domingo, 12 de julio de 2009

"A 200 metros…" por Renata Hiller

Con amig@s en Buenos Aires. Renata Hiller es la de cabello más largo.



A 200 metros… * La reforma del Código Contravencional en la Ciudad de Buenos Aires y los límites de lo político en el contrato de lectura de La Nación.

Renata Hiller



“El espectáculo vano, el escándalo frívolo, ese estruendo de sonidos y colores causante de que el mundo no sea nunca más que el mundo de la locura, debe ser aceptado, debe ser recibido por el hombre, pero con la clara conciencia de su fatuidad, de esa fatuidad que es tanto del espectador como del espectáculo. No se le debe prestar el oído atento que se presta a la verdad, sino la atención ligera, mezcla de ironía y complacencia, de facilidad y de saber secreto que no se deja engañar, que de ordinario se presta a los espectáculos de feria…”[1]


Desde febrero del 2004 hasta la reforma sancionada en septiembre de este año se discutió en la Legislatura de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires la reforma del Código Contravencional (C.C.) que rige en la ciudad. Nuestra intensión en este trabajo es la de analizar cómo el diario La Nación ha dado tratamiento a este debate. Particularmente, intentaremos demostrar cómo, a través de qué estrategias discursivas este soporte mediático invisibilizó ciertos discursos circulantes en este debate y cómo, paralelamente, se constituyó en la voz de un actor casi ausente: los denominados “vecinos”.
Comenzar entonces con esta cita implica para nosotros retomar un diálogo ya iniciado (siempre ya iniciado) acerca de los modos posibles de legitimación/deslegitimación de los discursos. Historia de la locura en la época clásica puede ser leído como un análisis genealógico del “orden del discurso” de la razón moderna, en tanto describe los gestos que apartan y definen lo Otro de esa razón. Uno de aquellos gestos es la vuelta de la locura en espectáculo para la razón, confinada dentro de sus márgenes y desarmada de su poder durante la Epoca Clásica. Si “desde la más alejada Edad Media, el loco es aquel cuyo discurso no puede circular como el de los otros”(FOUCAULT, M.: 1985) uno de nuestros intentos aquí será el de demostrar que a través de determinadas operaciones discursivas la figura de las travestis y (en menor medida también la de las prostitutas) es homologada a formas de la locura por parte del diario La Nación, permitiéndose de ese modo acallar sus demandas sin por ello presentarse como un discurso autoritario, sino más aún como un intento pluralista de apertura al debate.
Sobre el material analizado

A la hora de analizar el contrato de lectura propuesto por la Nación y sus modos invisibilizar discursos circulantes en torno del debate de la reforma del (C.C.), hemos hecho un recorte temporal iniciando nuestro estudio en el mes de febrero del 2004 (momento de planteamiento de la cuestión) y decidiendo poner un punto de cierre en el mes de julio del mismo año. En torno a esta decisión, es necesario hacer algunas aclaraciones:
Nuestra primer intensión a la hora de iniciar este análisis era abarcar todo el proceso de discusión legislativa finalizada en septiembre. Sin embargo, nos encontramos con un punto de inflexión en el mismo, y de cómo ha sido retomado por los medios. A partir de la jornada del dieciséis de julio, momento en que la movilización en torno al rechazo de la reforma tomó tintes violentos, la cobertura mediática se amplió a otros soportes (televisión, por ejemplo, que hasta el momento casi no había levantado el asunto) e incorporó nuevos protagonistas, como los piqueteros, que hasta entonces aparecían en un segundo plano. De allí que si hubiésemos permanecido en nuestro primer propósito este trabajo debiera haber comprendido dos momentos, ganando en posibilidades de comparación, pero perdiéndonos en el devenir de los sucesos. Por ello la elección del recorte.
Respecto del material seleccionado, trabajamos con artículos del soporte impreso de La Nación comprendidos dentro del período señalado. Estos artículos provienen de dos tipos de texto distintos, reconociéndose tres géneros discursivos: crónicas (narrativo) y editoriales y notas de opinión (argumentativo); dejando por tanto a un lado chistes y correo de lectores sobre el tema (presentes en el medio analizado) y entrevistas. Intentaremos dar una breve caracterización de ciertos rasgos de los géneros discursivos analizados y su particular presentación en La Nación.
Asimismo, aún reconociendo su riqueza para nuestro análisis, también descartamos por falta de espacio el tratamiento de las fotografías que acompañaban los artículos, lo cual hubiese requerido adentrarnos en el estudio de la retórica de la imagen.

