viernes, 18 de diciembre de 2009

“Cómo hacer que tus hijos sean gays: La guerra contra los niños afeminados” de Eve Kosofsky Sedgwick


Traducción de Giancarlo Cornejo

En el verano de 1989 el Departamento de Salud y Servicios Humanos de los Estados Unidos publicó un estudio titulado “Reporte del grupo de trabajo de la secretaría sobre suicidio juvenil”. Escrito como respuesta a la aparente floreciente epidemia de intentos de suicidio de niños y adolescentes en los Estados Unidos, el reporte de 110 páginas contenía una sección que analizaba la situación de la juventud gay y lesbiana. Y concluía que, porque “la juventud gay enfrenta un ambiente hostil y condenatorio, abuso verbal y físico, y el rechazo y el aislamiento de sus familias y pares,” los jóvenes gays y lesbianas son dos o tres veces más propensos que otras personas jóvenes a intentar y cometer un suicidio. El reporte recomienda, bastante modestamente “Acabar con la discriminación contra los jóvenes basada en ciertas características como… la orientación sexual.”

El 13 de octubre del 1989, el Dr. Louis W. Sullivan, secretario del Departamento de Salud y Servicios Humanos, repudió esta sección del reporte – impugnando no su precisión, sino, al parecer, su propia existencia. En una declaración escrita Sullivan dijo “las opiniones expresadas en el documento ‘Suicidio de jóvenes gays y lesbianas’ no representan en modo alguno mis creencias personales ni la política de este Departamento. Yo estoy fuertemente comprometido a promover valores familiares tradicionales… En mi opinión, los puntos de vista expresados en dicho documento son contrarios a ese objetivo.”

Siempre es temporada de caza de niños gays. Pero ¿dónde, en todo esto, están el psicoanálisis y la psiquiatría? ¿Dónde están las “profesiones de ayuda”? En esta discusión de instituciones, quiero preguntar, no sobre Freud ni la posible disponibilidad amplia de los textos madre, sino sobre el psicoanálisis y la psiquiatría como funcionan hoy en los Estados Unidos. Estoy especialmente interesada en el psicoanálisis revisionista, incluyendo la psicología del ego, y los desarrollos siguientes a la muy publicitada decisión de 1973 de retirar el diagnóstico patologizante de la homosexualidad de su siguiente “Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales” (DSM-III) ¿Cuál es el probable destino de los niños que han llegado bajo la influencia del psicoanálisis y la psiquiatría de hoy, post DSM-III, considerando las ansiedades de padres y maestros sobre su sexualidad?

La literatura monográfica sobre el tema es, para empezar, y hasta donde puedo decir exclusivamente sobre niños. Un ejemplo representativo de esta revisionista, teoría psicoanalítica basada en el ego sería “Homosexualidad masculina: Una perspectiva psicoanalítica contemporánea” de Richard C. Friedman, publicado por Yale University Press en 1988. (Una suerte de volumen acompañante, aunque de un psiquiatra no psicoanalista, es “El síndrome del niño afeminado y el desarrollo de la homosexualidad” [1987], también de Yale). El libro de Friedman, que agradece profusamente a su esposa y a sus hijos, está marcado fuertemente por su participación simpatizante con el movimiento de despatologización de 1973. El libro contiene varias historias visiblemente admiradas de hombres gay, muchos de ellos encontrados en contextos no terapéuticos. Estos incluyen a “Luke, un oficial del ejército de 45 años y durante toda su vida exclusivamente homosexual” (p. 152); y Tim, quien fue “fornido, fuerte y que podía trabajar lado a lado con cualquiera en los más intensos trabajos”: “gregario y simpático,” “un atleta excelente,” Tim fue “capitán del equipo de lucha (de su escuela) y editor del diario de su escuela (p. 206-7). Bob, otro “individuo bien integrado”, “tuvo actividad sexual regular con algunas parejas diferentes pero nunca levantó a nadie en la calle o visitó bars o saunas gays. El no perteneció a ninguna organización gay. Como un adulto, Bob tuvo un historial laboral estable y productivo. El tuvo amistades leales, solidarias y durables tanto con hombres como con mujeres” (p. 92-93). Friedman también, a modo de comparación, da un ejemplo de un hombre heterosexual con lo que él considera una personalidad altamente integrada, que resulta ser un piloto de avión de combate. “Atlético y en buena forma, con casi 30 años, él tuvo el estilo de mando discreto de un efectivo tomador de decisiones” (p. 86).

¿Hay un patrón emergiendo? Los analistas revisionistas parecen preparados para gustar de algunos hombres gays, pero el homosexual saludable es uno que (a) ya es un adulto y (b) actúa masculinamente. De hecho, Friedman correlaciona, en tantas palabras el afeminamiento del hombre gay adulto con una “patología de carácter global” y con lo que él llama “la parte inferior del espectro psicoestructural” (p. 93). En los párrafos obligatorios de su libro concernientes “a la pregunta de cuándo el comportamiento desviado de una norma definida debería ser considerada psicopatología,” Friedman hace explícito que, mientras “los conceptos clínicos son a menudo algo imprecisos y es cierto que fallan en hacerle justicia a la rica variabilidad del comportamiento humano,” un cierto concepto de patología como punto de partida será mantenido en su estudio, y ese punto de partida será depositado en un lugar muy particular. “La distinción entre inconformes y personas con psicopatologías es usualmente bastante clara durante la infancia. Los niños extrema y crónicamente afeminados, por ejemplo, caen en la última categoría” (p. 32-33).

“Por ejemplo,” “niños extrema y crónicamente afeminados” – este es el abyecto que obsesiona al psicoanálisis revisionista. El mismo DSM-IV que, publicado en 1980, fue el primero que no contenía una entrada para la “homosexualidad”, fue también el primero en contener un nuevo diagnóstico, numerado, para efectos aseguradores, como 302.60: “Trastorno de la identidad de género en la infancia”. Nominalmente neutral en términos de género, este diagnóstico es en realidad bastante diferencial entre niños y niñas: una niña obtiene esta etiqueta patologizante solo en el caso raro de afirmar que ella es en realidad anatómicamente un hombre (ej, “que ella tiene, o le crecerá, un pene”); mientras que un niño puede ser tratado por el Trastorno de la identidad de género en la infancia si simplemente afirma “que sería mejor no tener un pene” – o alternativamente, si él muestra “preocupación por actividades estereotipadamente femeninas tal como se manifiesta en la preferencia por travestirse o simular vestimenta femenina, o en el deseo intenso de participar en los juegos y pasatiempos propios de las niñas.” Mientras la decisión de retirar la “homosexualidad” del DSM-III fue muy polemizada y pública, y solamente conseguida bajo la intensa presión de activistas gays fuera de la profesión, la añadidura al DSM-III del “Trastorno de la identidad de género en la infancia” parece no haber atraído ninguna atención – ni siquiera ser concebido como parte del mismo movimiento.

En realidad, el movimiento gay nunca ha sido agudo para atender los asuntos relativos a los niños afeminados. Hay una razón deshonrosa para ello en la posición marginal o estigmatizada a la que incluso los hombres gays adultos que son afeminados han sido relegados en el movimiento. Una razón más comprensible que la afeminofobia es la necesidad conceptual del movimiento gay de interrumpir una larga tradición de ver el género y la sexualidad como categorías continuas y plegables – una tradición de asumir que cualquier persona, hombre o mujer, que desea a un hombre debe por definición ser femenina, y que cualquier persona, hombre o mujer, que desee a una mujer debe por la misma razón ser masculina. Que una mujer, como una mujer, pueda desear a otra; que un hombre, como un hombre, pueda desear a otro: la necesidad indispensable de hacer estas poderosas y subversivas afirmaciones ha parecido, talvez, requerir un desénfasis relativo de los vínculos entre los gays adultos y los niños no conformes con él género (normativo). El empezar a teorizar el género y la sexualidad como ejes de análisis distintos aunque íntimamente entrelazados ha sido, verdaderamente, un gran avance del pensamiento gay y lesbiano reciente.

Existe el peligro, sin embargo, que este avance pueda dejar al niño afeminado una vez más en la posición del abyecto inquietante – esta vez el abyecto inquietante del pensamiento gay mismo. Ésta es una posibilidad especialmente horrorosa si – como muchos estudios emprendidos desde diferentes posiciones teóricas y políticas han sugerido – para cualquier hombre gay adulto, dondequiera que él esté en el presente en una escala de autopercibida o socialmente adscrita masculinidad (que va desde extremadamente masculino a extremadamente femenino), la probabilidad de que él tenga una historia infantil de autopercibido afeminamiento, feminidad, o no masculinidad es desproporcionadamente alta. En este caso el eclipse del niño afeminado del discurso gay adulto representaría más que un vacío teórico perjudicial; representaría un nodo de odio homofóbico, ginecofóbico y pedofóbico internalizado y aniquilante y un elemento central para el análisis gay afirmativo. El niño afeminado vendría a funcionar como el secreto a voces desacreditante de muchos hombres gays adultos politizados.

Uno de los aspectos más interesantes – y por interesante quiero decir que hay que tomarlo precavidamente – de los nuevos desarrollos psicoanalíticos es que están basados precisamente en el movimiento teórico que distingue el género de la sexualidad. Así es cómo sucede que la despatologización de la elección de un objeto sexual atípico puede ir unida a la nueva patologización de una identificación de género atípica. Combinando la investigación constructivista del género de, por ejemplo, John Money y Robert Stoller, investigaciones que muchos han creído (aunque talvez erróneamente) que tenía potencial para usos feministas, este trabajo postula la consolidación muy temprana de algo llamado la identidad nuclear de género – el sentido fundamental de una persona de ser un hombre o una mujer – como una etapa separada y previa a, incluso posiblemente independiente de, cualquier cristalización de una fantasía sexual o de alguna elección de objeto sexual. El trastorno de la identidad de género en la infancia es vista como una patología que implica a la identidad nuclear de género (al fracaso de desarrollar un núcleo identitario con el sexo biológico propio); la elección del objeto sexual, por otro lado, es separado de esta identidad nuclear de género a través de series de movimientos narrativo de dos fases razonablemente habilitadores de espacios. Bajo la presión, irónicamente, de tener que mostrar cómo los adultos gays a quienes él considera personalidades bien integradas evolucionan de niños que son vistos como la definición misma de psicopatología, Friedman desempaca varias etapas de desarrollo que ha menudo y de manera opuesta han sido vistas como rígidamente unitarias.

Un problema grave con esta forma de distinguir entre género y sexualidad es que, mientras desnaturaliza la elección del objeto sexual, renaturaliza radicalmente el género. Toda la psicología del ego es propensa, en primer lugar, a estructurar narrativas de desarrollo alrededor de no-muy-dialécticos tropos de consolidación progresiva del yo. Colocar un núcleo de género determinante muy temprano (por más que sea muy poco biologizado) en el centro de ese proceso de consolidación parece querer decir, esencialmente, que para una persona no transexual con pene, nada puede ser asimilado al yo a través de este proceso de consolidación sino es asimilado como masculinidad. Incluso para los niños más femeninamente autoidentificados, Friedman usa la frase “sentido de masculinidad percibida” (p. 245), “competencia masculina” (p. 20), y “autoevaluación como apropiadamente masculino” (p. 244) como sinónimos de autoestima y, en ultima instancia, de cualquier yo. Tal como él describe el proceso interactivo que conduce a la consolidación de un yo en el niño:

“Los niños se miden a sí mismos en relación a otros que consideran similares. [Para Friedman, esto quiere decir solo hombres y otros niños.] La similitud de la autoevaluación depende de validación consensual. Los otros deben que estar de acuerdo en que el niño es y seguirá siendo similar a ellos. El niño también debe ver ambos grupos de hombres (pares y hombres mayores) como apropiados para la idealización. No solamente él debe ser como ellos en algunos aspectos, él debe querer ser como ellos. Ellos a su vez deben querer que él sea como ellos. Inconcientemente, ellos deben tener la capacidad de identificarse con él. Esta concordancia que ocurre naturalmente [!] entre el mundo social masculino y el mundo interior del niño es el contrapunto de la fase juvenil a la relación preedípica del niño con la madre” (p. 237)

La razón por la que los niños afeminados se vuelven gays, de acuerdo a este argumento, es que otros hombres no los han validado como masculinos. Hay una fantasía persistente y melancólica en este libro: “Uno no puede evitar preguntarse cómo estos [niños pre-homosexuales] se hubieran desarrollado si los hombres que idealizaron hubieran tenido un sentido de competencia masculina más flexible y abstracto” (p. 20). Para Friedman, la mayor flexibilidad en qué tipos de atributos o actividades pueden ser procesadas como masculinas, con una madurez cada vez mayor, parece dar cuenta plenamente del hecho de que muchos pequeños niños con “trastornos de género” (afeminados) logran convertirse en hombres “saludables” (masculinos), aunque después de la fase en que su sexualidad se ha diferenciado como gay.

