miércoles, 10 de junio de 2009

Espacios, fronteras y tiempos transgénero



En el programa “Primera Edición” del 29 de Enero del 2009 se informó de una brutal agresión contra una travesti, llamada Techi, y un hombre con el que había tenido relaciones sexuales o con el que estaba pactando una, en la ciudad peruana de Tarapoto. Los agresores fueron miembros de una ronda vecinal.

Hay una importante diferencia entre un ladrón (alguien que afecta la propiedad de una comunidad o la privada) y la travesti prostituta en cuestión (alguien que transgrede la “moralidad pública”). Ahora ¿qué implica esa “moralidad” pública? Lo primero que se me viene a la mente es la idea del sexo confinado a espacios privados (cuartos matrimoniales heterosexuales, o en su versión más laxa hostales). Además el sexo en cuestión no es heterosexual, y está enmarcado en un contexto económico contractual que atenta contra una noción heteronormativa de temporalidad (sexual). Entonces, el atentado a la normatividad heterosexual pública (entendida como “moralidad” pública) es intolerable porque hace visible lo que debiere estar restringido a la oscuridad, y a la vergüenza (Warner 1999).

Leo Bersani (1998) citando a Foucault recuerda que lo intolerable de los gays no es que tengan sexo (ni si quiera mucho y buen sexo), sino que se despierten al día siguiente felices y puedan expresar esa dicha públicamente. Evidentemente no sabemos si la relación entre la travesti y su (aparentemente) momentánea pareja sexual fue dichosa, feliz, y si al día siguiente se levantaron juntos y felices como perdices. Lo que sí sabemos es que no tiraron (o cogieron) en un cuarto, sino en la calle ¿Quién determina si el sexo público (no heterosexual) es dichoso, lamentable, o vergonzoso? Es obvio que en esta escena los miembros del autodenominado “comité de seguridad ciudadana”. Pero ellos no inventan una normatividad homofóbica, la citan. Entonces su responsabilidad radica en la cita homofóbica que hacen que anula la posibilidad de un tipo de parentesco sexual (consensuado) como el que discutimos (Butler 2004).

Además de golpes, insultos, el momento clave a nivel de todo lo que condensa, es cuando le cortan la larga cabellera a la mencionada travesti. Este es un acto común en linchamientos a delincuentes, pero en este caso tiene el efecto de un retorno violento a la masculinidad heterosexual más normativa. La agresión es un disciplinamiento del cuerpo como cuando obligan a la travesti a hacer ranas desnuda, y a hacer otro tipo de ejercicios.

Quiero explorar más la idea de la vergüenza. La privatización de la sexualidad y especialmente de la no heterosexual tiene como consecuencia la implantación de la vergüenza en toda subjetividad no heterosexual. La única condición que la normatividad heterosexual nos da para transgredir sus normas es aceptar la vergüenza y encarnarla. La importancia del corte de cabello radica en que su fín es generar vergüenza pública. La normatividad heterosexual implica su propia transgresión siempre que ésta encarne la vergüenza de su transgresión. Pero tanto la vergüenza como su trasgresión si mantienen su pacto, se quedan relegadas a la esfera privada. Como un secreto del que solo se oyen susurros dispersos. Pero la sanción al hacer público el sexo no heterosexual es también hacer pública la vergüenza. Hacer que esta marque el cuerpo, que su encarnación sea distinguida por todos y por cualquiera.

Es importante resaltar el acto de violencia que cometieron también los medios de comunicación. Primero en el registro de imágenes tan violentas ¿No pudieron decirles a los comuneros que lo que hacían era ilegal y que filmados podían ser denunciados? En simples palabras, lo que creen describir lo producen (Butler 2002). Repiten la agresión brutal contra ambas personas. Basta ver el titular que acompaña las imágenes. Dice ¨Salvaje castigo a pareja gay¨. Primero, la agresión, tortura, intento de homicidio, injuria, humillación de la que fueron victimas ambas personas es llamada castigo. Segundo, lo que se cuestiona no es la lógica de castigar, sino lo salvaje del castigo particular. El uso del término “castigar” revela que la homofobia es entendible, justificable o hasta deseable, pero no en esos niveles de brutalidad.

Otro punto que evidencia la complicidad de los agresores fácticos con el reportaje radica en la pregunta por el costo del servicio. El otro hombre agredido dice 5 soles (menos de 2 dólares). Esta pregunta elegida dentro de muchas otras posibilidades más urgentes o pertinentes no es simplemente morbosa, sino que busca resaltar lo poco o nada que vale el cuerpo de un maricón.

Es mas, el pequeño reportaje termina con las palabras del agresor, que son más importantes que las de las victimas (que no son incluidas). El dice que en el intento de erradicar la prostitución han actuado consecuentemente. Pero en el reportaje parece justificarse esta idea. Hay que preguntar qué clase de represión a la prostitución de travestis pide el agresor (que se repite en el reportaje) ¿Acaso no pide el mismo tipo de violencia pero en que los agentes sean estatales? ¿El reclamo al estado cuyo eco se escucha demanda protección y respeto a las personas transgénero o exige que sea más eficiente en su represión de sexualidades no heterosexuales? ¿El reportaje demanda al Estado políticas públicas ante la violencia contra personas no heterosexuales, o demanda políticas sexuales más rígidas que garanticen la hegemonía pública de la heterosexualidad y que eviten los excesos de actores particulares?

Para complejizar estas preguntas es útil traer a mención un mecanismo de control que la policía municipal está poniendo en práctica en el distrito limeño de Lince. En las noches y madrugadas sus “efectivos” policiales se colocan en ciertas cuadras de las avenidas Arequipa y Petit Thouars con grandes carteles que dicen “No las recojas ¡Te estamos grabando!”