Sobre el discurso argumentativo: el mensaje como soporte del mensaje

El comentario y la editorial, como discursos argumentativos, suponen una presencia activa (a diferencia de la crónica, o al menos de su modelización utópica[2]) del sujeto de enunciación. Se trata aquí entonces de analizar las modulaciones de la argumentación y el uso de los elementos retóricos, así como de lo que Maldidier y Robin denominan “segmentos” o “grados de reflexividad”[3].
Encontramos en la editorial de La Nación del veintiuno de febrero un caso típico de discurso argumentativo: predominancia de uso del presente, de enunciados generales y enunciados performativos. A continuación analizaremos algunos de ellos:
Desde el título se nos presenta un enunciado performativo: “Garantizar la convivencia urbana” dado por el uso del infinitivo que puede en este caso ser tomado con la función de un modo imperativo, como una máxima en donde el verbo performativo está implícito. En el título hay a su vez el ideologema que será uno de los constantes a lo largo de toda la cobertura del tema del soporte analizado: la “convivencia”. El otro (que será presentado más adelante) es “tolerancia”. “Convivencia” y “tolerancia” se anudan en el tratamiento de la cuestión de modo tal que funcionan como máximas cuyo sujeto lógico circunscribe un campo de pertinencia particular[4]. Estos dos ideologemas funcionarán como mecanismos de argumentación ad hominem, en tanto permitirán anular o poner en duda el discurso de los manifestantes y parte de los legisladores (aquellos que no dan el quorum suficiente para debatir) ya que, si “convivencia” y “tolerancia” son las máximas que circunscriben la cuestión, estos sujetos aparecen como su permanente y absoluto negativo. Véase para el caso la crónica del ventitrés de marzo, en donde se señala que al momento de realizarse la primera jormada de la Audiencia Pública para debatir el tema “…dos condiciones –la convivencia y la urbanidad- estuvieron ausentes…” y “los travestis, homosexuales y prostitutas sólo dejaban hacer uso de la palabra a quienes compartían sus ideas”.
Si “en el discurso entimemático lo esencial es lo no dicho”[5], nuestra editorial comienza dando por sentado que el C.C. presenta problemas que deben ser resueltos. Si bien más adelante se presentarán argumentos acerca de por qué es necesario reformar el C.C., el primer párrafo omite la definición de qué es problemático, dando por supuesto el conocimiento (y la adhesión) del destinatario acerca de aquella definición. Dicho en otros términos: el editorial no se pregunta qué situaciones son las que los miembros de la Legislatura deben resolver dada su calidad de “problema”, sino que asume la deuda de los mismos por la falta del tratamiento del tema, imposibilitando la discusión acerca de la pertinencia del mismo, de su prioridad o de sus condiciones de posibilidad de ser tratados en ese momento.
Siendo una editorial que corresponde cronológicamente a la primera jornada de discusión de reforma del C.C., resultan llamativas expresiones como “como tantas veces hemos dicho”, “nueva postergación”, “seguir pidiendo”, “víctima constante” ya que remiten a la idea de un asunto con carácter de urgencia que hubiese sido varias veces demorado.
Esto último se refuerza con expresiones que insisten en el carácter evidente de la necesidad de las reformas. Nuevamente, “como lo advierte cualquier observador atento”, “es evidente que los legisladores tienen una deuda cívica”, “es necesario corregir”, “es indispensable contar”, “es imprescindible reforzar la severidad” (los subrayados son nuestros) son todas modalidades lógicas del enunciado que, mediante la reiterada adjetivación, permiten al enunciador presentar bajo un halo de objetividad enunciados que en verdad son evaluaciones del sujeto: solo un alocutor irracional (que no distinga lo verdadero de lo falso, que no reconozca la obligatoriedad de ciertas premisas) o que no sea “suficientemente atento” podría no coincidir con el enunciador. Así, no sólo se construye un Otro positivo, sino también un contradestinatario, portador de estos caracteres.
Afirmar que existe en el discurso de La Nación un contradestinatario supone asumir que estamos ante un discurso polémico. Más adelante veremos qué prodestinatario y qué relación con el mismo traza este soporte. Por el momento sostendremos que nos encontramos ante la construcción de un contradestinatario, figura característica de este tipo discursivo. Siguiendo a Verón (1987), esta figura está excluída del colectivo de identificación. La relación con el mismo reposa “…en la hipótesis de una inversión de la creencia: lo que es verdadero para el enunciador es falso para el contradestinatario e inversamente”[6] ¿Quién es el contradestinatario que se va construyendo en este discurso? Comenzamos desde este editorial a distinguir algunos de sus rasgos:
· Se trata, como ya mencionamos, de un grupo irracional. Sus expresiones son presentadas como “desbordes” y sus manifestaciones son “ruidosas” (el ruido se distingue por ser ilegible, incomprensible).
· Es un grupo minoritario: “…desbordes de minorías hostiles muy pequeñas…” que se presenta como victimario (o al menos nunca como víctima) de las condiciones de vida en la ciudad: la oferta de sexo es agresiva, son el sujeto activo que “…degradan sus niveles de moralidad y convivencia pacífica”.
· Se le reconoce el derecho incuestionable de expresar sus puntos de vista, pero se distingue del “hombre de la calle” (un colectivo de identificación posible, junto con los “habitantes de la ciudad” y el primero: “la ciudadanía”) por tener este último el derecho “a vivir en una ciudad mínimamente ordenada y libre de las expresiones que a diario degradan sus niveles de moralidad y convivencia pacífica”. No resulta claro si estamos ante una pugna de derechos que cada cual reclama separadamente o si se presupone que el primer grupo (el Otro negativo) goza del derecho que “el hombre de la calle” necesita reclamar por estar siendo violado. En un caso no se le reconoce ese derecho al Otro negativo; en el otro, se desconoce la violación sistemática del derecho que sufre este grupo.