O quizás, casi da cuenta plena de ello. Hay un residuo de misterio, que vuelve a emerger en varios puntos en el libro, sobre cómo la mayoría de hombres gay se vuelven tan resilientes – sobre como sobreviven – dado el profundo déficit inicial de “masculinidad autoadjudicada” característico de muchas infancias proto-gay, y el remedio tardío y relativamente superficial de ello que viene con la mayor madurez. Dada la “virulencia y cronicidad de la presión [social] (contra ella), la homosexualidad es puesta en una posición única en el repertorio del comportamiento humano,” ¿cómo dar cuenta “del hecho de que una morbilidad más severa y persistente no ocurra más frecuentemente” entre adolescentes gays (p. 205)? Friedman en esos momentos esencialmente se traiciona: “Un número de posibles explicaciones surgen, pero una me parece particularmente probable: a saber, que la homosexualidad está asociada con algún mecanismo psicológico, no entendido ni estudiado hasta la fecha, que protege al individuo de diversos desórdenes psiquiátricos” (p. 236). Esto “puede incluir mecanismos que influyan la resiliencia del yo, el potencial de crecimiento, y la capacidad de formar relaciones intimas” (p. 205). Y “es posible que, por razones que aún no han sido bien descritas, los mecanismos [de los niños con trastornos de género] para hacer frente a la angustia y la adversidad sean inusualmente efectivos” (p. 201).

Éstos son vacíos enormes para ser abandonados en lo que pretende ser un estudio del desarrollo del niño proto-gay. Pero dado que la consolidación ego sintónica para un niño solo puede venir en la forma de masculinidad, dado que la masculinidad solo puede ser conferida por hombres (p. 20), y dado que la feminidad, en una persona con un pene, no puede representar nada más que déficit y enfermedad, la única explicación que nunca puede ser postulada es que estas misteriosas habilidades para sobrevivir, de filiación, y de resistencia puedan derivar de una firme identificación con los abundancia de recursos de una madre. Las madres, en realidad, no tienen nada que contribuir a este proceso de validación masculina, y las mujeres son reducidas a la luz de esta urgencia a un conjunto nulo: cualquier implicación de una mujer en esto es sobreimplicación, cualquier protección es sobreprotección, y por ejemplo, las “madres orgullos de las cualidades no violentas de sus hijos” manifiestan inequívocamente una “patología familiar” (p. 193).

Tanto para Friedman como para Green, la primera misión de desarrollo imperativo de un niño o de sus padres o tutores es adquirir una apropiada identidad nuclear de género masculina fijada como una base para mayores y quizás más flexibles exploraciones de lo que puede ser masculino – es decir, para una persona masculina, ser humano. Friedman es más bien ambiguo sobre si esta identidad nuclear de género masculina necesariamente supone un contenido particular, o si esta es una diferenciación casi puramente formal y precondicional que, una vez firmemente fijada, no implica una conexión necesaria entre masculinidad y la búsqueda de un chivo expiatorio en la forma de homosexualidad masculina; ya que la psicología del yo nunca trata el desarrollo de la heterosexualidad masculina como problemática después de la adolescencia, como implicada en la supresión de cualquier posibilidad homosexual o bisexual (p. 263-267), y en consecuencia, como implicada en el pánico homosexual (p. 178), parece simplemente un malentendido desafortunado o quizás subsanable que para un niño proto-gay identificarse con lo “masculino” puede implicar su propia borradura.

La renaturalización y el refuerzo de la asignación de género no es la peor noticia sobre esta nueva psiquiatría de aceptación gay. La peor no es solo que falla para ofrecer, sino que parece conceptualmente incapaz de ofrecer, incluso la más mínima resistencia al deseo endémico en la cultura que nos rodea y apoya: el deseo de que las personas gay no existan. Hay mucha gente en los mundos que habitamos, y estos psiquiatras están indudablemente entre ellos, que tienen un gran interés en el tratamiento digno de cualquier persona gay que pueda ya existir. Sin Embargo, el número de personas e instituciones para las que la existencia de personas gay es tratada como un precioso desiderátum, una condición de vida indispensable, es pequeño. La asimetría dominante de la asignación de valor entre lo hetero y lo homo no encuentra respuesta en ningún lugar: consejos sobre cómo ayudar a tus hijos a ser gays, por no mencionar a tus estudiantes, tus feligreses, tus clientes de terapia, o tus subordinados militares, es menos ubicuo de lo que crees. Por un lado, el alcance de instituciones cuya empresa programática es evitar el desarrollo de personas gay es inimaginablemente grande. No hay ningún discurso institucionalizado importante que ofrezca una resistencia firme a esa empresa: en los Estados Unidos, mas bien, la mayoría de los espacios del estado, las fuerzas militares, la educación, la ley, las instituciones penales, la iglesia, la medicina, y la cultura de masas la refuerzan totalmente y sin cuestionamientos, y con muy poca vacilación incluso al recurrir a la violencia invasiva.

Estos libros, y las estrategias terapéuticas e instituciones asociadas, no son sobre violencia invasiva. Lo que son es una seguidilla de mentiras miserables. La principal mentira es aquella que dice que predican sobre cualquier cosa menos sobre el deseo negado de los terapistas de un desenlace no gay. Friedman, por ejemplo, especula nostálgicamente que – con una intervención apropiada – la orientación sexual de un hombre gay, a quien describe como muy saludable podría concebiblemente (no haber cambiado sino) “haberse desplazado por cuenta propia”: una especulación, que él ingenuamente considera, “no cargada de valores con respecto a la orientación sexual” (p.212). El libro de Green, compuesto en gran medida por transcripciones de entrevistas, es un tejido de sus mentiras a los niños sobre los motivos de sus padres para traerlos a consulta. (“No era para evitar que te volvieras homosexual,” él le dice a un joven que había sido sometido a la [terapia de] modificación de conducta, “era porque tú eras infeliz” (RG, P. 318); pero después en la misma página, él medianamente conciente confirma a su confiado lector que “los padres de hijos que han entrado a terapia estaban… preocupados que el comportamiento transgénero anunciara problemas con la sexualidad más tarde.” Él incita principalmente a hombres gays jóvenes a asegurar a sus padres que son “bisexuales” (“Dile solo lo suficiente para que se sienta mejor” [RG, p. 207]) y a considerar favorablemente la opción de casarse y mantener a sus esposas en la oscuridad sobre sus actividades sexuales (p. 205). Él se miente a sí mismo y a nosotros al fomentar que sus pacientes le mientan. En una serie de entrevistas con Kyle, por ejemplo, el joven sometido a terapia de conducta, Green lo presenta diciendo que él es inusualmente retraído – “‘Supongo que me pongo demasiado sensible cuando los chicos me miran, desde que recuerdo, tú sabes, que mi mamá me dijo que por qué tenía que ir a la UCLA ya que ellos estaban asustados de que me volviera homosexual’” (p. 307); diciendo que la homosexualidad “es muy mala, y no creo que debieran estar cerca de ni influenciando a niños… Yo no creo que ellos debieran ser heridos por la sociedad ni nada de eso – sobre todo en Nueva York. Tú tienes a los que les gusta el cuero y cosas así. Yo creo que eso es realmente enfermo, y creo que quizá ellos deberían ser encerrados” (p. 307); y diciendo que si él tuviera un hijo como él, “lo llevaría adonde pudiere ser ayudado” (p. 317) ¿La imagen misma de autoaceptación serena?

Green resume: “Los opositores a la terapia han argumentado que la intervención resalta la “desviación” del niño, haciéndolo avergonzarse de quién es, y haciendo que suprima su “yo verdadero.” Datos sobre tests psicológicos no respaldan esta contención: tampoco lo hace el contenido de las entrevistas clínicas. Los chicos consideran favorablemente en retrospectiva el tratamiento. Ellos aprobaría tales intervenciones si fueran los padresde un niño “femenino”. Su razón es reducir los conflictos de la infancia y el estigma social. La terapia con estos niños parece lograr eso.” (p.319)

De manera consistente con esto, Green es obscenamente ansioso por convencer a los padres que el odio y la rabia que sienten por sus hijos afeminados son en verdad un deseo por protegerlos de la crueldad de su grupo de pares. – incluso cuando los padres llaman a sus propios sentimientos odio y rabia (p. 391-392) ¡Incluso cuando una cuarta parte de los padres de hijos gays están tan interesados en protegerlos de la crueldad social que, cuando los chicos fallan en cambiar, sus padres los botan a la calle! Green es fulminante con las madres que muestran cualquier tolerancia al comportamiento transgénero de sus hijos (p. 373-75). De hecho, sus identificaciones principales como clínico parecen encontrarse con el obligatorio grupo de par: él se refiere en un punto con aprobación a “la terapia, ya sea formal (brindada por profesionales pagados) o informal (brindada por el grupo de pares y la sociedad a través de burlas y de roles sexuales estándares)” (p. 388).

Refiriéndose sosamente en una página a “la intervención psicológica dirigida a aumentar el confort (de los niños afeminados) con el ser hombre” (p. 259), Green dice mucho más abiertamente en la siguiente página que, “los derechos de los padres a supervisar a los niños son un principio largamente establecido ¿Quién es para dictarle a los padres que no traten de criar a sus hijos de una manera que maximice un resultado heterosexual?” (p. 260) ¿Quién en realidad – si los miembros de esta profesión no pueden dejar de ver la prevención de personas gays como un uso ético de sus capacidades?

Incluso fuera de las profesiones de la salud mental y en discursos más auténticamente gay afirmativos, el espacio teórico para respaldar el desarrollo gay es, como señalé en la introducción de “Epistemología del armario”, estrecho. Argumentos constructivistas han tendido a mantener las manos fuera de la experiencia de los niños gay y proto-gay. Para gays y las personas que aman a gays, aun si el espacio de maleabilidad cultural es el único teatro concebible para nuestras políticas eficaces; cada paso de este argumento constructivista naturalista/culturalista corre un peligro: el peligro de la dificultad de intervenir en la trayectoria aparentemente natural de identificar un lugar de maleabilidad cultural, a inventar un mandato ético o terapéutico para la manipulación cultural, a la generalizada fantasía occidental higienista de un mundo sin más homosexuales en él.

Ese es un conjunto de peligros, y es frente a ellos, como he argumentado, que argumentos esencializantes y biologizantes de la identidad sexual acumulan cierta gravedad. La resistencia que parece ser ofrecida por una conceptualización inalterable del cuerpo homosexual, al impulso de la ingeniería social aparentemente construida en cada una de las ciencias humanas de Occidente, puede tranquilizar profundamente. Al mismo tiempo, sin embargo, en la era postmoderna se ha vuelto cada vez más problemático asumir que basar una identidad en la biología o en una “naturaleza esencial” sea una forma estable de aislarla de la interferencia social. Si algo, la gestalt de suposiciones que refuerzan los debates sobre la naturaleza/crianza puede estar en proceso de clara inversión. Cada vez más la conjetura de que un rasgo particular está basado genéticamente o biológicamente, no que es “solamente cultural,” parece desencadenar un estro de energía manipuladora en las instituciones tecnológicas de la cultura. Una relativa depresión sobre la eficacia de las técnicas de ingeniería social, una gran manía sobre el control biológico: la psicosis cartesiana bipolar que siempre subyace a los debates naturaleza/crianza ha cambiado sus asignaciones polares sin renunciar a un poco de su control sobre la vida colectiva. Y en este contexto inestable, la dependencia de un cuerpo homosexual especifico para ofrecer resistencia a cualquier impulso erradicador de lo gay se hace temblorosamente vulnerable. El SIDA, aunque es usado todos los días para proferir al público consumidor de noticias una cristalizada visión del mundo después del homosexual, nunca podrá por sí sola producir ese mundo. Lo que agudiza estas fantasías de manera más peligrosa, porque lo hace más sutilmente, es la presentación, a menudo en contextos ostensible y auténticamente gay afirmativos, de “explicaciones” basadas en la biología para el comportamiento desviado que siempre se presentan en términos de “exceso,” “deficiencia,” o “desequilibrio” – ya sea en las hormonas, en el material genético, o, como está de moda, en el ambiente fetal endocrino. Si alguna vez hubiere, en cualquier medio, visto alguna investigación o algún divulgador que se refiera aunque sea una vez a cualquier circunstancia supuesta que produzca lo gay como el balance hormonal adecuado, o el ambiente endocrino conductor, para la generación gay, yo sería menos fría a las brisas de toda esta confianza tecnológica. Como están las cosas, el medicalizado sueño de la prevención de cuerpos gays parece ser menos visible, muy por debajo del sueño público estimulado por el SIDA de su extirpación.

En este balance inestable de supuestos entre la naturaleza y la cultura, en cualquier caso, bajo el auspicio generalizado y relativamente no desafiado del deseo de una cultura de que las personas gay no existan, no hay ningún espacio teórico para un concepto de orígenes gay y lesbianos no amenazado ni amenazante. Lo que los libros que he estado discutiendo, y las instituciones a las que están unidas, demuestran es que el sueño por un tratamiento digno de las personas que ya son gay está necesariamente destinado a volverse en disculpas trivializantes o, mucho peor, en una complicidad sutilmente camuflada con la opresión – en la ausencia de una afirmación firme, explícita, y eróticamente revestida del deseo o la necesidad de algunas personas de que haya gente gay en el mundo.



“How to bring your kids up gay: The war on effeminate boys” es uno de los ensayos recolectados en el mejor libro de Sedgwick: Tendencies. 1993. Durham: Duke University Press.

viernes, 4 de diciembre de 2009

La guerra declarada contra el niño afeminado


En la escuela había una sicóloga que me torturaba. Nos hacía exámenes que no entendía (ni entiendo) el sentido: dibujábamos personas, a nuestra familia, hacíamos listas de nuestros defectos y virtudes. Y ella siempre se quejaba con mis padres. Recuerdo que una vez los mandó a llamar y que vi claramente en su cuaderno de apuntes mi nombre y al costado una X en una opción que decía “problemas de identidad sexual”. No estuve presente cuando ella conversó con mis padres, pero lo que les dijo, que yo más o menos intuía, les molestó mucho.