Estas palabras resultan poderosas porque evidencian la lógica de la homofobia que elimina vidas como la de Techi. Las travestis son basura social. Eso nos dice este cartel. No las recojas porque son basura, y contaminan. Y si las “recoges” es porque los mecanismos disciplinarios de tu subjetividad son laxos y desvergonzados. Por ello el Estado hará que tu cuerpo encarne la vergüenza. La criminalización del “cliente” es en este contexto una proyección de la criminalización y patologización de la homosexualidad.

Mary Douglas (1973) afirma que los mecanismos de contaminación son sistemas de orden, en los que se busca distribuir ciertos elementos espacialmente. En la analogía literal entre travestis y basura, lo que se cuestiona es el espacio dónde la basura se coloca. A la vista de todo el mundo: niños -asumidos siempre como heterosexuales-, púberes con muchas fantasías sexuales, madres de familia que ven opacadas sus feminidades y sus cuerpos, hombres que se descubren deseando no a mujeres “biológicas”, etc. Probablemente la basura travesti podría estar en un basural con otros sujetos basurizados, pero nunca en espacios públicos.

Hay una consigna funcional al sistema económico hegemónico que se siente en estas escenas. La lógica del espacio público como espacio para el residente, es decir para la persona que disponga del capital económico y de una propiedad que le permita privatizar “espacios”. Esto en desmedro de una lógica de espacio público como espacio de encuentro de diferencias y de diferentes. Así se reafirma la noción de “vecino” como propietario, y se olvida a todas aquellas personas que dan uso a dichos espacios públicos, y a sus usos que pueden y deben ser distintos de las intenciones de sus creadores.

Para ser más exactos, se produce performativamente la noción del “vecino” como un sujeto previo al exterior constitutivo (travesti). Así se habla, por ejemplo, de vecinos invadidos por travestis; aun cuando muchas zonas de trabajo sexual tienen muchos años de tradición, y en varios casos esas zonas son previas a la llegada de muchos de esos “vecinos”.

¿Qué implica que cuerpos como el de Techi tengan que ser excluidos para que haya orden? ¿Qué tipo de orden es el que se constituye en esos términos? Evidentemente uno en que la norma heterosexual sea una que de inteligibilidad, sentido y viabilidad a las vidas. Esto también nos recuerda cuán peligroso puede ser demandar al Estado que organice el parentesco, o que mantenga la hegemonía en la distribución de reconocimiento del parentesco.

La homofobia más que violencia contra homosexuales y transgénero es una pretensión de conocimiento (Halperin 2000). El pensamiento homofóbico es aquel que pretende conocer mejor a un homosexual de lo que éste puede, ha podido y podrá hacerlo en toda su vida. La ronda vecinal y los policías saben mejor que las travestis que ellas son mierda social. La homofobia depende de la injuria, es decir del poder herir a través de las palabras.

Sin embargo, la homofobia también implica su propio desplazamiento. Tanto en la violencia homófoba de la ronda vecinal como la de los policías municipales hay importantes implicancias homoeróticas. La ronda desnuda el cuerpo de la travesti, lo obliga a ejercitarse, goza con la exhibición de ese cuerpo, goza con desnudarlo, goza con mostrarlo a la cámara. Por su parte, el “te estamos grabando” intenta invisibilizar la posición masculina que desea mirar sexo no heterosexual, que está atento para registrar a ciertos cuerpos no heterosexuales.

Además, tanto la grabación de la agresión a Techi como la puesta en escena de policías con los citados carteles hacen que proliferen las imágenes de no heterosexualidad en espacios públicos. Es decir, implican su propia transgresión. Estos mecanismos de disciplina heteronormativa también dicen “es posible tener sexo no heterosexual”, “es posible el sexo en público”, “existen travestis en muchas partes”, “hasta el hombre que menos aparenta puede desear tener sexo con una travesti” y “siempre hay gente (como nosotros) que desea ver sexo no heterosexual”. Y la producción performativa de la noción de “vecino” permite articulaciones de dicha categoría que traicionan las implicancias heteronormativas de sus usos más comunes.

Más allá de eso, la vergüenza puede constituirse en un caudal de energías subversivas (Eribon 2001) que visibilicen un “punto de vista” que niega su condición de tal. La vergüenza tiene el potencial de hacer que el dolor pueda ser nombrado de otras formas, que pueda incluso salir del circulo vicioso de la injuria. Y es precisamente el nombrar de otras formas lo que cuestiona la pretensión autoritaria que está detrás de la heteronormatividad.

Bibliografía

Bersani, Leo. 1998. Homos. Buenos Aires: Manantial.

Butler, Judith. 2002. Cuerpos que importan. Sobre los límites materiales y discursivos del sexo. Buenos Aires: Paidós.

Butler, Judith. 2004. Lenguaje, poder e identidad. Madrid: Síntesis.

Douglas, Mary. 1973. Pureza y peligro: Un análisis de los conceptos de contaminación y tabú. Madrid: Siglo Veintiuno.

Eribon, Didier. 2001. Reflexiones sobre la cuestión gay. Barcelona: Anagrama.

Halperin, David. 2000. San Foucault: Para una hagiografía gay. Córdoba: Ediciones Literales.

Warner, Michael. 1999. The trouble with normal. Sex, politics and the ethics of queer life. Cambridge: Harvard University Press.

1 comentario:

niggerandqueer dijo...

Hola. Me gustó mucho este texto, no entiendo algunas cosas que tienen que ver con el metalenguaje de los estudios de género y teoría queer que yo desconozco,pero es bastante comprensible en general. Me gustan tus ideas sobre la verguenza, la supuesta superioridad cognitiva de la heteronormatividad y la privatizaciòn de los espacios públicos y sexuales. Chévere.