear a otro: la necesidad indispensable de hacer estas poderosas y subversivas afirmaciones ha parecido, talvez, requerir un desénfasis relativo de los vínculos entre los gays adultos y los niños no conformes con él género (normativo). El empezar a teorizar el género y la sexualidad como ejes de análisis distintos aunque íntimamente entrelazados ha sido, verdaderamente, un gran avance del pensamiento gay y lesbiano reciente.

Existe el peligro, sin embargo, que este avance pueda dejar al niño afeminado una vez más en la posición del abyecto inquietante – esta vez el abyecto inquietante del pensamiento gay mismo. Ésta es una posibilidad especialmente horrorosa si – como muchos estudios emprendidos desde diferentes posiciones teóricas y políticas han sugerido – para cualquier hombre gay adulto, dondequiera que él esté en el presente en una escala de autopercibida o socialmente adscrita masculinidad (que va desde extremadamente masculino a extremadamente femenino), la probabilidad de que él tenga una historia infantil de autopercibido afeminamiento, feminidad, o no masculinidad es desproporcionadamente alta. En este caso el eclipse del niño afeminado del discurso gay adulto representaría más que un vacío teórico perjudicial; representaría un nodo de odio homofóbico, ginecofóbico y pedofóbico internalizado y aniquilante y un elemento central para el análisis gay afirmativo. El niño afeminado vendría a funcionar como el secreto a voces desacreditante de muchos hombres gays adultos politizados.

Uno de los aspectos más interesantes – y por interesante quiero decir que hay que tomarlo precavidamente – de los nuevos desarrollos psicoanalíticos es que están basados precisamente en el movimiento teórico que distingue el género de la sexualidad. Así es cómo sucede que la despatologización de la elección de un objeto sexual atípico puede ir unida a la nueva patologización de una identificación de género atípica. Combinando la investigación constructivista del género de, por ejemplo, John Money y Robert Stoller, investigaciones que muchos han creído (aunque talvez erróneamente) que tenía potencial para usos feministas, este trabajo postula la consolidación muy temprana de algo llamado la identidad nuclear de género – el sentido fundamental de una persona de ser un hombre o una mujer – como una etapa separada y previa a, incluso posiblemente independiente de, cualquier cristalización de una fantasía sexual o de alguna elección de objeto sexual. El trastorno de la identidad de género en la infancia es vista como una patología que implica a la identidad nuclear de género (al fracaso de desarrollar un núcleo identitario con el sexo biológico propio); la elección del objeto sexual, por otro lado, es separado de esta identidad nuclear de género a través de series de movimientos narrativo de dos fases razonablemente habilitadores de espacios. Bajo la presión, irónicamente, de tener que mostrar cómo los adultos gays a quienes él considera personalidades bien integradas evolucionan de niños que son vistos como la definición misma de psicopatología, Friedman desempaca varias etapas de desarrollo que ha menudo y de manera opuesta han sido vistas como rígidamente unitarias.

Un problema grave con esta forma de distinguir entre género y sexualidad es que, mientras desnaturaliza la elección del objeto sexual, renaturaliza radicalmente el género. Toda la psicología del ego es propensa, en primer lugar, a estructurar narrativas de desarrollo alrededor de no-muy-dialécticos tropos de consolidación progresiva del yo. Colocar un núcleo de género determinante muy temprano (por más que sea muy poco biologizado) en el centro de ese proceso de consolidación parece querer decir, esencialmente, que para una persona no transexual con pene, nada puede ser asimilado al yo a través de este proceso de consolidación sino es asimilado como masculinidad. Incluso para los niños más femeninamente autoidentificados, Friedman usa la frase “sentido de masculinidad percibida” (p. 245), “competencia masculina” (p. 20), y “autoevaluación como apropiadamente masculino” (p. 244) como sinónimos de autoestima y, en ultima instancia, de cualquier yo. Tal como él describe el proceso interactivo que conduce a la consolidación de un yo en el niño:

“Los niños se miden a sí mismos en relación a otros que consideran similares. [Para Friedman, esto quiere decir solo hombres y otros niños.] La similitud de la autoevaluación depende de validación consensual. Los otros deben que estar de acuerdo en que el niño es y seguirá siendo similar a ellos. El niño también debe ver ambos grupos de hombres (pares y hombres mayores) como apropiados para la idealización. No solamente él debe ser como ellos en algunos aspectos, él debe querer ser como ellos. Ellos a su vez deben querer que él sea como ellos. Inconcientemente, ellos deben tener la capacidad de identificarse con él. Esta concordancia que ocurre naturalmente [!] entre el mundo social masculino y el mundo interior del niño es el contrapunto de la fase juvenil a la relación preedípica del niño con la madre” (p. 237)

La razón por la que los niños afeminados se vuelven gays, de acuerdo a este argumento, es que otros hombres no los han validado como masculinos. Hay una fantasía persistente y melancólica en este libro: “Uno no puede evitar preguntarse cómo estos [niños pre-homosexuales] se hubieran desarrollado si los hombres que idealizaron hubieran tenido un sentido de competencia masculina más flexible y abstracto” (p. 20). Para Friedman, la mayor flexibilidad en qué tipos de atributos o actividades pueden ser procesadas como masculinas, con una madurez cada vez mayor, parece dar cuenta plenamente del hecho de que muchos pequeños niños con “trastornos de género” (afeminados) logran convertirse en hombres “saludables” (masculinos), aunque después de la fase en que su sexualidad se ha diferenciado como gay.

O quizás, casi da cuenta plena de ello. Hay un residuo de misterio, que vuelve a emerger en varios puntos en el libro, sobre cómo la mayoría de hombres gay se vuelven tan resilientes – sobre como sobreviven – dado el profundo déficit inicial de “masculinidad autoadjudicada” característico de muchas infancias proto-gay, y el remedio tardío y relativamente superficial de ello que viene con la mayor madurez. Dada la “virulencia y cronicidad de la presión [social] (contra ella), la homosexualidad es puesta en una posición única en el repertorio del comportamiento humano,” ¿cómo dar cuenta “del hecho de que una morbilidad más severa y persistente no ocurra más frecuentemente” entre adolescentes gays (p. 205)? Friedman en esos momentos esencialmente se traiciona: “Un número de posibles explicaciones surgen, pero una me parece particularmente probable: a saber, que la homosexualidad está asociada con algún mecanismo psicológico, no entendido ni estudiado hasta la fecha, que protege al individuo de diversos desórdenes psiquiátricos” (p. 236). Esto “puede incluir mecanismos que influyan la resiliencia del yo, el potencial de crecimiento, y la capacidad de formar relaciones intimas” (p. 205). Y “es posible que, por razones que aún no han sido bien descritas, los mecanismos [de los niños con trastornos de género] para hacer frente a la angustia y la adversidad sean inusualmente efectivos” (p. 201).

Éstos son vacíos enormes para ser abandonados en lo que pretende ser un estudio del desarrollo del niño proto-gay. Pero dado que la consolidación ego sintónica para un niño solo puede venir en la forma de masculinidad, dado que la masculinidad solo puede ser conferida por hombres (p. 20), y dado que la feminidad, en una persona con un pene, no puede representar nada más que déficit y enfermedad, la única explicación que nunca puede ser postulada es que estas misteriosas habilidades para sobrevivir, de filiación, y de resistencia puedan derivar de una firme identificación con los abundancia de recursos de una madre. Las madres, en realidad, no tienen nada que contribuir a este proceso de validación masculina, y las mujeres son reducidas a la luz de esta urgencia a un conjunto nulo: cualquier implicación de una mujer en esto es sobreimplicación, cualquier protección es sobreprotección, y por ejemplo, las “madres orgullos de las cualidades no violentas de sus hijos” manifiestan inequívocamente una “patología familiar” (p. 193).