Casi todos mis profesores me adoraban, pero recuerdo que sobre todo los que enseñaban educación física eran particularmente hostiles hacia mí. Uno de estos profesores habló con mi papá, porque estaba preocupado por mí, y le dijo (a mi padre) que yo era muy afeminado, y que todos mis compañeros se burlaban de mí. Mi padre al llegar a mi casa me reprendió, y no dudó en culparme por la hostilización sistemática de la que era protagonista en el colegio.


Cuando este profesor llama a mi padre para hablar de mi afeminamiento es inevitable y obvia la patologización de mi cuerpo, como de mis performances de género. Lo que no es tan obvio es que este joven y atlético profesor estaba reconociendo su propia impotencia, su impotencia para modificar mi afeminamiento, su impotencia para hacerme el hombre que se supone debía ser, y su impotencia para marcar claramente los límites entre él y yo. Recuerdo que este no era un profesor particularmente hostil hacia mí en su trato. De hecho, siempre me invitaba a jugar fútbol, o a correr con él y su grupo, a hacer caminatas largas, a hacer abdominales. En pocas cuentas me prestaba mucha atención. No obstante, yo rechazaba todas sus invitaciones, yo no me impresionaba por sus esfuerzos, y ciertamente yo no le prestaba tanta atención.

Como Sedgwick afirma, y mi padre nunca pudo siquiera considerarlo: “Para un niño protogay identificarse con lo masculino (o masculinamente) puede implicar su propia borradura”. (1993: 161)

Halberstam cita una potente pregunta de la obra de Gertrude Stein “Autobiografía de todo el mundo” (de 1937): “¿De qué te sirve ser un niño si vas a crecer para ser un hombre?” (2008:23) ¿De que me servía ser un niño si mi infancia era pensada como una transición a un espacio y un nombre que me parecía inhabitable, hombre? ¿Por qué ese niño no podía tener otros futuros?


Por muchos meses sentía demasiada angustia, no podía dormir, me dolía la cabeza y el cuerpo, lloraba antes de ir a dormir, me encontraba queriendo decir cosas que no sabía qué eran exactamente pero que las tenía que decir. Era la navidad del año 1996, y yo estaba solo con mi mamá y mi hermano menor. Y empecé a llorar, a llorar con gemidos muy fuertes. Entonces le dije a mi mamá que tenía algo que decirle, y lo que pronuncié balbuceando fue “Mamá, creo, que me llaman la atención los hombres”. Mi mamá también empezó a llorar, porque ella entendió qué quise decirle. Luego, ella nos llevó al cine a mí y a mi hermano a ver una estúpida comedia de Arnold Schwarzenegger, un supuesto símbolo de masculinidad heterosexual blanca; pero ¿acaso mi mamá sospechaba que éste también podía ser un icono homoerótico?

Si ese niño (que fui) vivió meses y años de dolor, angustia, pánico (homosexual) fue porque la díada secreto/revelación es constitutiva de lo que llamamos hoy homosexualidad (Sedgwick 1998). Este secreto en cuestión amenazaba con mi propia borradura, pero no solo con la materialidad que era y había sido, sino con una que aniquilaba cualquier posibilidad de futuro, y una que hacía que el amor (de cualquier forma) fuese imposible para mí.

No puedo negar que compartir el secreto me causó algún tipo de alivio. Probablemente si no lo hubiese hecho en ese momento hubiere pasado a formar parte de las listas de adolescentes gays que se suicidan; pero ¿en qué consistía el alivio? Esta escena no cuestiona (necesariamente) la privatización de la homosexualidad ni su paradójica espectacularización como secreto. Estoy más inclinado a pensar siguiendo a Mario Pecheny (2002 [2005]), quien cita el trabajo de Andras Zempleni, que no es la revelación de una verdad interna lo que más alivia, sino que al compartir un secreto (y talvez este en particular) se comparte también la angustia y el dolor que encarna la demanda de ocultarlo/exhibirlo.

Esta puede ser vista como la escena en que salgo del closet, pero me rehúso a llamarla y pensarla así. Ningún closet fue destruido, ni las bestias que lo habitaban fueron domadas y aniquiladas. El pedido o súplica que le hice a mi madre no fue que me ayude a salir del closet, sino que hiciera más habitable el closet para mí (y también para ella). Yo no salí del armario, ella entró más bien al mío.


¿Por qué una guerra es declarada contra un niño? Hay una potente cita a Sedgwick que puede darnos algunas pistas:

“La capacidad del cuerpo de un niño de representar, entre otras cosas, los miedos, furias, apetitos, y pérdidas de las personas alrededor… es terrorífica quizá en primer lugar para ellas, pero con un terror que el niño ya aprendió con gran facilidad y de todos modos con mucha ayuda”. (1993 p. 199, mi traducción).

Todo este dolor, toda la angustia que sentí en esa época de mi vida puede también ser pensada como melancolía. Y aquí me gustaría hacer un aporte a la teoría de la melancolía del género de Butler. Una diferencia entre la melancolía heterosexual y la homosexual, es que como yo en mi infancia y la mayoría de sujetos no heterosexuales que conozco hemos llorado (o lloramos) por no ser heterosexuales. Uno podría argumentar que no es que lloremos o hayamos llorado por no ser heterosexuales (y por no poder amar y desear sexualmente a mujeres), sino que lloramos por no tener los privilegios que la heterosexualidad implica ¿Pero estas dos posiciones son (tan) diferentes una de otra?

Estos “tratamientos psicológicos” buscaban supuestamente que mi homosexualidad sea impronunciable, pero hacían más bien que prolifere, que todo tenga que ver con ella. Como Butler (2004) argumenta la homosexualidad en ciertos contextos puede constituirse como una palabra contagiosa.

Yo no fui el único patologizado por estos profesores, psicólogos y psiquiatras lo fueron también mis padres, y especialmente mi madre. Figuras como las de “padre ausente” o “madre sobreprotectora” no tardaron en aparecer como explicaciones (porque tenía que ser explicado) de mi afeminamiento. Esther Newton (2000) cita la obra de Robert Stoller para quien la figura del niño afeminado es producto de la mucha cercanía y presencia de la madre y poca del padre. Así, como Newton sentencia: “la verdadera villana es la madre que se “gratifica” con su hijo demasiado” (191). De hecho quien me acompañaba a las sesiones con las diferentes psicólogas era mi madre. A ella se dirigían, y de hecho sobre ella recaían las atribuciones de culpa y responsabilidad.

La categoría “mujer”, es reiterada una y otra vez en estas intervenciones disciplinarias sobre mi cuerpo de una manera heteronormativa y misógina, que ya Guy Hocquenghem había señalado: “‘La mujer’, que por otro lado no tiene como tal ningún lugar en la sociedad, designada como el único objeto sexual social, es también la falta atribuida a la relación homosexual”. (2009: 54)

Mi madre, era así patologizada por su generoso afecto, que por estos “profesionales de la salud” será llamado sobreprotección y excesivo engreimiento, y que (me) generaría un cuadro de neurosis que estaría asociada a un odio hacia las mujeres que sería en el fondo una proyección de un odio iracundo hacia mi madre. Sobre todo esto reitero ya denunciaba Hocquenghem a inicios de la década de los 70. Mi madre sería esencialmente patologizada por un exceso también, por un exceso de masculinidad, que se expresaba en su relativa independencia, en su voz, en sus amaneramientos (o en la ausencia de ellos), y en ser la principal proveedora económica en mi hogar. No solo era mi género el disciplinado, lo era también el suyo.

sábado, 21 de noviembre de 2009

Mi declaración de guerra al niño heterosexual


Como saben quienes me han leído antes, he argumentado que un mecanismo con que la homofobia funciona es la producción de los homosexuales como la materialización de la muerte. Esto implica la producción de un sujeto que en oposición encarna la vida. Ese sujeto, como nos lo ha recordado el conservador “debate” mediático y político sobre la despenalización del aborto en el Perú, es el niño.

Basta recordar que el actual decano de la Pontificia Universidad Católica del Perú, Marcial Rubio, publicó una acérrima defensa de la penalización del aborto titulada “Defensa de la vida humana”. Y este manifiesto tiene un párrafo particularmente brillante, y cuando digo brillante creo que es obvio que soy irónico: “Un embrión o un feto, es una vida humana y, como tal, debe ser protegida. Quitar esa vida es hacer morir a un ser humano existente. Este es el fundamento de la penalización del aborto y por esa razón, hago mío el reclamo de monseñor Miguel Cabrejos, y Arzobispo de Trujillo y Presidente de la Conferencia Episcopal, para que los poderes del Estado no establezcan normas que despenalicen el aborto, haciéndolo impune y permitiendo además, que las instituciones de salud que están destinadas a proteger la vida humana, sean utilizadas para terminarla, justo cuando se inicia y cuando además, el individuo es totalmente impotente para defenderse”.

Como Rubio sostiene el "niño no nacido" es un "ser totalmente impotente para defenderse", completamente diferente de la empoderadísima situación de sus radicales enemigos: gays, lesbianas, trans y feministas ¿no? Es más somos llamados, por que sí somos llamados, a sacrificarnos por estas inocentes "vidas", que a diferencia de las nuestras no cargan con enormes culpas. El argumento de Rubio supone además que todas las vidas humanas son reconocidas como tales. Lo que no guarda ninguna relación con la violencia misógina, homofóbica, transfóbica, y aquella contra los cuerpos intersexuales que hace de nuestras vidas espacios bastante precarios. Tampoco dice explícitamente que las "vidas" de los niños no nacidos son mucho más importantes que la de las mujeres, y de todos los sujetos no heterosexuales. Entonces, la traducción de la cita a Rubio sería algo como lo siguiente: “Mujeres, gays, y lesbianas, los niños son siempre primero, y sobretodo primero que ustedes”. Y esto lo hemos escuchado todo el tiempo activistas lesbianas, trans, gays y feministas.

De hecho, quienes hemos estudiado en la PUCP sabemos que ésta es una universidad conservadora y homofóbica. Y sus rectores, como lo hizo Salomón Lerner en su momento con un terrible manifiesto homofóbico, pueden ser los más reaccionarios del espectro académico. Vale la pena recordar a quienes lo hayan olvidado que en el año 2002 el CAPU (Centro de Asesoría Pastoral Universitaria de la PUCP) publicó un tríptico llamado “Identidad sexual ¿Es posible escoger?”[1]. Este documento fue recomendado por el Arzobispo de Lima, Juan Luis Cipriani, y firmado por Salomón Lerner. Lo primero que se dice sobre los “actos homosexuales” es que “son contrarios a la ley natural. Cierran el acto sexual al don de la vida. No proceden de una verdadera complementariedad afectiva y sexual. No pueden recibir aprobación en ningún caso”. Se agrega que “se debe evitar la presunción infundada y humillante de que el comportamiento homosexual de las personas homosexuales esté siempre y totalmente sujeto a coacción y por consiguiente sin culpa”. Se concluye con el siguiente párrafo: “Finalmente el mensaje de esperanza de la iglesia hacia aquellos que padecen esta inclinación es el mismo que a cualquiera que escuche su voz: ‘las personas homosexuales están llamadas a la castidad. Mediante virtudes de dominio de sí mismo que eduquen la libertad interior".

Las coincidencias políticas entre ambos decanos, y su respaldo total los sectores más conservadores de la cultura política limeña se hace evidente ¿no? Por ello mismo se hace necesario declararles la guerra a ciertos profesores y “autoridades” y perder el miedo. Y casi nadie lo ha hecho públicamente con este misógino y homofóbico manifiesto anti-despenalización del aborto, y con el segundo algunos amigos y yo fuimos de los poquísimos en pronunciarnos públicamente en contra.

Lee Edelman (2004) argumenta que la figura del niño es un tropo discursivo heteronormativo que hace imposible el debate político, y que promete un futuro (o “futurismo reproductivo” en los términos de Edelman) que es una reactualización burda del pasado (heteronormativo). El “niño” es siempre pensado como heterosexual, y es el sujeto que garantiza que la heterosexualidad sea la única alternativa sexual vivible. Edelman es contundente al afirmar que “la sacralización del Niño necesita del sacrificio de lo(s) queer” (2004: 28)

Y yo solo quiero recordar a los más escépticos que la versión más radical de este sujeto, el niño no nacido, es heterosexual. Los mismos conservadores que defienden “sus derechos” son los que fantasean y celebran con las teorías ontogénicas que profetizan y “descubren” las causas (siempre) biológicas de la homosexualidad. Son ellos los primeros en fantasear con un mundo sin niños trans, intersexuales, gays, lesbianas y bisexuales. Y como las coincidencias de esos manifiestos políticos de decanos PUCP lo muestran, los conservadores la tienen clara. Ellos sí saben quienes son sus enemigos.

Así que tan importante como creo que es problematizar, y enfrentar cuando tenga que ser enfrentada, la asociación de la homosexualidad a la muerte; considero de igual importancia declararle la guerra al niño heterosexual no nacido. Esta clase de asociación no solo es una proyección de las formas en que mi activismo gay se intersecta con mi menos visible activismo feminista, sino también ofrece posibilidades de diálogo entre otros proyectos antihomofóbicos y proyectos feministas radicales que ciertamente excedan mis intereses personales, académicos, políticos y eróticos.