Continuando con la utilización de técnicas argumentativas propias de este tipo de discurso presente en el género editorial, nos encontramos con un párrafo que merece un análisis individualizado:
“Así como existe un ambiente ecológico natural que debe ser preservado, hay en las ciudades una ‘ecología moral’ que no puede ser avasallada con ligereza. En efecto, existen ciertos principios mínimos de orden y buena vecindad que no pueden ser desconocidos, pues sobre ellos reposan la tranquilidad pública y la paz social”

La analogía que hace que una “ecología moral” no pueda ser avasallada, como el ambiente ecológico natural debe ser preservado, nos acerca a las metáforas biológicas-médicas que suponen un equilibrio natural (preexistente) que es atacado por un elemento exógeno. Este equilibrio natural anterior está dado en la segunda oración (“existen ciertos principios mínimos de orden y vecindad”). El conector pues, tal como señalan Reale y Vitale[7] permite, a diferencia del porque, justificar la primera parte de esta oración (el primero de los enunciados: “existen ciertos principios…ser desconocidos”) a partir de la segunda “sobre ellos reposan la tranquilidad pública y la paz social”. “Tranquilidad pública” y “paz social” podrían ser aquí dos formas nominales conocidas y compartidas por el prodestinatario, que permitirían legitimar aquellos “principios de orden”.
Finalmente, la editorial concluye con un exordio en que insta a los legisladores a “ponerse a trabajar” (tomemos, por ahora, nota del código coloquial de la frase) y con una definición de la política centrada en la dicotomía intereses sectoriales minúsculos/bien común, permitiendo una vez más, que los reclamos de los manifestantes queden por fuera del ámbito de la política.
El segundo discurso argumentativo que nos proponemos analizar es un comentario (“el análisis”) correspondiente a la edición del veintitrés de marzo. Este género discursivo si bien comparte los rasgos esbozados anteriormente respecto de la editorial, tiene un anclaje mayor en la coyuntura, que en esta nota en particular se evidencia en el mayor uso de referencias deícticas como adverbios y los tiempos verbales referidos al momento de la instancia enunciativa (el presente se combina con pretéritos que remiten a la situación particular que está siendo analizada).
Aquí el enunciador avanza a partir de un juego permanente de adjetivos (algunos de ellos sustantivados) que irá conectando (tres veces mediante el conector porque) para justificar sus afirmaciones (de allí que fuera válido su reemplazo por un pues).
Nuevamente, el contradestinatario es definido como una minoría irracional: “grupos minoritarios”, “cada quien habló de lo que se le ocurrió y le vino en mente”, “travestis, las meretrices y los homosexuales, que tuvieron un lugar (…) y lo rifaron con desmesura”. Nuevamente, este grupo se define por oposición a “los vecinos comunes” (los subrayados son nuestros). Y, como adelantáramos previamente, hay argumentaciones ad hominem en las que se resalta su autoritarismo en contradicción con el lazo entre convivencia y tolerancia, planteado como una máxima desde el título.
Pero también aparece un elemento novedoso respecto de la editorial antes analizada: el carácter sorprendente y risible del espectáculo (veremos más adelante los juegos que realiza el enunciador con el lugar en que se desarrolla la situación: el Teatro General San Martín): “curiosa”, “extraño” y “ridícula” son algunos de los adjetivos utilizados.
Frente a este carácter risible del espectáculo aparece también su contracara trágica: las metáforas del “tejido social” destrozado, dando finalmente una “postal que se mostraba cruelmente irreconciliable”. Éste posiblemente sea el elemento que permite mantener la cuestión con carácter de urgencia y dentro del ámbito de lo político. La idea del “tejido social disuelto” puede funcionar aquí como una forma nominalizada, en el sentido de que ésta posee un valor de substitución respecto del conjunto de la doctrina de una posición política[8]. En este caso, connota metafóricamente las ideas de anomia social, desorden y anarquía.
Finalmente, queremos llamar la atención acerca de dos recursos, uno respecto del vocabulario utilizado y otro en el plano de la enunciación, que nos permitirán avanzar en lo hipotetizaremos como el contrato de lectura propuesto por el soporte: respecto del vocabulario, abundan frases propias del lenguaje coloquial: “hayan hecho oídos sordos”, “Nada, entonces, salió en limpio”, “…contra la salud prepaga, en fin, todos argumentos…”, “y ni hablar...” . Respecto del plano de la enunciación, este comentario concluye con preguntas que, siguiendo a Reale y Vitale, intensifican la eficacia persuasiva de la argumentación[9].
Si entonces decidimos titular esta sección de nuestro trabajo como “ el mensaje como soporte del mensaje” es porque nuestro interés ha sido hasta aquí el de señalar qué otros sentidos (además de los explicitados) pueden encontrarse en este tipo de discursos argumentativos. No como una verdad más oculta, como un mensaje encubierto que develaría las intensiones del enunciador, sino como un modo de plantear que la enunciación implica operaciones discursivas que se presentan de manera compleja, construyendo sentidos más allá de los que se plantean en el plano del enunciado.

Sobre la crónica (o de cómo ser artífice del acontecimiento)