Tanto para Friedman como para Green, la primera misión de desarrollo imperativo de un niño o de sus padres o tutores es adquirir una apropiada identidad nuclear de género masculina fijada como una base para mayores y quizás más flexibles exploraciones de lo que puede ser masculino – es decir, para una persona masculina, ser humano. Friedman es más bien ambiguo sobre si esta identidad nuclear de género masculina necesariamente supone un contenido particular, o si esta es una diferenciación casi puramente formal y precondicional que, una vez firmemente fijada, no implica una conexión necesaria entre masculinidad y la búsqueda de un chivo expiatorio en la forma de homosexualidad masculina; ya que la psicología del yo nunca trata el desarrollo de la heterosexualidad masculina como problemática después de la adolescencia, como implicada en la supresión de cualquier posibilidad homosexual o bisexual (p. 263-267), y en consecuencia, como implicada en el pánico homosexual (p. 178), parece simplemente un malentendido desafortunado o quizás subsanable que para un niño proto-gay identificarse con lo “masculino” puede implicar su propia borradura.

La renaturalización y el refuerzo de la asignación de género no es la peor noticia sobre esta nueva psiquiatría de aceptación gay. La peor no es solo que falla para ofrecer, sino que parece conceptualmente incapaz de ofrecer, incluso la más mínima resistencia al deseo endémico en la cultura que nos rodea y apoya: el deseo de que las personas gay no existan. Hay mucha gente en los mundos que habitamos, y estos psiquiatras están indudablemente entre ellos, que tienen un gran interés en el tratamiento digno de cualquier persona gay que pueda ya existir. Sin Embargo, el número de personas e instituciones para las que la existencia de personas gay es tratada como un precioso desiderátum, una condición de vida indispensable, es pequeño. La asimetría dominante de la asignación de valor entre lo hetero y lo homo no encuentra respuesta en ningún lugar: consejos sobre cómo ayudar a tus hijos a ser gays, por no mencionar a tus estudiantes, tus feligreses, tus clientes de terapia, o tus subordinados militares, es menos ubicuo de lo que crees. Por un lado, el alcance de instituciones cuya empresa programática es evitar el desarrollo de personas gay es inimaginablemente grande. No hay ningún discurso institucionalizado importante que ofrezca una resistencia firme a esa empresa: en los Estados Unidos, mas bien, la mayoría de los espacios del estado, las fuerzas militares, la educación, la ley, las instituciones penales, la iglesia, la medicina, y la cultura de masas la refuerzan totalmente y sin cuestionamientos, y con muy poca vacilación incluso al recurrir a la violencia invasiva.

Estos libros, y las estrategias terapéuticas e instituciones asociadas, no son sobre violencia invasiva. Lo que son es una seguidilla de mentiras miserables. La principal mentira es aquella que dice que predican sobre cualquier cosa menos sobre el deseo negado de los terapistas de un desenlace no gay. Friedman, por ejemplo, especula nostálgicamente que – con una intervención apropiada – la orientación sexual de un hombre gay, a quien describe como muy saludable podría concebiblemente (no haber cambiado sino) “haberse desplazado por cuenta propia”: una especulación, que él ingenuamente considera, “no cargada de valores con respecto a la orientación sexual” (p.212). El libro de Green, compuesto en gran medida por transcripciones de entrevistas, es un tejido de sus mentiras a los niños sobre los motivos de sus padres para traerlos a consulta. (“No era para evitar que te volvieras homosexual,” él le dice a un joven que había sido sometido a la [terapia de] modificación de conducta, “era porque tú eras infeliz” (RG, P. 318); pero después en la misma página, él medianamente conciente confirma a su confiado lector que “los padres de hijos que han entrado a terapia estaban… preocupados que el comportamiento transgénero anunciara problemas con la sexualidad más tarde.” Él incita principalmente a hombres gays jóvenes a asegurar a sus padres que son “bisexuales” (“Dile solo lo suficiente para que se sienta mejor” [RG, p. 207]) y a considerar favorablemente la opción de casarse y mantener a sus esposas en la oscuridad sobre sus actividades sexuales (p. 205). Él se miente a sí mismo y a nosotros al fomentar que sus pacientes le mientan. En una serie de entrevistas con Kyle, por ejemplo, el joven sometido a terapia de conducta, Green lo presenta diciendo que él es inusualmente retraído – “‘Supongo que me pongo demasiado sensible cuando los chicos me miran, desde que recuerdo, tú sabes, que mi mamá me dijo que por qué tenía que ir a la UCLA ya que ellos estaban asustados de que me volviera homosexual’” (p. 307); diciendo que la homosexualidad “es muy mala, y no creo que debieran estar cerca de ni influenciando a niños… Yo no creo que ellos debieran ser heridos por la sociedad ni nada de eso – sobre todo en Nueva York. Tú tienes a los que les gusta el cuero y cosas así. Yo creo que eso es realmente enfermo, y creo que quizá ellos deberían ser encerrados” (p. 307); y diciendo que si él tuviera un hijo como él, “lo llevaría adonde pudiere ser ayudado” (p. 317) ¿La imagen misma de autoaceptación serena?