Ésta también es una política de venganza: Fui un niño afeminado al que esta cultura le declaró la guerra. Ahora quiero declararle la guerra al sujeto más atesorado de esa misma cultura. Y mi venganza consiste en radicalizar las aristas subversivas de las infancias queer; esto es radicalizar precisamente su rechazo a la prerrogativa heteronormativa sobre la infancia como una “dulce espera” de heterosexualidad. Como Kathryn Bond Stockton (2002) argumenta la existencia del niño gay es retroactiva. Es decir, yo puedo declarar “yo fui un niño gay”, pero esta cultura hace imposible la posibilidad de la declaración en presente: “soy un niño gay”. Un niño marica es, en la línea de Stockton, el signo de la muerte de un niño heterosexual. En otras palabras, la cuna de un niño marica es la lápida de un niño heterosexual.

[1]
CAPU. Identidad sexual ¿Es posible escoger? Lima: Pontificia Universidad Católica del Perú. 2002.

viernes, 6 de noviembre de 2009

La pantalla detrás del mundo: 10-12 de Noviembre


El seminario apunta a comprender nuestra época a partir del análisis del cine contemporáneo. Y es que, en medio del entretenimiento que nos procuran, las narrativas cinematográficas transmiten los mandatos sociales que configuran nuestros deseos. En este sentido muchos de los anhelos que pensamos como personales e intransferibles pueden no ser más que productos del constante modelamiento al que estamos expuestos. Reconstruir el horizonte de deseos que presenta el cine contemporáneo es, por tanto, una operación decisiva pues posibilita la crítica que abre las puertas al desarrollo de una vida más propia.


Martes 10 Noviembre
Sala de Grados de la Facultad de Ciencias Sociales

5.30 pm. Presentación: Cine Contemporáneo y Sociedad (Gonzalo Portocarrero y Andrés Cotler)
6.00 pm. Cine de Superhéroes (Juan Carlos Ubilluz, Marcos Mondoñedo y Max Pinedo)


Miércoles 11 Noviembre
Auditorio de Ciencias Sociales

5.00 pm. Cine Infantil (Talía Chlimper, Juan Carlos Ubilluz y Víctor Vich)
7.00 pm. Cine de Familia (Gonzalo Portocarrero, Cecilia Esparza, Andres Cotler, Tilsa Ponce, Giancarlo Cornejo y Fernanda Montenegro)

Jueves 12 Noviembre
Auditorio de Ciencias Sociales

5.00 pm. Cine de Psicópatas (Gonzalo Portocarrero, Víctor Vich, Juan Carlos Ubilluz, Andres Cotler y Talía Chlimper)
7.00 pm. Cine de Catástrofe (Víctor Vich, Cecilia Esparza, Tilsa Ponce, Felix Lossio)

domingo, 1 de noviembre de 2009

I Coloquio Interdisciplinario de Estudiantes de Ciencias Sociales

VIERNES 6 DE NOVIEMBRE:11-1 pm.
AUDITORIO DE LA FACULTAD DE CIENCIAS SOCIALES
MESA INTERDISCIPLINARIA: Género

- Giancarlo Cornejo. Yo los maldigo: ¡Muerte a los sodomitas! (Sociología)

- Gustavo Flores. Percepciones sobre prostitución, género y segregación en un nuevo orden comercial en Lima Norte. (Antropología)

*COMENTARISTA: Juan Carlos Callirgos

sábado, 17 de octubre de 2009

Mesa en honor a Eve Sedgwick


Este Miércoles 21 de Octubre participaré de una mesa en honor a la brillante Eve Kosofsky Sedgwick, junto a Danilo De Assis Climaco y Violeta Barrientos, mis compañeros y amigos de un grupo de estudios llamado "G y S". Esta presentación será proablemente la más grata que vaya a dar, porque la figura y obra de Eve no puede generar menos que eso. Es todo un honor participar. Esta presentación se da en el contexto del Coloquio "Amores De(s)generados"



COLOQUIO INTERNACIONAL INTERDISCIPLINARIO
AMORES DE(S)GENERADOS HOMOEROTISMO EN EL PERÚ Y LATINOAMÉRICA: SABERES, DISCURSOS Y SUJETOS
PROGRAMA

Martes 20 de octubre

Hora 5:00 p.m.
Inauguración del Coloquio por parte del GRUPO DE ESTUDIOS LITERARIOS LATINOAMERICANOS ANTONIO CÂNDIDO (GELLAC).

Hora 5:10 p.m.
Mesa: Homoerotismo en la literatura latinoamericana
· Estefanía Peña Steel (Instituto de Lingüística y Literatura, Universidad Austral de Chile). “El migrante homoerótico en El vampiro de la colonia Roma de Luis Zapata”.
· Janet Díaz Manunta (Universidad Nacional Mayor de San Marcos). “Legalidad y clandestinidad en ‘La misteriosa metáfora de tu cuerpo’ de Doris Moromisato”.
· Milagros Carazas Salcedo (Universidad Nacional Mayor de San Marcos). “Desear o discriminar el cuerpo del otro. Una lectura de Conversación en la catedral”.
· Lorena López Torres (Universidad Austral de Chile). “Confesiones de La Monja/Soldado Catalina De Erauso. Receptáculo, expansión masculina y disfraz”.

Hora 6:15 p.m.
Mesa: Sociedad, cultura y artes escénicas
· Giuseppe Campuzano (Universidad Pontificia y Civil de Lima - Investigador y artista independiente). “Museo Travesti”.
· Arón Núnez-Curto (La Mestiza Colectiva). “Proletario de la verga: Crítica al sistema heterosexual desde el cuerpo como espacio político de liberación”.
· Paulo Rodrigues De Paula (Universidade Federal De Santa Catarina (UFSC) / Brasil). “El Discurso sobre el Sida y las relaciones sexuales sin protección en Brasil”.
· Juan Carlos Cajigas Allende (Activista independiente). “Las artes escénicas gay en Huancayo”.

Hora 7:20 p.m.
Mesa: Mirada homoerótica sobre la narrativa de Mario Bellatin
· Judith Paredes Morales (GELLAC - Universidad Nacional Federico Villarreal). “Contemplando el cuerpo-flor. Los espacios abyectos en Flores”.
· Henry Vega Pacheco (Universidad Nacional de Educación Enrique Guzmán y Valle. La Cantuta - Universidad Católica Sedes Sapientiae). “Sentimientos de otredad como consecuencia de una opción corpórea en Salón de Belleza de Mario Bellatin”.

Hora 7:55 p.m.
Mesa: Lacán y el discurso homoerótico
· Martín Jaime Ballero (Universidad Andina Simón Bolivar, sede Ecuador). “Las prácticas homoeróticas entre jóvenes varones con identidad heterosexual en Lima: Un modelo interpretativo sobre el homoerotismo”.
· Karina Villacrez Cáceres (CID Centro de Investigación y Docencia en Psicoanálisis). “Literatura, psicoanálisis y Homoerotismo”.

Hora 8:30 p.m.
Presentación del libro “La construcción de la lesbiana perversa” de Beatriz Gimeno.
· Presenta: Violeta Barrientos y Bethsabé Huamán Andía.

Miércoles 21 de octubre
Hora 5:00 p.m.
Mesa: Poesía y homoerotismo
· Bethsabé Huamán Andía (Instituto Runa). “Homoerotismo en Silvia Tomasa Rivera y Doris Moromisato”.
· Paúl Guillén Delgado (Revista y Editorial Sol Negro). “Caminando la ciudad: representaciones homoeróticas en la poesía de José Carlos Yrigoyen”.
· Giovanna Iubini Vidal (Instituto de Lingüística y Literatura, Universidad Austral de Chile). “Marginalidad, rebeldía y desacato del patriarcado en Eroica (1988) de Diana Bellesi”.

Hora 5:50 p.m.
Mesa: Eve Sedgwick y otras aproximaciones teóricas
· Danilo de Assis Clímaco (Universidad Federal de Santa Catarina - Colectivo Magénta). "El matrimonio indisoluble entre género y clase".
· Giancarlo Cornejo Salinas (Pontificia Universidad Católica del Perú). "Desnudando la vergüenza: Performativos que hieren y reparan".
· Violeta Barrientos Silva (Programa de Género Universidad Nacional de San Marcos). “Alcances y límites de la teoría queer”.


Hora 6:50 p.m.
Mesa: Paisajes homoeróticas y representaciones abyectas
· Augusto Sarrocchi Carreño (Pontificia Universidad Católica de Valparaíso). “El destape chileno y la literatura homoerótica”.
· Richard Leonardo (GELLAC - Universidad Nacional Federico Villarreal). “La virgen de los sicarios o la insoportable presencia del goce”.
· Marcos Arcaya Pizarro (Universidad de Santiago de Chile). “Una distancia pequeña no es ya cercanía. Acercamiento a la representación de estructuras enCreatur de Gustavo Barrera”.

Hora 7:40 p.m.
Mesa: Teoría Queer y Performance
· Héctor Acuña (Performista - Artista del Género). “El travestismo como práctica de acción / reacción. Discurso y mecanismos queer”.
CONFERENCISTA INVITADA
· Beatriz Gimeno (Presidenta de la Federación Estatal de Lesbianas, Gays, Transexuales y Bisexuales). "La transgresión sexo simbólica desde la heterosexualidad".

Hora 8:30 p.m.
· Performance PORNOPODER a cargo de Frau Diamanda.


LUGAR: Centro Cultural de España (Natalio Sanchez 181. Santa Beatriz).
Hora: 5:00 pm.
INSCRIPCIONES:
http://coloquioamoresdesgenerados.blogspot.com/2009/08/inscripcion.html
Organizan: Grupo de Estudios Literarios Latinoamericanos Antonio Candido (GELLAC), Facultad de Humanidades de la Universidad Nacional Federico Villarreal. Patrocina: Centro Cultural de España

miércoles, 14 de octubre de 2009

Rebeldías Lésbicas!



Este viernes 16 de Octubre me presentaré, en el contexto de la semana de las Rebeldías lésbicas, en el conversatorio "Lesbianas y medios de comunicación".
Lugar: auditorio del tercer piso de sociales de la UNSM.
Hora: 6 pm

domingo, 20 de septiembre de 2009

Cuando el mejor sexo lo tienes con tus amigos


Cadu, el mejor amigo de Brasil que hice en Bahía, escribió un ensayo (http://caduhenning.blogspot.com/2009/08/dos-vinculos-e-de-como-perder-se-na.html) sobre cómo impactó en él la formación de vínculos intensos en un periodo de tiempo tan corto, y como es inevitable el dolor ahora que esos vínculos no parecen tan cotidianos y cercanos. En alguna medida, su ensayo es una forma de hacer duelo por esos que amó y que ya no podrá amar más. Cadu concluye con la siguiente frase que es su opción personal frente a estos vínculos: “Dejarse tomar por la alegría y el dolor de amar, y dejarse amar en las formas más amplias permitidas por la plasticidad semántica”.

Esta frase inspiró el presente ensayo, y me hizo caer en cuenta de que la amistad no es tan diferente de lo que podríamos llamar enamoramiento, o incluso de una relación de pareja. Eribon nos recuerda que para Foucault lo verdaderamente subversivo no estaba en la sexualidad, y en vínculos sexuales no heterosexuales, sino en la amistad, y en estos vínculos de parentesco que no seguían ninguna lógica funcional al deseo (sexual), convertido por diversas disciplinas en la bóveda que alberga la esencia más verdadera de la vida humana. En lo que sigue intentaré narrar porqué nos hicimos amig@s un grupo de subversiv@s, y porqué nuestra amistad fue y es subversiva.

Cuando llegué a Bahía esperaba participar de un curso super queer, lleno de gays, mujeres (faghags) y lesbianas, pero ese no fue el caso. De hecho tuve la mala suerte de compartir el dormitorio con el hombre más homofóbico del curso. Esta experiencia sirvió para que me acercara más a Fátima, una linda antropóloga peruana, a quien había conocido en el activismo LGTB, pero a quien aun no había tenido el placer de tener cerca en mi vida. Estando tan cerca uno del otro en Lima, no nos habíamos dado la oportunidad de amarnos, pero el azar de la vida sí nos la dio. Con Cadu pasó algo similar. La primera vez que escuché su presentación estuve contento porque me dije a mí mismo aliviado “Uf no soy el único gay del curso, ni el único que se dedica a estudios gays, lesbianos, trans”. Sin embargo, dado que soy tímido y el también parecía serlo, no hablamos los primeros días. Pero en el tercer o cuarto día de clases se me acercó y lo primero que comentamos fue sobre la homofobia que ambos experimentamos en el curso. Y la afinidad allí empezó. Fátima no tardó en sumarse a la conversación y la afinidad solo se hizo más intensa. Uso la palabra afinidad, pero se me ocurren otras como seducción, apego, enamoramiento. Esto no fue amor a primera vista, fue lento pero llegó y fue consistente. Los tres nos hicimos cercanos porque fuimos heridos en Bahía de maneras inesperadas, y de formas que para mucha gente (aun en el curso) no eran violencia, sino solo muestras de nuestra excesiva sensibilidad o rareza.

Rareza era una característica que seguramente algunas personas en el curso (incluyendo profesores y organizadores del curso) nos atribuían, y que el estar juntos solo la espectacularizaba. De hecho el hombre que organizaba el curso más malestar no nos podía producir. Y él lo sabía. En más de una oportunidad se encargó de hacérnoslo saber. El nos dijo que yo tenía cara de triste, que Cadu tenía mala cara, y que a Fátima no había quien le saque una sonrisa. Yo no podía entender cómo este hombre, como muchos otros, no podía ver que nosotros la pasábamos tan bien: que Fátima y yo nos reíamos mucho, pero nunca con hombres que usaban la heterosexualidad como un privilegio, ni de chistes racistas, sexistas y homofóbicos, y que Cadu tiene una cara linda.