Al comienzo de nuestro trabajo planteábamos la distinción entre los géneros argumentativos y narrativos, apelando a la idea de una “modelización utópica” de la crónica. Con ésta pretendemos referir a la supuesta “transparencia” de la crónica que, en tanto relato, supondría ser un discurso de primer grado que daría la ilusión de poseer un desarrollo cronológico consonante con el sucedido en la historia. Como observan Maldidier y Robin (1977), este modelo no resulta operativo y proponen la necesidad de observar las correspondencias así como los desajustes del relato respecto del acontecimiento narrado. En nuestro caso, no nos centraremos en dicha adecuación, sino que intentaremos reconocer el lugar del sujeto de enunciación. Lugar que, de acuerdo al modelo utópico, se encontraría ausente o en principio, menos legitimado que en otros géneros discursivos como los antes analizados.
La cobertura de las reiteradas suspensiones del debate legislativo por parte de La Nación conserva ciertos rasgos comunes en sus distintas ediciones. Por lo tanto, a diferencia del modelo que planteamos anteriormente respecto del discurso argumentativo, analizaremos ahora en conjunto estas crónicas, atendiendo a aquellos elementos que se reiteran, nuevamente focalizando en lo que son los objetivos de nuestro trabajo: poder finalmente plantear el contrato de lectura propuesto por el medio y poner a prueba nuestra hipótesis respecto del tratamiento del sujeto travesti partícipe en este debate.
Primero queremos referirnos a la puesta en página de las crónicas que hemos de analizar: todas ellas se presentaron en la sección que La Nación denomina “Información General”. De acuerdo a lo que pudimos recabar con fines comparativos respecto de otros medios, otro tanto es lo que puede decirse de Página/12 (que de acuerdo a su ordenamiento denomina “Sociedad”)[10]. Esta primera definición del soporte mediático marca el lugar adscrito a la cuestión: alejado de la política, el debate en torno de la reforma del C.C. aparece junto a elementos tan diversos como un acuerdo sobre inmigración ilegal, así como el regreso de la “fuente de los sapitos” al Parque Chacabuco.
En las crónicas analizadas se refuerza la visión del contradestinatario que referíamos anteriormente: Hay una marcada distinción entre lo Uno (el “vecino”) y el Otro: los piqueteros, travestis y prostitutas. Decimos lo Uno porque no solo sorprende el tratamiento de lo Otro, sino que “los vecinos anónimos” (23/3) aparecen como un todo homogéneo sin fisuras , encarnan el bien común, no están sectorizados (23/3), es tanto la señora de Constitución como la vecina de Palermo (23/3). Son con quienes la Legislatura tiene su deuda: “ese cuerpo debe a los vecinos de Buenos Aires la modificación del Código”, son los que “deberán esperar que comience el período de sesiones ordinarias” (20/2).
Son, a lo sumo, y llamativamente, siempre mujeres (la vecina Silvia Somensi, la vecina Lucía del Carmen Carew (24/3), Norma Gilardi[11] (23/3)). Esta adscripción mayoritaria al sexo femenino de los vecinos choca con las definiciones de género utilizadas para referirse a las travestis: son siempre los travestis, “hombres disfrazados de mujer” (20/2), de “brazos fuertes”, que piden ser llamados con sus “nombres de fantasía” aunque sus fotos en el DNI son las de hombres (23/3).
