lunes, 9 de febrero de 2009

Cuerpos que no Importan


En “Cuerpos que importan” Judith Butler intenta responder a las críticas que su clásico “El género en disputa” recibió. En “El género en disputa” Butler cuestiona la dicotomía sexo/género y rechaza frontalmente la analogía que emparenta el sexo a la naturaleza y el género a la cultura. El sexo no es una superficie pasiva (femenina) sobre la que se inscribe la cultura (masculina), ni el género es simplemente la confirmación de una estructura pre-social. Así, en “Cuerpos que importan” explora la producción de la materialidad corporal – esa materia que muchos dijeron que ella no tomaba en cuenta.

Este libro se debería llamar “Cuerpos que no importan”, porque son éstos los que son construidos como exterior constitutivo de la normalidad/normatividad heterosexual, no simplemente como su opuesto, sino como esa frontera inestable que le da viabilidad, pero que al mismo tiempo se constituye en un potencial subversivo.


Sobre Paris is burning




Lo que las travestis y drags de este documental muestran es que lo único de esencial que tiene el género es su estructura imitativa. Allí es importante problematizar la diferencia entre “ser” y “pasar por”. En “Paris is burning” (1990) las drags y travestis compiten intentando generar efectos de autenticidad, ganan aquellas que sean capaz de “engañar al ojo no entrenado”. Para el sentido común las travestis “pasan por mujeres”, mientras que las mujeres y los hombres heterosexuales “son”; pero es precisamente esta idea la que se desestabiliza en el filme.

Para ello es clave concentrarnos en la escena en que Willi Ninja dicta clases a modelos mujeres biológicas. Ninja les enseña a caminar, moverse, respirar como mujeres (como en America’s Next Top Model lo hace Miss J) ¿Si las modelos “son” por qué necesitan aprender a “pasar por” ¿Es que la categoría “mujer” (como hombre) es tan inestable que necesita ratificarse mediante constantes repeticiones?

Esta escena le permite a la Butler afirmar que la heterosexualidad es el mayor proyecto travesti, o en otras palabras que el hombre heterosexual es el mejor travesti, ya que nadie cae en cuenta de que no “es” y solo “pasa por”, El travestismo entonces no es una copia de un original, sino que revela que en el género solo hay copias sin original.

Así se hace mucho más accesible su teoría de la performatividad. El género no describe una realidad exógena y fija, sino que produce los efectos que enuncia. Estos efectos no son estables, ni están determinados, lo que no quiere decir que no se impongan con una impronta violenta heterosexista.

La afirmación del médico “es un niño” o “es una niña” no describe una materialidad corpórea, sino que la produce o la proscribe. Por supuesto que no la produce sobre el aire, por lo que no se puede entender el género como algo simplemente electivo o previamente determinado. Hay muchas decisiones que no han sido tomadas por nosotr@s, sino por otr@s, y por otr@s antes que ellos. Nuestro mismo nombre, es una elección heterónoma que supuestamente es lo más propio de cada un@ (aunque las personas transgénero hayan cuestionado este sentido común).

En el proyecto teórico de la Butler la libertad no es lo opuesto de la sujeción, sino que la posibilidad de la libertad y la subversión están implicadas en la de la sujeción originaria. Es dotando de nuevo significados a las normas que podemos subvertirlas. Y es que el interlocutor que enuncia o proscribe no controla todos los efectos de su enunciación, y en esta indeterminación es que por ejemplo palabras hirientes como “marica”, “machona”, “puta” pueden convertirse en espacios bellos, ricos y habitables.


En torno a la diferencia sexual y la raza

Judith Butler es bastante crítica de la noción de “orden simbólico” del psicoanálisis. La idea de estructuras pre-sociales que determinan ciertas orientaciones en la vida le produce sospechas. En especial la categoría “diferencia sexual”, anclada en una dicotomía sexual heterosexual, que proscribe la heterosexualidad como la única forma habitable de vivir. Por ello también cuestiona al “polimorfo perverso” de Freud, como bisexualidad potencialidad previa a la cultura que necesariamente tiene que declinar ante la cultura heterosexual.

Más allá del heterosexismo de la categoría “diferencia sexual” el privilegio que ésta le otorga al sexo sobre la raza o la clase también es cuestionable. Parece ser un prejuicio extendido que uno es mujer u hombre, antes que negro, blanco, cholo, o que proletario, pobre, o burgués. Sin embargo, en “Paris is burning” se ve más bien como la raza y el sexo se superponen y entran en un campo de indeferenciación ¿Acaso Venus Xtravaganza no muere por pasar como una mujer heterosexual blanca? ¿O no es que las casas de travestis se organizan también por estructura de parentesco raciales?

Es en esto último, en la reorganización del parentesco como no heterosexual, que Judith Butler encuentra un caudal de posibilidades de subversión. Son otras travestis y gays quienes se protegen mutuamente, quienes se enseñan los usos y costumbres para que una vida tan brutalmente amenazada pueda sobrevivir. Además cuestiona el centro del parentesco, su exclusividad como vínculo biológico, poniendo la elección o la amistad como su criterio principal.


Sobre la mirada que (re)produce la opresión

Butler hace hincapié en la mirada que intenta ser invisible en “Paris is burning”, la de la directora Livingston. El documental muestra los deseos de travestis y gays negros y latinos por fama y reconocimiento. Y el documental no solo describe estas fantasías, sino que las produce, y las motiva. Así, las drags creen que podrán alcanzar cierta fama mediante la mirada de Livingston, una lesbiana blanca de una universidad exclusivísima. En ese sentido “Paris is burning” es una suerte de tragicomedia en que están implicados tanto deseos heterosexistas y fantasías subalternas, como potencialidades subversivas.

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