Yo se que hasta ahora lo que he narrado no suena especialmente romántico, pero lo voy a poner de este modo. A Bahía fui con el corazón roto. Antes de mi viaje coincidieron varios hechos que uno por uno eran lo suficientemente dramáticos, pero que al ocurrir todos dentro de una semana me demostraron cuan vulnerable puedo ser, y cuan horribles pueden ser ciertas personas, y cuan poco conocemos aun a las personas que nos vieron llegar al mundo. Y de Bahía también regresé a Lima con el corazón roto, aunque por razones muy diferentes. Solo cuando perdí, caí en cuenta que había amado. Era como que mi amor salio del closet. Estas dos especiales personas me recordaron cuán bellos pueden ser ciertos vínculos; e hicieron algo que nunca me cansaré de agradecerles. Me curaron y cuidaron. No sabía que estaba tan herido, ni que necesitaba tanto ser amado.

Siempre me han dicho chico tímido, desde muy niño. El niño que caminaba, jugaba y estudiaba solo, o el joven al que no le guste que lo toquen y que cada que roza a alguien le pide perdón. En este viaje disfruté tanto de rozar, tocar, abrazar, besar a Fati y Cadu, y de ser rozado, abrazado, abrazado y besado por ellos ¡Cuánto puede curar el contacto con la piel de personas a quienes uno ama!

Es imposible para mi hablar de tríos amorosos y no pensar en “Between men” de Eve Sedgwick. Ella postulaba que en la literatura inglesa del siglo XIX en muchos triángulos amorosos que implicaban a dos hombres y una mujer la figura de la mujer era usada como un recipiente de deseo homosocial masculino entre dos hombres. Pero éste no era el caso; Fatima no tenía ningún rol secundario en este triángulo. De hecho ella era LA DIVA GAY. Además este triángulo no estaba enmarcado en un contexto de pánico homosexual, sino en uno que amaba y reconocía a nuestros cuerpos queer.

Cuando pienso en mi vida sexual muchas veces suelo sentir culpa por no gozar como se supone otras personas gays lo hacen (¿el mandato de la época, no?). Solía reprocharme y forzarme a explorar sexualmente con personas y en espacios en los que creía TENÍA que hacerlo para ser “consecuente” con mis ideas. Sin embargo, muchas veces y tratando de ser honesto lo que más he disfrutado de estar con alguien afectivamente han sido esos momentos que talvez la otra persona no haya notado como el rozar de nuestros dedos en un bus lleno de gente, ciertas miradas o sonrisas que yo sabía que solo estaban dirigidas a mí, ciertos abrazos ¿Por qué tengo que forzarme a pensar que mis momentos sexuales más gratificantes fueron en coitos penetrativos cuando de hecho no lo fueron? ¿Por qué no considerar que varios de los abrazos y besos con Cadu y Fati fueron también orgásmicos? Sedgwick quien en un genial ensayo confesó que la única práctica sexual que tenía era un coito penetrativo vaginal en la pose del misionero y con su esposo, afirmaba que ella era muy sexual, pero sus sexos eran unos que no se enmarcaban en lógicas ni tan fálicas ni tan genitalizadas, y en los que la fantasía era protagonista.

Esta relación amorosa no solo no estuvo basada en la figura hiperidealizada por Occidente de una pareja, sino que además estaba abierta a otras personas, a otras locas como nosotras. Mi querida Julie, una colombiana que también me robó el corazón. Cuando la vi por primera vez ella también estaba indignada por los maltratos. La ira nos hizo amigos. Talvez queríamos voyeuristas amigables que vieran el triángulo, pero que lejos de observar a la distancia se implicaban en estas redes de de amor y deseo.

Eso de ser gay no es fácil todo el tiempo, y un mecanismo de defensa que yo suelo usar es tratar siempre de opacar a mis compañeros (sobretodo, pero no exclusivamente, hombres heterosexuales). Disfruto de decir cosas más inteligentes que ellos, de hacer trabajos más audaces, de ser más ovacionado en presentaciones. A veces olvido cuán competitivo puede ser el mundo académico, y a veces olvido también que no quiero ser un académico al que todo el mundo respete o al que todo el mundo de reconocimiento. Hay personas como el profesor que mencioné, o el compañero de cuarto homofóbico o alguna decana homofóbica, de los que nunca querré reconocimiento, ni aprobación. A veces olvido también cuán importante es amar y admirar a las personas con las que te vinculas en la “academia”. Y a veces olvido cuán geniales amantes he tenido. En algunos días me volveré a encontrar con Cadu y Fati en Buenos Aires. Ellos irán a presentar unos papers, y yo solo quiero verlos brillar ¡Estoy muy feliz por eso!


Abajo cuelgo algunas fotos, donde también salen mis queridos Julie, Zeca, Neto y Laura.









sábado, 5 de septiembre de 2009

VIDA Y COMUNIDAD EN “SALON DE BELLEZA” por Giancarlo Cornejo y Lucía Aliaga


Salón de Belleza (1994) es una de las obras más reconocidas del peruano Mario Bellatin. En ella, el autor tiene como protagonista a una travesti que junto con su entorno se encuentran en un proceso de transformación. Dentro de este proceso de cambio se describe a una comunidad no heterosexual encasillada y rechazada por la sociedad; que cuenta con las siguientes cualidades: de sexo masculino, infectados con el virus de VIH-Sida y predestinados a morir. Sin embargo, el protagonista es el que va a reconfigurar los lazos de este grupo a través del paso de la transformación de belleza a un moridero; un refugio donde las personas van a morir
El autor dentro de su estilo minimalista, hace una descripción de las metamorfosis que sus personajes sufren, así como también sus sentimientos. Se establece un vínculo simbólico entre los acuarios llenos de peces y el salón de belleza con travestis y gays moribundos.
Por otro lado, cabe resaltar la cita que pone el autor al iniciar la obra: “Cualquier clase de inhumanidad se convierte, con el tiempo, en humana.” – Kawabata Yasunari. En ese mismo sentido, este ensayo, a través del análisis de la mencionada obra, explorará la construcción de una comunidad no heterosexual. Comunidad en la que el Sida es central. En un contexto en el que el Sida sólo mata, un salón de belleza se convierte en un moridero, donde nadie muere solo.
La recurrencia de esta temática servirá para hacer una crítica a la asociación de la homosexualidad con la pulsión de muerte. El salón de belleza es un espacio político. Ahí se hace política de los afectos. Estas políticas le quitan la prerrogativa de una soledad inefable a la muerte. Además se intentará hacer circular la vergüenza, para sacarla de los dominios del repudio (Sedgwick 2003).

SALON DE BELLEZA
En Salón de Belleza, el protagonista y “narrador” de la obra es un estilista no heterosexual que tiene un salón de belleza, el cual se transforma en un Moridero, es decir un lugar donde las personas infectadas por el VIH-SIDA acuden exclusivamente a morir.[1]
Resaltamos su no heterosexualidad porque en la narrativa es importante, pero más porque nos dice cosas de los discursos hegemónicos de la sexualidad que lo que nos dice de “su” comunidad. El yo que narra es uno que se refiere a sí mismo como masculino, y que constantemente hace alusión a su travestismo; pero reiteramos siempre anclado desde un yo masculino. Así tenemos una espectacularización exotista del travestismo como performance esporádica y subalternizada a un yo masculino.
Salón de Belleza funciona bajo una forma ambigua. Intenta jugar con la dinámica del closet. Sus líneas son un esfuerzo por sacar del armario a las comunidades no heterosexuales, y no a cualquier comunidad no heterosexual, sino a travestis y homosexuales estilistas y trabajadoras sexuales, el exterior constitutivo por excelencia de la masculinidad heterosexual hegemónica. Pero éste no es el único armario que intenta merodear, sino también otro (acompañado de un aura de mayor secreto). El otro closet es el del Sida. Ambos armarios apelan a la dicotomía secreto/revelación, y como Eve Sedgwick (1998) lo señaló más que agudamente, a su espectacularización.
Esta espectacularización del closet supone asimetrías de enunciación y de visión ¿Cuál es la audiencia en torno a la que está construida Salón de Belleza? Este espectáculo del armario puede estar apelando a un privilegio heterosexual (y heteronormativo). Porque son los sectores políticos más homofóbicos los que obtienen más placer de, primero, ver exhibidos cuerpos no heterosexuales, segundo, verlos asociados siempre al Sida, y tercero, verlos morir inevitablemente.
Pero la ambigüedad de la obra radica en que abre espacios, que independientemente de las intenciones del autor, pueden apelar a la habitabilidad de comunidades y vidas no heterosexuales. Muchas de estas posibilidades tienen que ver más con lo que está “fuera del campo” que con las líneas protagónicas del texto.

El Salón de Belleza
El protagonista, de joven (no más de 16 años), abandona su hogar para irse a trabajar al norte del país debido a que percibió que “no era el hijo que su madre había soñado.”
El “fuera del campo” (en los términos de De Lauretis) de la obra da cuenta de formas de violencia cruentas, como la expulsión de los núcleos familiares heterosexuales. Incluso las menciones a los “matacabros”, grupos que se organizan con la intención de atacar o asesinar a gays y travestis, parecen ser menciones casuales más que momentos que intenten condensar la vulnerabilización social de determinados grupos. Este dato no deja de ser sugerente en una obra que por todos lados explora la vulnerabilidad social y material de las mencionadas “comunidades”.
Consigue el empleo en un hotel para hombres a través del dueño de una discoteca donde iba a divertirse. Ahí, gracias a los consejos del dueño, logró ahorrar dinero y a los 22 años regresó a la capital para montar su propio salón de belleza.
Desde el inicio de su recorrido en los caminos de la no heterosexualidad, el narrador solo puede sobrevivir apelando a una comunidad que logra acogerlo, por más precaria que ésta haya sido. Son otros, y otros como él, que han vivido y sobrevivido antes que él, quienes le enseñan cómo una vida como la suya puede ser menos precaria.
Poco a poco lo fue decorando el salón de belleza de tal manera que las clientas perciban al establecimiento como uno de “alta categoría”. Dentro de la decoración, el protagonista buscó poner en práctica uno de sus mayores intereses: los acuarios.
En el salón de belleza se exploran los vínculos entre mujeres, gays y travestis. Este es un espacio bello, no solo porque sea la función del salón serlo, sino porque la feminidad es un valor altamente apreciado. Tanto mujeres como hombres pueden exhibir sus feminidades, y mostrar lo artificiosa (y artificial) que es la feminidad (y en ultima instancia el género). Esas mujeres como esas travestis sin el salón de belleza verían sus feminidades brutalmente disminuidas y es a partir de esa manifestación de su feminidad que ellas establecen relaciones de confianza. El salón de belleza tiene por función hacer verídicas sus feminidades. En ello radica también su excepcionalidad. Fuera del salón la feminidad de los estilistas es despreciada (salvo en los espacios vinculados al trabajo sexual y en algunas discotecas de “ambiente”), y la artificialidad de la feminidad de las mujeres fuera del salón es invisibilizada y si es reconocida humillada sin reparos.

Los baños de vapor
Los baños de vapor son espacios donde el deseo homosocial masculino no es solo permitido, sino que es deseado e incentivado. A ellos asiste el narrador, como muchos de sus amigos. Estos baños no son como los baños heterosexuales, y esto no quiere decir que en el los últimos no haya deseos homoeróticos, como la siguiente cita da cuenta.
“Me contó que su padre acostumbraba a ir a los baños de vapor a pasar los fines de semana. (…) Me dijo que en una de las primeras ocasiones, los amigos del padre abusaron de él en una de las duchas individuales. Mi amigo no tendría entonces más de 13 años, y el miedo hizo que no dijera nada de lo sucedido”[2]
La gran diferencia entre estos dos “tipos” de baños radica en que en los heterosexuales el homoerotismo está asociado casi inevitablemente al circuito violencia-vergüenza-secreto-dolor. En cambio los baños de vapor a los que acude el protagonista parecen ser espacios más habilitantes del deseo. Aunque otra vez es una ambigüedad la que baña a estos espacios.
“Me sentía como si estuviera dentro de uno de mis acuarios. Revivía al agua espesa, alterada por las burbujas de los motores de oxígeno, así como las selvas que se creaban entre las plantas acuáticas. Experimentaba también el extraño sentimiento producido por la persecución de los peces grandes cuando buscaban comerse a los más pequeños. En esos momentos toda la capacidad de defensa, lo rígido de las transparentes paredes de los acuarios, se convertían en una realidad que se abría en toda su plenitud”[3]
La cita a los baños de vapor (y a sus deseos múltiples y cuerpos desnudos) por un lado busca asociarse al destino que parece inevitable, en muchos de sus asistentes, el Sida. Aquí se aprovecha de un recurso cultural normativo, la asociación de la homosexualidad a la pulsión de muerte. Este mecanismo de poder resalta que los homosexuales en espacios como los baños eligen hacer lo que están predestinados para hacer, es decir eligen “retornar” a la muerte. Así se entiende por ejemplo la comparación del ser perseguido en los baños de vapor por la de peces devorados por otros más grandes. Pero el texto se aprovecha de esa cita y multiplica sus implicancias. El ser perseguido, el ser comido, el ser devorado en sus claras referencias sexuales son también ocasiones para socializar un placer que carece de lógica dentro de estructuras heteronormativas.
Como señala Butler (2001) en su lectura de “Pureza y peligro” de Douglas, los límites del cuerpo son los límites de lo socialmente hegemónico. Y el pánico que le genera a muchos sectores la idea de una penetración anal entre hombres tiene que ver con la precariedad de los límites de los cuerpos. Como argumenta Butler, el sistema excretor puede ser entendido así como una compleja analogía de cómo los otros son convertidos en mierda. El fuera del campo de “Salón de belleza” de lo que no habla es del placer de ser devorado, el placer de devorar mierda en estas “persecuciones” en los baños de vapor. Ni siquiera la mierda está atada al asco, y al desprecio; puede ser erotizada y resignificada.