Se refuerza así la imagen social del travestismo como fundada en la mascarada, en lo carnavalesco, en lo accesorio y, en las peores versiones, en la figura del impostor. Al respecto, cabe hacer alguna aclaración respecto del contexto en que se plantea esta nueva irrupción pública de las travestis: contemporáneo a este debate legislativo, la aparición mediática de las travestis en programas de televisión tiene su punto más alto al formar parte del elenco una travesti en una típica comedia de horario central y siendo a la vez figura principal de una puesta en la calle Corrientes. Sin embargo, (y aunque sería objeto de otro trabajo) no podemos dejar de señalar que el estereotipo aceptado del travestismo (aquel que puede compartir la cena familiar a través del televisor o que es “diva” en el teatro de revistas) está lejos de ser percibido como el de un sujeto político demandante de derechos.
Es esta imagen social del travestismo la que permite negarle a este contradestinatario la posibilidad de ser un discurso político en pugna con otros. De allí el por qué de nuestra hipótesis: en las crónicas de La Nación que retoman el debate sobre el C.C., como ya lo señaláramos respecto de los artículos de opinión, el travestismo aparece bajo diversas formas de lo irracional: Sus manifestaciones no son tales, nunca son “marchas” ni son reclamos. Forman parte del espectáculo para el ojo de lo Uno: realizan “escándalos” en el teatro (24/3), cuando se organizan para manifestar en realidad “cumplen con la cita” (16/6) y en algún momento fueron “con todas las galas a protestar” (20/2). Incluso todo el debate sobre la reforma del C.C. toma la forma de un gran espectáculo: el vicejefe de gobierno “salió airoso apelando a gestos que se parecían más a un conductor de televisión” (20/2), el secretario de Seguridad fuma “literalmente entre bambalinas” (24/3) y también hay legisladores que descollan “con su show habitual” (16/6).
Lo Otro es la irracionalidad despojada del logos, es una “muchedumbre variopinta” (20/2), una “platea variopinta y muy expresiva” que “abuchea”, es el “ruido desagradable que se superponía con las palabras de los disertantes” (23/3) y cuando habla lo hace en “dialectos urbanos incomprensibles” (24/3)(los subrayados son nuestros).
En la crónica del 24 de marzo se reitera (aunque planteado como metadiscurso, por ser palabras de un funcionario) el adjetivo loco/alocado para referirse a ciertos discursos. Dicha locura (rasgo señalado ya por Foucault (2000)) se anuda a la inmoralidad: (“gestos obscenos” , “…incluyó no pocas bajezas”, “enfrentamientos que rozaron la obscenidad” ) o a la animalidad. Los manifestantes son descriptos muchas veces bajo formas que por metonimia remiten a la condición animal:
- “con evidente brutalidad” (24/3)
- “la tribuna bramó, muchos se pusieron de pie, se levantaron brazos amenazantes” (24/3)
- “le fue recordado con ferocidad por la tribuna”
Es cierto que en esta descripción también están las “prostitutas enardecidas” y los “homosexuales con aparatos extraños” (23/3), pero nos animamos a decir que el carácter (nuevamente y tal como referíamos antes) “curioso” de la escena (24/3) está dado fundamentalmente por la presencia de las travestis.
En resumen, lo que se logra es lo que en palabras de Austin podríamos denominar un “desacierto”[12]: se viola la regla A2, de modo tal que, a partir de que “las personas y circunstancias” no son apropiadas (y este es el resultado de la combinación de las estrategias discursivas analizadas) el acto que se pretendía llevar adelante no tiene lugar, no se lleva a cabo. Austin distingue entre dos tipos de infortunios: los desaciertos y los abusos. En el caso de los segundos, el acto es llevado a cabo (y a lo sumo podremos hablar de insinceridad). Al anudar el travestismo a formas de lo irracional se impugna su lugar de enunciador político, invisibilizando la acción pública de este grupo, y por lo tanto silenciando ese acto hecho de palabras.