Green resume: “Los opositores a la terapia han argumentado que la intervención resalta la “desviación” del niño, haciéndolo avergonzarse de quién es, y haciendo que suprima su “yo verdadero.” Datos sobre tests psicológicos no respaldan esta contención: tampoco lo hace el contenido de las entrevistas clínicas. Los chicos consideran favorablemente en retrospectiva el tratamiento. Ellos aprobaría tales intervenciones si fueran los padresde un niño “femenino”. Su razón es reducir los conflictos de la infancia y el estigma social. La terapia con estos niños parece lograr eso.” (p.319)

De manera consistente con esto, Green es obscenamente ansioso por convencer a los padres que el odio y la rabia que sienten por sus hijos afeminados son en verdad un deseo por protegerlos de la crueldad de su grupo de pares. – incluso cuando los padres llaman a sus propios sentimientos odio y rabia (p. 391-392) ¡Incluso cuando una cuarta parte de los padres de hijos gays están tan interesados en protegerlos de la crueldad social que, cuando los chicos fallan en cambiar, sus padres los botan a la calle! Green es fulminante con las madres que muestran cualquier tolerancia al comportamiento transgénero de sus hijos (p. 373-75). De hecho, sus identificaciones principales como clínico parecen encontrarse con el obligatorio grupo de par: él se refiere en un punto con aprobación a “la terapia, ya sea formal (brindada por profesionales pagados) o informal (brindada por el grupo de pares y la sociedad a través de burlas y de roles sexuales estándares)” (p. 388).

Refiriéndose sosamente en una página a “la intervención psicológica dirigida a aumentar el confort (de los niños afeminados) con el ser hombre” (p. 259), Green dice mucho más abiertamente en la siguiente página que, “los derechos de los padres a supervisar a los niños son un principio largamente establecido ¿Quién es para dictarle a los padres que no traten de criar a sus hijos de una manera que maximice un resultado heterosexual?” (p. 260) ¿Quién en realidad – si los miembros de esta profesión no pueden dejar de ver la prevención de personas gays como un uso ético de sus capacidades?

Incluso fuera de las profesiones de la salud mental y en discursos más auténticamente gay afirmativos, el espacio teórico para respaldar el desarrollo gay es, como señalé en la introducción de “Epistemología del armario”, estrecho. Argumentos constructivistas han tendido a mantener las manos fuera de la experiencia de los niños gay y proto-gay. Para gays y las personas que aman a gays, aun si el espacio de maleabilidad cultural es el único teatro concebible para nuestras políticas eficaces; cada paso de este argumento constructivista naturalista/culturalista corre un peligro: el peligro de la dificultad de intervenir en la trayectoria aparentemente natural de identificar un lugar de maleabilidad cultural, a inventar un mandato ético o terapéutico para la manipulación cultural, a la generalizada fantasía occidental higienista de un mundo sin más homosexuales en él.