El Moridero
El Moridero, es un lugar para que vayan a morirse aquellas personas que no tienen donde hacerlo y están afectadas por el VIH-SIDA. Sin la existencia del Moridero sólo tendrían la alternativa de pasar sus últimos momentos en la calle.
El protagonista asume la responsabilidad del Moridero. Es así que plantea algunas reglas para llevar a cabo el funcionamiento del lugar; entre ellas está: que las familias de los enfermos sólo y exclusivamente aporten dinero, ropa y golosinas. La esporádica ayuda que puede recibir de algunas instituciones es sólo en efectivo y ropa/telas, debido a que otra de las restricciones del Moridero es que no se aceptan las medicinas, ni tampoco la lástima.
El Moridero implica una alternativa política en el texto. Política de los afectos que le quita la prerrogativa de una soledad inefable a la muerte. La asociación de la homosexualidad y la pulsión de muerte aquí es desplazada, o por lo menos complejizada. El rechazo a una idealización del futuro atenta contra una línea de temporalidad que implica valores heteronormativos. El Moridero reivindica el presente y la importancia de los vínculos comunitarios.
La lástima y la caridad son rechazadas también en el Moridero. Y lo son porque no aportan en nada a la comunidad. La lástima y la caridad solo sirven para engrandecer un deseo narcicista en los grupos, como las monjas, que la ofrecen.
El tratamiento que les da a los huéspedes del Moridero es homogéneo; considera que todos son iguales pues “ahora no son más que cuerpos en trance hacia la desaparición”[4] Sin embargo, en una ocasión sintió una atracción por uno de sus huéspedes que tiempo atrás había sido considerado bello.

Acuarios/Peces
Tuvo una variedad de peces a los cuales les dedicó los cuidados necesarios aunque al inicio de poner en práctica esta pasión no tuvo mucha suerte. Sus compañeros de trabajo nunca estuvieron de acuerdo con su afición por los peces pues los consideraban que ellos traían mala suerte. Se hacen muchas referencias al vínculo entre los peces y los habitantes del moridero.
En Salón de Belleza se cita la vergüenza, la vergüenza asociada a la homosexualidad, al travestismo, a los baños de vapor, a los cines porno, al sida, a la muerte. Lo que no queda claro es si estas citas de la vergüenza llegan en algún momento a salir de los confines del repudio y la injuria.
La obra inicia con una cita a Kawabata Yasunari que dice “Cualquier clase de inhumanidad se convierte, con el tiempo, en humana”. No obstante el texto se nutre también de la espectacularización de la relación inversa. Es decir de la deshumanización de sujetos que habían sido pensados como humanos.
La analogía entre peces y homosexuales y travestis infectados con VIH más que hacer referencia a un esencialismo biologicista, al que por momentos suena, resalta la vulnerabilidad de las vidas, de estas vidas particulares.
“Precisamente ayer, cuando estaba viendo la pecera del agua verdosa. Me di cuenta que la desaparición de un pez no le importa a nadie. En todos estos años el único afectado con la mortalidad en los acuarios he sido yo…”
Salón de belleza también es una alegoría de la incapacidad de una sociedad y cultura de llorar por las pérdidas de ciertas personas, de ciertos amores. Esta incapacidad de hacer duelo (y duelo público) se debe a que las vidas que fenecen en cuestión no son valiosas socialmente, y ni siquiera son consideradas como vidas. Los vínculos de parentesco homosexuales no valen la pena ser llorados porque nunca fueron reconocidos como tales.
Y como con las muertes de los peces, el único afectado con las muertes en el moridero parece ser el protagonista. El escapa a la lógica heteronormativa que concede lástima a cambio de reconocer la propia culpa. No obstante, otra vez su posicionamiento es ambiguo, ya que hay líneas en que su desprecio por los residentes del moridero se hace patente. Pero pese al desprecio sigue en su empresa, en la de socializar el Sida.
[1] Si bien no hace explícita la referencia a esta enfermedad, se deduce de la lectura de la novela.
[2] BELLATIN, Mario. Obra Reunida. Ed. Santillana. 2005. - Pág. 30
[3] BELLATIN, Mario. Obra Reunida. Ed. Santillana. 2005. - Pág. 30
[4] BELLATIN, Mario. Obra Reunida. Ed. Santillana. 2005. - Pág. 33
Bibliografía

Bellatin, Mario. 2005. “Salón de belleza”. En Obra Reunida. Ed. Santillana.
Butler, Judith. 2001. El Género en disputa. El feminismo y la subversión de la identidad. México DF: Paidós.
De Lauretis, Teresa. 2000. Diferencias: Etapas de un camino a través del feminismo. Madrid: horas y HORAS.
Sedgwick, Eve. 1998. Epistemología del armario. Barcelona: Ediciones de la Tempestad.
Sedgwick, Eve. 2003. Touching feeling: Affect, pedagogy, performativity. Durham & London: Duke University Press.

jueves, 27 de agosto de 2009

Las palabras del subalterno no son palabras

Escribo ahora indignado porque di una entrevista al programa “Enemigos Íntimos” (conducido por Beto Ortiz y Aldo Miyashiro) el día miércoles 27 de agosto, y fui editado de tal forma que terminé diciendo en la TV lo que en la entrevista dije explícitamente jamás se debía decir de una relación lésbica o gay. Es decir dije que nunca se debía patologizar y criminalizar una relación lésbica y di ejemplos de lo que sujetos homofóbicos (muchos psiconalistas y psiquitaras) dicen de nosotr@s. Y convirtieron mis palabras en lo que explícitamente estaba criticando. El motivo de la entrevista fue el del caso de la familia Fefer (el asesinato de la madre de la que la hija y su novia son ahora las principales sospechosas para la fiscalía).

El periodista Renzo Madrid. me llamó para una entrevista sobre este caso; ya me habían entrevistado una vez anterior en este programa sobre los crímenes de odio, y el reportaje me pareció bueno. Asumí incorrectamente que éste sería en la misma línea y por ello accedí. Desde el inicio de la entrevista caí en cuenta que ese reportaje sería una mierda. El periodista empezó su “entrevista” con una única pregunta en mente: “¿Cómo son las relaciones lesbianas?”. Le dije que esa era una pregunta esencialista, y que las relaciones lésbicas eran diferentes unas de otras, y que las mujeres lesbianas (como el resto del mundo) eran diferentes unas de otras.

Luego fue directo al caso de Eva Bracamonte y Liliana Manarelli, la pareja lesbiana convertida en el nuevo objeto excrementicio adorado de la TV, y le dije que no me iba a pronunciar sobre ello. El periodista esperaba de mi una suerte de tipología clínica patológica en que el “desviado” y desviante” vinculo de parentesco y afecto entre estas dos jóvenes explicara el homicidio. Y le dije explícitamente que eso era lo que él esperaba (como la sociedad homofóbica en su conjunto) y que yo eso no le diría. Es más di ejemplos de lo que sujetos homofóbicos dicen de los vínculos de parentesco homosexuales para criminalizarlos. Y aparecí en la TV diciendo lo que explícitamente puse como contraejemplo, y como muestras de la homofobia, lesbofobia y misoginia hegemónicas.

Gayatri Spivak afirma que el subalterno carece de un lugar de enunciación. Y esta afirmación se corrobora en este humillante episodio de violencia epistemológica. Mis palabras no eran palabras, podían ser usadas incluso por mis enemigos y de formas en que se convirtieran en sus palabras. Es paradójico porque yo aparezco hablando en el reportaje. Lo que podría mostrar algún grado de concesión del sistema porque finalmente soy un activista gay y un académico crítico, pero yo no reconozco esas palabras. Es mas, me hieren como si las hubiese proferido otro, y otro que conozco bien, un sujeto homofóbico. Cuando David Halperin define la homofobia como una pretensión de conocimiento sobre objetos homosexuales no se equivoca. De hecho la conceptualización de Spivak de la inexistencia de un interlocutor discursivo cobra vital interés para los estudios queer, gays, lesbianos y trans.

Después de esas preguntas, el periodista me mostró fotos de una de las dos muchachas con una modelo de la farándula local. Y le dije que qué esperaba de mí al ver esas fotos. Me preguntó “¿qué crees que dicen?”, yo le dije que de ellas no decía mucho, pero que decía en cambio mucho de las personas y de la cultura que habían construido una historia homoerótica terrorífica que dejaba intacta la heterosexualidad como matriz cultural hegemónica. También le dije que los cuerpos de las mujeres lesbianas no eran ratas de laboratorio que podían ser explorados, destrozados y consumidos. Le hice ver, además, que este caso era un vínculo lesbiano que importaba solo porque había un crimen de por medio para demostrarnos como la noción de sodomía se actualiza constantemente. Recordemos que Sodoma alude al exterminio de una población por determinadas prácticas sexuales. Las lesbianas cuentan e importan solo cuando son asesinadas o cuando matan. Y de hecho la homosexualidad es postulada como causa principal de la muerte o asesinato. Recuerdo el patético pedido del camarógrafo que quería filmarme viendo las fotos de estas chicas como si fuere un médico forense que ve al detalle fotos de un brutal crimen, y se lo dije y mostré mi rechazo frontal a ese pedido.

Si accedí a la entrevista es porque creo que uno no puede ceder tan fácilmente el espacio de la media a discursos y sujetos homofóbicos. Sin embargo, ser convertido en el sujeto contra el que uno lucha es de las experiencias más violentas que he vivido recientemente.

Para finalizar, quiero disculparme con las dos jóvenes protagonistas de esta historia, porque yo no dije nada lesbofóbico sobre ellas, también quiero disculparme con todas las mujeres lesbianas, y con todas las personas que he podido herir. Este post es una forma de reparación para mí mismo. Y mi ira no me la quiero guardar. Quiero que los sujetos homofóbicos sientan mi ira, la ira de alguien a quien le han arrebatado sus palabras, pero no su capacidad de indignarse.

martes, 21 de julio de 2009

Yo los maldigo: ¡Muerte a los sodomitas!


Los crímenes de odio por homofobia no son ninguna novedad. De hecho yo mismo hice una investigación para el MHOL sobre los mismos. Sin embargo, no deja de ser sorprendente, hiriente e indignante como las muertes de Alicia Delgado y Marco Antonio han servido para actualizar, reafirmar y reificar un discurso que vincula de manera inexorable la homosexualidad con la muerte.

Me sorprende también haberme demorado tanto en escribir este post, sobre todo porque como no recuerdo antes la palabra “lesbiana” fue central en el discurso público por varias semanas. Mucha gente teme llamar al crimen de Alicia Delgado un crimen de odio, y prefieren usar el de “crimen pasional”. Desde ahora muestro mi rechazo para conceptualización tan simple y homofóbica. Un crimen pasional lo que resalta es la particularidad de un crimen, y además patologiza determinadas pasiones, y se atribuye a “su” exceso o promiscuidad tremendos resultados., Yo parto de la siguiente constatación: ¿Cuántas mujeres de la farándula limeña son asesinadas? ¿Es tan casual que la asesinada haya sido una mujer cuya vida sexual no se enmarca dentro de los parámetros de la heterosexualidad obligatoria? Yo creo que no.

Parte de mi escepticismo tiene que ver con la forma en que me enteré del crimen. Yo estaba fotocopiando un par de libros, y alguna de las chicas de la fotocopiadora gritó “Alicia murió”. Yo en primera instancia no reconocía a Alicia Delgado, es mas la confundí con Amanda Portales. Solo caí en cuenta de quien era cuando algunos minutos después alguien dice “Estoy segura que fue Abencia”. Y esta suposición que también era un deseo a partir de allí no paraba de escucharla en todas partes: calles, diarios, TV, radio, blogs, chats, policías, psicólogos, etc.

Los titulares que siguieron espectacularizaban la esencia perversa del vínculo lesbiano: “Abencia Meza: Violenta, fría y manipuladora”, “Asesina”, “Machona maldita”, “Alicia y sus 3 amantes”, “Alicia le jala las patas”. Aunque yo creo que el más explícitamente violento y descarado (pero también sincero) fue uno que colocaban en todas las ediciones del programa de Magaly Medina: “Amores que matan”. Claro que nunca es tan sincero el titular, porque en verdad debió ser ”amores homosexuales que matan” o para ser aun más justos “Amores que por ser homosexuales matan”. En todo el tratamiento de la prensa, y probablemente el de la policía y el poder judicial, es la homosexualidad la causa del asesinato. La formula simple es “Lesbiana mata por ser lesbiana, y lesbiana muere por ser lesbiana”.

Una semana antes de este lamentable crimen, un hombre mató a su esposa y luego se suicidó en Arequipa. El caso fue resaltado por la prensa además de por su adjudicada “excepcionalidad” porque ambos eran padres de un joven jugador de un equipo de fútbol. A nadie se le hubiere ocurrido atribuir el crimen a la masculinidad heterosexual del asesino, sino a categorías como locura temporal, celos, etc. De hecho al día siguiente ambas personas fueron enterradas juntas, y el joven hijo se despedía de ambos de sus padres con igual fervor. Y la prensa más que satisfecha con semejante final ritualizado ¿Alguien vio algún titular similar a los antes citados para este caso? Yo no.