Sobre el enunciador (o La Nación construyendo al vecino)

Nos planteamos entonces ahora qué contrato de lectura propone La Nación respecto de la cobertura la reforma del C.C., entendiendo por éste el conjunto de estructuras enunciativas que construyen un lugar para sí para el soporte, a la vez que (como en todo acto de enunciación) se posiciona al destinatario y se define la relación entre ambos (VERÓN, E.: 1985).
Al comparar los géneros editorial y comentario con la crónica, nos encontramos con que en La Nación las fronteras entre unos y otros no son nítidas: hay tantas marcas de enunciación en la segunda como en los primeros, lo cual contrastaría con una definición más clásica de los distintos géneros periodísticos analizados.
Más allá de las referencias deícticas de localización temporal que se pueden encontrar en toda crónica, aparece en las seleccionadas para este trabajo un “nosotros” inclusivo: “una muestra de la ciudad en que vivimos” (20/2). El pronombre personal de la tercera persona del plural aparecerá también al día siguiente en el comentario de opinión: “como tantas veces hemos dicho”, en un modo ambiguo ya que no queda claro si remite al enunciador o incluye al prodestinatario.
Es también en las crónicas (y no solo en los discursos argumentativos) donde se plantean preguntas:
- ¿Para qué se convocó a una audiencia pública, luego de convivir con un código sancionado hace seis años? (23/3)
- “Ahora, ¿Qué pasa? ¿Cuál es la situación? ¿Por qué el oficialismo huye del nuevo Código?(30/6)