Ese es un conjunto de peligros, y es frente a ellos, como he argumentado, que argumentos esencializantes y biologizantes de la identidad sexual acumulan cierta gravedad. La resistencia que parece ser ofrecida por una conceptualización inalterable del cuerpo homosexual, al impulso de la ingeniería social aparentemente construida en cada una de las ciencias humanas de Occidente, puede tranquilizar profundamente. Al mismo tiempo, sin embargo, en la era postmoderna se ha vuelto cada vez más problemático asumir que basar una identidad en la biología o en una “naturaleza esencial” sea una forma estable de aislarla de la interferencia social. Si algo, la gestalt de suposiciones que refuerzan los debates sobre la naturaleza/crianza puede estar en proceso de clara inversión. Cada vez más la conjetura de que un rasgo particular está basado genéticamente o biológicamente, no que es “solamente cultural,” parece desencadenar un estro de energía manipuladora en las instituciones tecnológicas de la cultura. Una relativa depresión sobre la eficacia de las técnicas de ingeniería social, una gran manía sobre el control biológico: la psicosis cartesiana bipolar que siempre subyace a los debates naturaleza/crianza ha cambiado sus asignaciones polares sin renunciar a un poco de su control sobre la vida colectiva. Y en este contexto inestable, la dependencia de un cuerpo homosexual especifico para ofrecer resistencia a cualquier impulso erradicador de lo gay se hace temblorosamente vulnerable. El SIDA, aunque es usado todos los días para proferir al público consumidor de noticias una cristalizada visión del mundo después del homosexual, nunca podrá por sí sola producir ese mundo. Lo que agudiza estas fantasías de manera más peligrosa, porque lo hace más sutilmente, es la presentación, a menudo en contextos ostensible y auténticamente gay afirmativos, de “explicaciones” basadas en la biología para el comportamiento desviado que siempre se presentan en términos de “exceso,” “deficiencia,” o “desequilibrio” – ya sea en las hormonas, en el material genético, o, como está de moda, en el ambiente fetal endocrino. Si alguna vez hubiere, en cualquier medio, visto alguna investigación o algún divulgador que se refiera aunque sea una vez a cualquier circunstancia supuesta que produzca lo gay como el balance hormonal adecuado, o el ambiente endocrino conductor, para la generación gay, yo sería menos fría a las brisas de toda esta confianza tecnológica. Como están las cosas, el medicalizado sueño de la prevención de cuerpos gays parece ser menos visible, muy por debajo del sueño público estimulado por el SIDA de su extirpación.

En este balance inestable de supuestos entre la naturaleza y la cultura, en cualquier caso, bajo el auspicio generalizado y relativamente no desafiado del deseo de una cultura de que las personas gay no existan, no hay ningún espacio teórico para un concepto de orígenes gay y lesbianos no amenazado ni amenazante. Lo que los libros que he estado discutiendo, y las instituciones a las que están unidas, demuestran es que el sueño por un tratamiento digno de las personas que ya son gay está necesariamente destinado a volverse en disculpas trivializantes o, mucho peor, en una complicidad sutilmente camuflada con la opresión – en la ausencia de una afirmación firme, explícita, y eróticamente revestida del deseo o la necesidad de algunas personas de que haya gente gay en el mundo.



“How to bring your kids up gay: The war on effeminate boys” es uno de los ensayos recolectados en el mejor libro de Sedgwick: Tendencies. 1993. Durham: Duke University Press.

viernes, 4 de diciembre de 2009

La guerra declarada contra el niño afeminado


En la escuela había una sicóloga que me torturaba. Nos hacía exámenes que no entendía (ni entiendo) el sentido: dibujábamos personas, a nuestra familia, hacíamos listas de nuestros defectos y virtudes. Y ella siempre se quejaba con mis padres. Recuerdo que una vez los mandó a llamar y que vi claramente en su cuaderno de apuntes mi nombre y al costado una X en una opción que decía “problemas de identidad sexual”. No estuve presente cuando ella conversó con mis padres, pero lo que les dijo, que yo más o menos intuía, les molestó mucho.