La homofobia es una pretensión de conocimiento sobre objetos funcionales definidos como homosexuales. Todo el mundo sentía (y siente) que conocía la esencia de la homosexualidad: la muerte. De hecho nada da más poder a alguien que tener la capacidad de predecir tu muerte. Pero ¿qué pasa si no es particularmente difícil predecir las muertes de personas no heterosexuales (nuestras muertes)?, ¿qué pasa si la maldición de la sociedad que produce los amores homosexuales como amores imposibles desde el principio es actualizada en estas prácticas?

Si nos quedan dudas con el caso de Alicia/Abencia, con el de Marco Antonio no nos quedan tantas. El titular “Macabro” fue de los primeros en llamar la atención de muchos activistas y columnistas. Aunque hubo otros como “Estilista fue golpeado, maniatado y ahorcado con cable de computadora: Amante mató a Marco Antonio” que igual condensan la asociación de amores homosexuales a la muerte. Marco Antonio fue asesinado por el exceso de uno de sus amantes, pero también por el exceso de sus amores y sus deseos, un exceso que lo mató porque reitero la homosexualidad es postulada como un deseo y un amor por la muerte. Tautología tan arrogante es el sentido común más visible en los “debates” mediáticos sobre el tema. Y digo “debates” porque lo que hay es una espectacularización (por momentos casi celebración) de estas muertes. Incluso los pocos titulares que humanizaban a estos personajes lo hacían heterosexualizándolos: “Mechita verá hoy as su mamita Abencia” u otro que decía que Marco Antonio peleó como macho por su vida. Solo la heterosexualidad puede explicar el deseo por vivir y la posibilidad de un futuro. En un extrañamente lúcido artículo de Beto Ortiz titulado “Lo gay y lo triste” se afirma que para muchos gays la única manera imaginable de salir del closet es morirse. No solo para muchos gays, obviamente, sino que el espacio público sale del closet solo para enterrarnos. Y no hay que negar que disfrutan de nuestros velorios.

Alicia, Abencia, Marco Antonio eran personajes que ahombraban, mariconeaban, lesbianizaban las pantallas chicas de nuestros hogares. En un contexto tan homofóbico ¿cómo lo hicieron? o mejor ¿por qué les permitieron aparecer en la tele? Aquí me parecen más que pertinentes los argumentos de Leo Bersani (1998), quien afirma que el Sida le permite a la Norteamérica recta (straight) ver en los gays a moribundos sociales potenciales. Este autor afirma que el sida ha hecho más gays a los gays que nunca, y la visibilidad en diversos medios masivos de comunicación lejos de ser una señal de progresismo y de respeto por la diferencia la interpreta como el deseo concedido a una especie en extinción. Es mas él afirma que esto permite que sea menos peligroso mirar y vigilar a los ‘disidentes’.

"…La mayor visibilidad que el sida otorgó a los gays es la de la muerte inminente, la de una prometida invisibilidad. La Norteamérica ‘recta’ puede posar su mirada sobre nosotros y dejar que nos dediquemos a nuestras cosas en los medios una y otra vez, porque lo que nuestros atentos conciudadanos ven es el pathos y la impotencia de una especie condenada". (Bersani 1998:35)

Si la asociación de estos crímenes de odio a la espectacularización del Sida parece forzada solo basta mencionar titulares en torno al asesinato de Marco Antonio como el siguiente: “¿Homi-sida?”. Resulta que después del asesinato de Marco Antonio y de la confesión de los criminales se “descubre” que el famoso estilista era portador de VIH ¿Solo para mí el status serológico de una persona es irrelevante para explicar su asesinato? Tiene un sentido esta clase de terrorífica asociación: Marco Antonio iba a morir tarde o temprano, solo se adelantó un poquito. De hecho un amante suyo lo iba a matar porque él antes ya había sido asesinado al ser infectado. Volvamos a la definición de homofobia que esbocé líneas arriba: La homofobia es una pretensión de conocimiento. La cultura y los sujetos homofóbicos nos dicen: “yo se lo que es un homosexual. Es un criminal, un enfermo, un ser pasional” y lo que más placer les produce sentenciar “tú, homosexual, y la muerte son lo mismo. Y tú, homosexual, vas a morir asesinado, o vas morir por Sida, pero ten la seguridad que vas a morir y mucho antes que yo”

Esto evidentemente no es nada nuevo para gays, lesbianas, bisexuales y trans. La siguiente cita a Eve Sedgwick resulta más que clara: “He oído a mucha gente decir que preferiría ver a sus hijos muertos antes que gays. Me costó mucho tiempo llegar a creer que no dicen más que la verdad. Hablan incluso por boca de aquellos son demasiado refinados para decir algo tan cruel...” (2002: 30). Sí, esta cultura nos odia a todos los cabros, machas, tracas, putas. Lo sabemos muy bien. Sabemos que muchos fantasean con eliminarnos, sabemos que a muchos les da mucho placer golpearnos, sabemos que festejan nuestros suicidios. También sabemos que nuestras lágrimas, nuestras heridas, nuestras muertes a muy poca gente le importan. Y a los que menos les importan son a los políticos de turno ¿o ustedes han visto a alguno demandando políticas públicas que protejan nuestras vidas y contribuyan a hacerlas habitables?

Uno de las pocas buenas columnas publicadas en diario vinculadas a este tema es la de la destacada académica, y amiga mía, Rocío Silva Santisteban. Su ensayo se titula “El miedo al maricón” y es su ultima línea la que condensa el sentir de muchos de nosotros: “el asco al maricón es la teoría, el asesinato a mansalva una de sus perversas prácticas”. Aunque no estoy del todo de acuerdo con dicha sentencia porque creo que el asco al maricón también es una práctica con efectos materiales, y el crimen de odio también un acto discursivo, concuerdo totalmente con que los asesinatos a sujetos no heterosexuales solo exacerban lo que la cultura heterosexual compulsiva nos obliga a hacer, pensar y desear. Estos crímenes deberían ser la excusa ideal para que (desde la cultura heterosexual) nos planteemos las siguientes preguntas: ¿qué me hace tan diferente del asesino?, ¿qué he hecho yo para alentar o evitar esas muertes? ¿Por qué me resulta tan fácil identificarme con el asesino?

Quiero acabar con una promesa (porque creo en el poder de las palabras). Esta cultura me maldijo, me ha sentenciado por ser homosexual a morir. Prometo que esa maldición va a ser desbordada y va a tener efectos mucho más promiscuos de lo que quienes me la lanzaron esperaban. Y aun si esa maldición se cumple, no se va a cumplir sin lucha ni la cultura que me la lanzó va a quedar intacta.

domingo, 12 de julio de 2009

"A 200 metros…" por Renata Hiller

Con amig@s en Buenos Aires. Renata Hiller es la de cabello más largo.



A 200 metros… * La reforma del Código Contravencional en la Ciudad de Buenos Aires y los límites de lo político en el contrato de lectura de La Nación.

Renata Hiller



“El espectáculo vano, el escándalo frívolo, ese estruendo de sonidos y colores causante de que el mundo no sea nunca más que el mundo de la locura, debe ser aceptado, debe ser recibido por el hombre, pero con la clara conciencia de su fatuidad, de esa fatuidad que es tanto del espectador como del espectáculo. No se le debe prestar el oído atento que se presta a la verdad, sino la atención ligera, mezcla de ironía y complacencia, de facilidad y de saber secreto que no se deja engañar, que de ordinario se presta a los espectáculos de feria…”[1]


Desde febrero del 2004 hasta la reforma sancionada en septiembre de este año se discutió en la Legislatura de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires la reforma del Código Contravencional (C.C.) que rige en la ciudad. Nuestra intensión en este trabajo es la de analizar cómo el diario La Nación ha dado tratamiento a este debate. Particularmente, intentaremos demostrar cómo, a través de qué estrategias discursivas este soporte mediático invisibilizó ciertos discursos circulantes en este debate y cómo, paralelamente, se constituyó en la voz de un actor casi ausente: los denominados “vecinos”.
Comenzar entonces con esta cita implica para nosotros retomar un diálogo ya iniciado (siempre ya iniciado) acerca de los modos posibles de legitimación/deslegitimación de los discursos. Historia de la locura en la época clásica puede ser leído como un análisis genealógico del “orden del discurso” de la razón moderna, en tanto describe los gestos que apartan y definen lo Otro de esa razón. Uno de aquellos gestos es la vuelta de la locura en espectáculo para la razón, confinada dentro de sus márgenes y desarmada de su poder durante la Epoca Clásica. Si “desde la más alejada Edad Media, el loco es aquel cuyo discurso no puede circular como el de los otros”(FOUCAULT, M.: 1985) uno de nuestros intentos aquí será el de demostrar que a través de determinadas operaciones discursivas la figura de las travestis y (en menor medida también la de las prostitutas) es homologada a formas de la locura por parte del diario La Nación, permitiéndose de ese modo acallar sus demandas sin por ello presentarse como un discurso autoritario, sino más aún como un intento pluralista de apertura al debate.
Sobre el material analizado

A la hora de analizar el contrato de lectura propuesto por la Nación y sus modos invisibilizar discursos circulantes en torno del debate de la reforma del (C.C.), hemos hecho un recorte temporal iniciando nuestro estudio en el mes de febrero del 2004 (momento de planteamiento de la cuestión) y decidiendo poner un punto de cierre en el mes de julio del mismo año. En torno a esta decisión, es necesario hacer algunas aclaraciones:
Nuestra primer intensión a la hora de iniciar este análisis era abarcar todo el proceso de discusión legislativa finalizada en septiembre. Sin embargo, nos encontramos con un punto de inflexión en el mismo, y de cómo ha sido retomado por los medios. A partir de la jornada del dieciséis de julio, momento en que la movilización en torno al rechazo de la reforma tomó tintes violentos, la cobertura mediática se amplió a otros soportes (televisión, por ejemplo, que hasta el momento casi no había levantado el asunto) e incorporó nuevos protagonistas, como los piqueteros, que hasta entonces aparecían en un segundo plano. De allí que si hubiésemos permanecido en nuestro primer propósito este trabajo debiera haber comprendido dos momentos, ganando en posibilidades de comparación, pero perdiéndonos en el devenir de los sucesos. Por ello la elección del recorte.
Respecto del material seleccionado, trabajamos con artículos del soporte impreso de La Nación comprendidos dentro del período señalado. Estos artículos provienen de dos tipos de texto distintos, reconociéndose tres géneros discursivos: crónicas (narrativo) y editoriales y notas de opinión (argumentativo); dejando por tanto a un lado chistes y correo de lectores sobre el tema (presentes en el medio analizado) y entrevistas. Intentaremos dar una breve caracterización de ciertos rasgos de los géneros discursivos analizados y su particular presentación en La Nación.
Asimismo, aún reconociendo su riqueza para nuestro análisis, también descartamos por falta de espacio el tratamiento de las fotografías que acompañaban los artículos, lo cual hubiese requerido adentrarnos en el estudio de la retórica de la imagen.