Hay además en la escritura, marcas de cansancio, agotamiento, hastío por parte del enunciador. Son las mismas que éste supone respecto del destinatario o “los vecinos”:
- “Los vecinos, cansados de las movilizaciones” (20/2)
- “Para que los vecinos pudieran expresar por fin ‘oficialmente’ su disconformidad” (23/3) (el subrayado es nuestro)
- “El adverbio casi, sin embargo, no debería definir la actividad de un cuerpo legislativo” (16/6)
- “Otro fracaso legislativo por falta de quórum. Temas clave siguen sin ser definidos” (30/6)
- “Ayer, por enésima vez…” (30/6)



Y finalmente, en ambos tipos discursivos hay expresiones propias del código oral y con un lenguaje coloquial:
- “Un nuevo papelón cosechó ayer la Legislatura” (20/2)
- “Pasaron al olvido” (20/3)
- “las cosas se fueron de madre” (23/3)
- “fue el día del casi” (16/6)
- “dos legisladores casi se van a las manos” (16/6)
- “los diputados brillaron por su ausencia” (30/6)

La socióloga Leticia Sabsay (2002) realizó un estudio sobre el tratamiento mediático de la identidad travesti al momento de la reforma anterior del C.C. sucedida en 1998. Lo que sorprende al leer su artículo no es tanto la reiteración de ciertas estrategias discursivas como la actual ausencia del que en aquel momento fuera un agente presente, activo y organizado: los vecinos. En este proceso de reforma que venimos analizando, los “vecinos” estuvieron virtualmente ausentes.
De ello da cuenta La Nación en su cobertura de la primera jornada de Audiencia Pública: “los vecinos no sectorizados prácticamente no tuvieron representación”, “los vecinos que protestan abiertamente cuando una cámara de televisión los ilumina, no se hicieron presentes para debatir”(23/3).
Finalmente, desde nuestra perspectiva, el enunciador propuesto por La Nación vendría a llenar ese espacio vacío, presentándose a sí mismo como el “buen vecino”. Es decir, identificándose con el destinatario, pero guardando una cierta distancia con el mismo que le permite presentarse como pedagógico, como un modelo de compromiso y tolerancia a ser imitado.
La Nación entonces, al proponer su contrato de lectura no sólo encuentra un lugar para sí y uno para el destinatario, sino que el rasgo eminentemente político de este conjunto de estrategias discursivas es que, en la cobertura de lo que fue el proceso de reforma del Código Contravencional de la Ciudad de Buenos Aires, el medio ocupó el lugar de uno de los actores ausentes en el debate, invistiéndolo (a la vez que invistiéndose) con determinadas características: como la imagen de la razón, encarnación de un supuesto bien común.


[1] FOUCAULT, M. (2000).
* “A 200 metros…” ya que el texto finalmente aprobado en septiembre estableció la prohibición de la oferta y demanda de sexo en ese radio de distancia de escuelas, templos y viviendas: nuevas y viejas fronteras simbólicas vuelven a levantarse.
[2] Retomaremos esta idea de modelización utópica al referirnos a la crónica.
[3] Para la caracterización de los géneros discursivos analizados, ver: MALDIDIER, D. y ROBIN, M. (1977).
[4] REALE, A. y VITALE, A. (1995). Pg. 29.
[5] Idem, Pg. 27.
[6] VERÓN, E. (1987) Pg. 17.
[7] REALE, A. y VITALE, A., Op.Cit. Pg. 35.
[8] VERON, E. Op.Cit. Pg. 19.
[9] REALE, A. y VITALE, A., Op.Cit. Pg. 41.
[10] La puesta en página es una de las cuestiones que, como adelantáramos en la introducción, se modifican el 16/7, apareciendo el día posterior en la portada de la mayor parte de los matutinos y en la sección “Política”. De allí en adelante, la cuestión de la reforma del C.C. aparecerá alternativamente en unas u otras secciones, dependiendo de la edición y el medio.
[11] Quizás la cronista en esta ocasión se dejó llevar por los “disfraces”, ya que Norma Gilardi, que es presentada como “una de las vecinas anotadas como oradora” que (contrario a los demás planteos de los vecinos) opinó que darle más poder a la policía era atroz, es una elegante señora travesti.
[12] AUSTIN, J.L.: Cómo hacer cosas con palabras, Ed. Paidós.

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