Casi todos mis profesores me adoraban, pero recuerdo que sobre todo los que enseñaban educación física eran particularmente hostiles hacia mí. Uno de estos profesores habló con mi papá, porque estaba preocupado por mí, y le dijo (a mi padre) que yo era muy afeminado, y que todos mis compañeros se burlaban de mí. Mi padre al llegar a mi casa me reprendió, y no dudó en culparme por la hostilización sistemática de la que era protagonista en el colegio.


Cuando este profesor llama a mi padre para hablar de mi afeminamiento es inevitable y obvia la patologización de mi cuerpo, como de mis performances de género. Lo que no es tan obvio es que este joven y atlético profesor estaba reconociendo su propia impotencia, su impotencia para modificar mi afeminamiento, su impotencia para hacerme el hombre que se supone debía ser, y su impotencia para marcar claramente los límites entre él y yo. Recuerdo que este no era un profesor particularmente hostil hacia mí en su trato. De hecho, siempre me invitaba a jugar fútbol, o a correr con él y su grupo, a hacer caminatas largas, a hacer abdominales. En pocas cuentas me prestaba mucha atención. No obstante, yo rechazaba todas sus invitaciones, yo no me impresionaba por sus esfuerzos, y ciertamente yo no le prestaba tanta atención.

Como Sedgwick afirma, y mi padre nunca pudo siquiera considerarlo: “Para un niño protogay identificarse con lo masculino (o masculinamente) puede implicar su propia borradura”. (1993: 161)

Halberstam cita una potente pregunta de la obra de Gertrude Stein “Autobiografía de todo el mundo” (de 1937): “¿De qué te sirve ser un niño si vas a crecer para ser un hombre?” (2008:23) ¿De que me servía ser un niño si mi infancia era pensada como una transición a un espacio y un nombre que me parecía inhabitable, hombre? ¿Por qué ese niño no podía tener otros futuros?


Por muchos meses sentía demasiada angustia, no podía dormir, me dolía la cabeza y el cuerpo, lloraba antes de ir a dormir, me encontraba queriendo decir cosas que no sabía qué eran exactamente pero que las tenía que decir. Era la navidad del año 1996, y yo estaba solo con mi mamá y mi hermano menor. Y empecé a llorar, a llorar con gemidos muy fuertes. Entonces le dije a mi mamá que tenía algo que decirle, y lo que pronuncié balbuceando fue “Mamá, creo, que me llaman la atención los hombres”. Mi mamá también empezó a llorar, porque ella entendió qué quise decirle. Luego, ella nos llevó al cine a mí y a mi hermano a ver una estúpida comedia de Arnold Schwarzenegger, un supuesto símbolo de masculinidad heterosexual blanca; pero ¿acaso mi mamá sospechaba que éste también podía ser un icono homoerótico?

Si ese niño (que fui) vivió meses y años de dolor, angustia, pánico (homosexual) fue porque la díada secreto/revelación es constitutiva de lo que llamamos hoy homosexualidad (Sedgwick 1998). Este secreto en cuestión amenazaba con mi propia borradura, pero no solo con la materialidad que era y había sido, sino con una que aniquilaba cualquier posibilidad de futuro, y una que hacía que el amor (de cualquier forma) fuese imposible para mí.

No puedo negar que compartir el secreto me causó algún tipo de alivio. Probablemente si no lo hubiese hecho en ese momento hubiere pasado a formar parte de las listas de adolescentes gays que se suicidan; pero ¿en qué consistía el alivio? Esta escena no cuestiona (necesariamente) la privatización de la homosexualidad ni su paradójica espectacularización como secreto. Estoy más inclinado a pensar siguiendo a Mario Pecheny (2002 [2005]), quien cita el trabajo de Andras Zempleni, que no es la revelación de una verdad interna lo que más alivia, sino que al compartir un secreto (y talvez este en particular) se comparte también la angustia y el dolor que encarna la demanda de ocultarlo/exhibirlo.

