sábado, 13 de junio de 2009

Des/identificaciones que matan: El extremismo de los salvajes y las machas



El éxito de la individualización de la responsabilidad en la agresión contra Techi radica en la noción del “salvaje” como sinónimo de “hombre de la Selva”. Techi es construida como una “salvaje” que tiene sexo en el espacio público, y sus agresores como hombres que no pueden contener un salvajismo original.

Los sangrientos hechos ocurridos en Bagua en que 24 policías y un número indeterminado de civiles murieron han vuelto a poner en el debate público la centralidad de la categoría “salvaje”.

Alan García, el nauseabundo presidente peruano, no ha dudado en catalogar de salvajes y de “no ciudadanos de primera categoría” a los nativos amazónicos. No ha dudado tampoco en culpabilizarlos como cuerpo colectivo de todas las muertes. Los nativos son salvajes y extremistas. Es su salvajismo el que los hace extremistas, porque como el spot publicitario del propio gobierno asevera los extremistas son comandados “por consigna internacional”. Implícita en esta aseveración este el nexo salvaje/irracional/no peruano.

Planteo que la construcción del nativo amazónico como salvaje puede ser entendida desde un enfoque de performatividad. En el discurso del partido oficialista y de García no se duda en apelar a una noción de ciudadano peruano y de Perú que se opone radicalmente a la de salvaje amazónico. Esta noción de “peruano” se postula como un a priori, un sujeto previo e independiente del salvaje; sin embargo un sujeto que depende estructuralmente para ser tal de la categoría abyecta. Este sujeto peruano es construido como un todo homogéneo, racional, y que dada su racionalidad jamás cuestionaría un modelo de desarrollo basado en la explotación irrestricta de “recursos naturales”. Es mas el gobierno se considera la (lógica) materialización de la voluntad de este sujeto peruano. Sin embargo, este sujeto homogéneo, unitario, racional y coherente solo puede aparecer por la previa exclusión de un objeto de conocimiento que es erigido antes como un sujeto homogéneamente salvaje.

La asimetría de la distribución del duelo público en este genocidio revela también más indicios en este sentido. El gobierno aprista construye los cuerpos muertos de los policías como cuerpos dignos de duelo. En este spot oficial los cuerpos de los jóvenes suboficiales de la policía son exhibidos como trozos de carne de algún spot publicitario. En este comercial estos cuerpos son dispuestos para el consumo. Debemos consumir estos cuerpos, y debemos inevitablemente hacer un duelo, pero este duelo no es tanto por las pérdidas de esas jóvenes vidas como de la fantasiosa estabilidad de un modelo neoliberal económico. Los cuerpos que no merecen ningún duelo público, en cambio, son los de los nativos amazónicos, que como ya dije son construidos como no peruanos.

Los cadáveres de los policías son elevados a figuras idealizadas de consumo. Y es la producción de estos cuerpos como vidas (necesariamente) prescindibles la que necesitamos cuestionar. Para ello quiero que prestemos atención a una ley para los policías (recientemente promulgada) que penaliza la homosexualidad y los desvíos de la monogamia heterosexual con la expulsión inmediata de dicha institución en el primer caso y en el segundo con un retiro temporal de dos años.

Esta ley fue promovida por la ministra Mercedes Cabanillas, la “dama de hierro” como la llama la prensa local. La “dama de hierro” alude a la masculinidad autoritaria e intolerante de Cabanillas. Ella parece decir “soy un macho, pero jamás una machona”. Sus declaraciones homofóbicas son intentos paranoicos de desidentificación de la categoría “machona”, que se asemejan a los desesperados intentos de Alan García por desindetificarse de su pasado “izquierdoso”.

La ley en cuestión es presentada por el gobierno como un intento por moralizar la policía, una organización bastante desacreditada en el Perú. Aquí se construye al policía como el ciudadano ideal, heterosexual y monógamo. Pero es una idealización que es reconocida públicamente como fantasmática e imposible. Bastaría recordar que García tiene un hijo fuera de un matrimonio heterosexual monógamo, y que más de uno y una de sus ministros son pensados como homosexuales enclosetados. Y si este ciudadano ideal es posible lo es a costo de su inhabitabilidad. Los 24 policías muertos son un ejemplo más que claro de cómo el espacio del objeto ciudadano ideal (y obedientemente acrítico) es invivible.

Alan García supone que la categoría “peruano” es una que él conoce perfectamente, y es una que jamás contrastaría con sus intereses políticos y económicos. La clausura de esta categoría le permite al APRA convertir su facismo y autoritarismo en la democracia que los medios de comunicación masiva en Lima no dejan de reverenciar ¡Ya es hora de dejar de hacerlo!

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