Esta puede ser vista como la escena en que salgo del closet, pero me rehúso a llamarla y pensarla así. Ningún closet fue destruido, ni las bestias que lo habitaban fueron domadas y aniquiladas. El pedido o súplica que le hice a mi madre no fue que me ayude a salir del closet, sino que hiciera más habitable el closet para mí (y también para ella). Yo no salí del armario, ella entró más bien al mío.


¿Por qué una guerra es declarada contra un niño? Hay una potente cita a Sedgwick que puede darnos algunas pistas:

“La capacidad del cuerpo de un niño de representar, entre otras cosas, los miedos, furias, apetitos, y pérdidas de las personas alrededor… es terrorífica quizá en primer lugar para ellas, pero con un terror que el niño ya aprendió con gran facilidad y de todos modos con mucha ayuda”. (1993 p. 199, mi traducción).

Todo este dolor, toda la angustia que sentí en esa época de mi vida puede también ser pensada como melancolía. Y aquí me gustaría hacer un aporte a la teoría de la melancolía del género de Butler. Una diferencia entre la melancolía heterosexual y la homosexual, es que como yo en mi infancia y la mayoría de sujetos no heterosexuales que conozco hemos llorado (o lloramos) por no ser heterosexuales. Uno podría argumentar que no es que lloremos o hayamos llorado por no ser heterosexuales (y por no poder amar y desear sexualmente a mujeres), sino que lloramos por no tener los privilegios que la heterosexualidad implica ¿Pero estas dos posiciones son (tan) diferentes una de otra?

Estos “tratamientos psicológicos” buscaban supuestamente que mi homosexualidad sea impronunciable, pero hacían más bien que prolifere, que todo tenga que ver con ella. Como Butler (2004) argumenta la homosexualidad en ciertos contextos puede constituirse como una palabra contagiosa.

Yo no fui el único patologizado por estos profesores, psicólogos y psiquiatras lo fueron también mis padres, y especialmente mi madre. Figuras como las de “padre ausente” o “madre sobreprotectora” no tardaron en aparecer como explicaciones (porque tenía que ser explicado) de mi afeminamiento. Esther Newton (2000) cita la obra de Robert Stoller para quien la figura del niño afeminado es producto de la mucha cercanía y presencia de la madre y poca del padre. Así, como Newton sentencia: “la verdadera villana es la madre que se “gratifica” con su hijo demasiado” (191). De hecho quien me acompañaba a las sesiones con las diferentes psicólogas era mi madre. A ella se dirigían, y de hecho sobre ella recaían las atribuciones de culpa y responsabilidad.

La categoría “mujer”, es reiterada una y otra vez en estas intervenciones disciplinarias sobre mi cuerpo de una manera heteronormativa y misógina, que ya Guy Hocquenghem había señalado: “‘La mujer’, que por otro lado no tiene como tal ningún lugar en la sociedad, designada como el único objeto sexual social, es también la falta atribuida a la relación homosexual”. (2009: 54)

Mi madre, era así patologizada por su generoso afecto, que por estos “profesionales de la salud” será llamado sobreprotección y excesivo engreimiento, y que (me) generaría un cuadro de neurosis que estaría asociada a un odio hacia las mujeres que sería en el fondo una proyección de un odio iracundo hacia mi madre. Sobre todo esto reitero ya denunciaba Hocquenghem a inicios de la década de los 70. Mi madre sería esencialmente patologizada por un exceso también, por un exceso de masculinidad, que se expresaba en su relativa independencia, en su voz, en sus amaneramientos (o en la ausencia de ellos), y en ser la principal proveedora económica en mi hogar. No solo era mi género el disciplinado, lo era también el suyo.