Sobre el discurso argumentativo: el mensaje como soporte del mensaje

El comentario y la editorial, como discursos argumentativos, suponen una presencia activa (a diferencia de la crónica, o al menos de su modelización utópica[2]) del sujeto de enunciación. Se trata aquí entonces de analizar las modulaciones de la argumentación y el uso de los elementos retóricos, así como de lo que Maldidier y Robin denominan “segmentos” o “grados de reflexividad”[3].
Encontramos en la editorial de La Nación del veintiuno de febrero un caso típico de discurso argumentativo: predominancia de uso del presente, de enunciados generales y enunciados performativos. A continuación analizaremos algunos de ellos:
Desde el título se nos presenta un enunciado performativo: “Garantizar la convivencia urbana” dado por el uso del infinitivo que puede en este caso ser tomado con la función de un modo imperativo, como una máxima en donde el verbo performativo está implícito. En el título hay a su vez el ideologema que será uno de los constantes a lo largo de toda la cobertura del tema del soporte analizado: la “convivencia”. El otro (que será presentado más adelante) es “tolerancia”. “Convivencia” y “tolerancia” se anudan en el tratamiento de la cuestión de modo tal que funcionan como máximas cuyo sujeto lógico circunscribe un campo de pertinencia particular[4]. Estos dos ideologemas funcionarán como mecanismos de argumentación ad hominem, en tanto permitirán anular o poner en duda el discurso de los manifestantes y parte de los legisladores (aquellos que no dan el quorum suficiente para debatir) ya que, si “convivencia” y “tolerancia” son las máximas que circunscriben la cuestión, estos sujetos aparecen como su permanente y absoluto negativo. Véase para el caso la crónica del ventitrés de marzo, en donde se señala que al momento de realizarse la primera jormada de la Audiencia Pública para debatir el tema “…dos condiciones –la convivencia y la urbanidad- estuvieron ausentes…” y “los travestis, homosexuales y prostitutas sólo dejaban hacer uso de la palabra a quienes compartían sus ideas”.
Si “en el discurso entimemático lo esencial es lo no dicho”[5], nuestra editorial comienza dando por sentado que el C.C. presenta problemas que deben ser resueltos. Si bien más adelante se presentarán argumentos acerca de por qué es necesario reformar el C.C., el primer párrafo omite la definición de qué es problemático, dando por supuesto el conocimiento (y la adhesión) del destinatario acerca de aquella definición. Dicho en otros términos: el editorial no se pregunta qué situaciones son las que los miembros de la Legislatura deben resolver dada su calidad de “problema”, sino que asume la deuda de los mismos por la falta del tratamiento del tema, imposibilitando la discusión acerca de la pertinencia del mismo, de su prioridad o de sus condiciones de posibilidad de ser tratados en ese momento.
Siendo una editorial que corresponde cronológicamente a la primera jornada de discusión de reforma del C.C., resultan llamativas expresiones como “como tantas veces hemos dicho”, “nueva postergación”, “seguir pidiendo”, “víctima constante” ya que remiten a la idea de un asunto con carácter de urgencia que hubiese sido varias veces demorado.
Esto último se refuerza con expresiones que insisten en el carácter evidente de la necesidad de las reformas. Nuevamente, “como lo advierte cualquier observador atento”, “es evidente que los legisladores tienen una deuda cívica”, “es necesario corregir”, “es indispensable contar”, “es imprescindible reforzar la severidad” (los subrayados son nuestros) son todas modalidades lógicas del enunciado que, mediante la reiterada adjetivación, permiten al enunciador presentar bajo un halo de objetividad enunciados que en verdad son evaluaciones del sujeto: solo un alocutor irracional (que no distinga lo verdadero de lo falso, que no reconozca la obligatoriedad de ciertas premisas) o que no sea “suficientemente atento” podría no coincidir con el enunciador. Así, no sólo se construye un Otro positivo, sino también un contradestinatario, portador de estos caracteres.
Afirmar que existe en el discurso de La Nación un contradestinatario supone asumir que estamos ante un discurso polémico. Más adelante veremos qué prodestinatario y qué relación con el mismo traza este soporte. Por el momento sostendremos que nos encontramos ante la construcción de un contradestinatario, figura característica de este tipo discursivo. Siguiendo a Verón (1987), esta figura está excluída del colectivo de identificación. La relación con el mismo reposa “…en la hipótesis de una inversión de la creencia: lo que es verdadero para el enunciador es falso para el contradestinatario e inversamente”[6] ¿Quién es el contradestinatario que se va construyendo en este discurso? Comenzamos desde este editorial a distinguir algunos de sus rasgos:
· Se trata, como ya mencionamos, de un grupo irracional. Sus expresiones son presentadas como “desbordes” y sus manifestaciones son “ruidosas” (el ruido se distingue por ser ilegible, incomprensible).
· Es un grupo minoritario: “…desbordes de minorías hostiles muy pequeñas…” que se presenta como victimario (o al menos nunca como víctima) de las condiciones de vida en la ciudad: la oferta de sexo es agresiva, son el sujeto activo que “…degradan sus niveles de moralidad y convivencia pacífica”.
· Se le reconoce el derecho incuestionable de expresar sus puntos de vista, pero se distingue del “hombre de la calle” (un colectivo de identificación posible, junto con los “habitantes de la ciudad” y el primero: “la ciudadanía”) por tener este último el derecho “a vivir en una ciudad mínimamente ordenada y libre de las expresiones que a diario degradan sus niveles de moralidad y convivencia pacífica”. No resulta claro si estamos ante una pugna de derechos que cada cual reclama separadamente o si se presupone que el primer grupo (el Otro negativo) goza del derecho que “el hombre de la calle” necesita reclamar por estar siendo violado. En un caso no se le reconoce ese derecho al Otro negativo; en el otro, se desconoce la violación sistemática del derecho que sufre este grupo.

Continuando con la utilización de técnicas argumentativas propias de este tipo de discurso presente en el género editorial, nos encontramos con un párrafo que merece un análisis individualizado:
“Así como existe un ambiente ecológico natural que debe ser preservado, hay en las ciudades una ‘ecología moral’ que no puede ser avasallada con ligereza. En efecto, existen ciertos principios mínimos de orden y buena vecindad que no pueden ser desconocidos, pues sobre ellos reposan la tranquilidad pública y la paz social”

La analogía que hace que una “ecología moral” no pueda ser avasallada, como el ambiente ecológico natural debe ser preservado, nos acerca a las metáforas biológicas-médicas que suponen un equilibrio natural (preexistente) que es atacado por un elemento exógeno. Este equilibrio natural anterior está dado en la segunda oración (“existen ciertos principios mínimos de orden y vecindad”). El conector pues, tal como señalan Reale y Vitale[7] permite, a diferencia del porque, justificar la primera parte de esta oración (el primero de los enunciados: “existen ciertos principios…ser desconocidos”) a partir de la segunda “sobre ellos reposan la tranquilidad pública y la paz social”. “Tranquilidad pública” y “paz social” podrían ser aquí dos formas nominales conocidas y compartidas por el prodestinatario, que permitirían legitimar aquellos “principios de orden”.
Finalmente, la editorial concluye con un exordio en que insta a los legisladores a “ponerse a trabajar” (tomemos, por ahora, nota del código coloquial de la frase) y con una definición de la política centrada en la dicotomía intereses sectoriales minúsculos/bien común, permitiendo una vez más, que los reclamos de los manifestantes queden por fuera del ámbito de la política.
El segundo discurso argumentativo que nos proponemos analizar es un comentario (“el análisis”) correspondiente a la edición del veintitrés de marzo. Este género discursivo si bien comparte los rasgos esbozados anteriormente respecto de la editorial, tiene un anclaje mayor en la coyuntura, que en esta nota en particular se evidencia en el mayor uso de referencias deícticas como adverbios y los tiempos verbales referidos al momento de la instancia enunciativa (el presente se combina con pretéritos que remiten a la situación particular que está siendo analizada).
Aquí el enunciador avanza a partir de un juego permanente de adjetivos (algunos de ellos sustantivados) que irá conectando (tres veces mediante el conector porque) para justificar sus afirmaciones (de allí que fuera válido su reemplazo por un pues).
Nuevamente, el contradestinatario es definido como una minoría irracional: “grupos minoritarios”, “cada quien habló de lo que se le ocurrió y le vino en mente”, “travestis, las meretrices y los homosexuales, que tuvieron un lugar (…) y lo rifaron con desmesura”. Nuevamente, este grupo se define por oposición a “los vecinos comunes” (los subrayados son nuestros). Y, como adelantáramos previamente, hay argumentaciones ad hominem en las que se resalta su autoritarismo en contradicción con el lazo entre convivencia y tolerancia, planteado como una máxima desde el título.
Pero también aparece un elemento novedoso respecto de la editorial antes analizada: el carácter sorprendente y risible del espectáculo (veremos más adelante los juegos que realiza el enunciador con el lugar en que se desarrolla la situación: el Teatro General San Martín): “curiosa”, “extraño” y “ridícula” son algunos de los adjetivos utilizados.
Frente a este carácter risible del espectáculo aparece también su contracara trágica: las metáforas del “tejido social” destrozado, dando finalmente una “postal que se mostraba cruelmente irreconciliable”. Éste posiblemente sea el elemento que permite mantener la cuestión con carácter de urgencia y dentro del ámbito de lo político. La idea del “tejido social disuelto” puede funcionar aquí como una forma nominalizada, en el sentido de que ésta posee un valor de substitución respecto del conjunto de la doctrina de una posición política[8]. En este caso, connota metafóricamente las ideas de anomia social, desorden y anarquía.
Finalmente, queremos llamar la atención acerca de dos recursos, uno respecto del vocabulario utilizado y otro en el plano de la enunciación, que nos permitirán avanzar en lo hipotetizaremos como el contrato de lectura propuesto por el soporte: respecto del vocabulario, abundan frases propias del lenguaje coloquial: “hayan hecho oídos sordos”, “Nada, entonces, salió en limpio”, “…contra la salud prepaga, en fin, todos argumentos…”, “y ni hablar...” . Respecto del plano de la enunciación, este comentario concluye con preguntas que, siguiendo a Reale y Vitale, intensifican la eficacia persuasiva de la argumentación[9].
Si entonces decidimos titular esta sección de nuestro trabajo como “ el mensaje como soporte del mensaje” es porque nuestro interés ha sido hasta aquí el de señalar qué otros sentidos (además de los explicitados) pueden encontrarse en este tipo de discursos argumentativos. No como una verdad más oculta, como un mensaje encubierto que develaría las intensiones del enunciador, sino como un modo de plantear que la enunciación implica operaciones discursivas que se presentan de manera compleja, construyendo sentidos más allá de los que se plantean en el plano del enunciado.

Sobre la crónica (o de cómo ser artífice del acontecimiento)

Al comienzo de nuestro trabajo planteábamos la distinción entre los géneros argumentativos y narrativos, apelando a la idea de una “modelización utópica” de la crónica. Con ésta pretendemos referir a la supuesta “transparencia” de la crónica que, en tanto relato, supondría ser un discurso de primer grado que daría la ilusión de poseer un desarrollo cronológico consonante con el sucedido en la historia. Como observan Maldidier y Robin (1977), este modelo no resulta operativo y proponen la necesidad de observar las correspondencias así como los desajustes del relato respecto del acontecimiento narrado. En nuestro caso, no nos centraremos en dicha adecuación, sino que intentaremos reconocer el lugar del sujeto de enunciación. Lugar que, de acuerdo al modelo utópico, se encontraría ausente o en principio, menos legitimado que en otros géneros discursivos como los antes analizados.
La cobertura de las reiteradas suspensiones del debate legislativo por parte de La Nación conserva ciertos rasgos comunes en sus distintas ediciones. Por lo tanto, a diferencia del modelo que planteamos anteriormente respecto del discurso argumentativo, analizaremos ahora en conjunto estas crónicas, atendiendo a aquellos elementos que se reiteran, nuevamente focalizando en lo que son los objetivos de nuestro trabajo: poder finalmente plantear el contrato de lectura propuesto por el medio y poner a prueba nuestra hipótesis respecto del tratamiento del sujeto travesti partícipe en este debate.
Primero queremos referirnos a la puesta en página de las crónicas que hemos de analizar: todas ellas se presentaron en la sección que La Nación denomina “Información General”. De acuerdo a lo que pudimos recabar con fines comparativos respecto de otros medios, otro tanto es lo que puede decirse de Página/12 (que de acuerdo a su ordenamiento denomina “Sociedad”)[10]. Esta primera definición del soporte mediático marca el lugar adscrito a la cuestión: alejado de la política, el debate en torno de la reforma del C.C. aparece junto a elementos tan diversos como un acuerdo sobre inmigración ilegal, así como el regreso de la “fuente de los sapitos” al Parque Chacabuco.
En las crónicas analizadas se refuerza la visión del contradestinatario que referíamos anteriormente: Hay una marcada distinción entre lo Uno (el “vecino”) y el Otro: los piqueteros, travestis y prostitutas. Decimos lo Uno porque no solo sorprende el tratamiento de lo Otro, sino que “los vecinos anónimos” (23/3) aparecen como un todo homogéneo sin fisuras , encarnan el bien común, no están sectorizados (23/3), es tanto la señora de Constitución como la vecina de Palermo (23/3). Son con quienes la Legislatura tiene su deuda: “ese cuerpo debe a los vecinos de Buenos Aires la modificación del Código”, son los que “deberán esperar que comience el período de sesiones ordinarias” (20/2).
Son, a lo sumo, y llamativamente, siempre mujeres (la vecina Silvia Somensi, la vecina Lucía del Carmen Carew (24/3), Norma Gilardi[11] (23/3)). Esta adscripción mayoritaria al sexo femenino de los vecinos choca con las definiciones de género utilizadas para referirse a las travestis: son siempre los travestis, “hombres disfrazados de mujer” (20/2), de “brazos fuertes”, que piden ser llamados con sus “nombres de fantasía” aunque sus fotos en el DNI son las de hombres (23/3).
Se refuerza así la imagen social del travestismo como fundada en la mascarada, en lo carnavalesco, en lo accesorio y, en las peores versiones, en la figura del impostor. Al respecto, cabe hacer alguna aclaración respecto del contexto en que se plantea esta nueva irrupción pública de las travestis: contemporáneo a este debate legislativo, la aparición mediática de las travestis en programas de televisión tiene su punto más alto al formar parte del elenco una travesti en una típica comedia de horario central y siendo a la vez figura principal de una puesta en la calle Corrientes. Sin embargo, (y aunque sería objeto de otro trabajo) no podemos dejar de señalar que el estereotipo aceptado del travestismo (aquel que puede compartir la cena familiar a través del televisor o que es “diva” en el teatro de revistas) está lejos de ser percibido como el de un sujeto político demandante de derechos.
Es esta imagen social del travestismo la que permite negarle a este contradestinatario la posibilidad de ser un discurso político en pugna con otros. De allí el por qué de nuestra hipótesis: en las crónicas de La Nación que retoman el debate sobre el C.C., como ya lo señaláramos respecto de los artículos de opinión, el travestismo aparece bajo diversas formas de lo irracional: Sus manifestaciones no son tales, nunca son “marchas” ni son reclamos. Forman parte del espectáculo para el ojo de lo Uno: realizan “escándalos” en el teatro (24/3), cuando se organizan para manifestar en realidad “cumplen con la cita” (16/6) y en algún momento fueron “con todas las galas a protestar” (20/2). Incluso todo el debate sobre la reforma del C.C. toma la forma de un gran espectáculo: el vicejefe de gobierno “salió airoso apelando a gestos que se parecían más a un conductor de televisión” (20/2), el secretario de Seguridad fuma “literalmente entre bambalinas” (24/3) y también hay legisladores que descollan “con su show habitual” (16/6).
Lo Otro es la irracionalidad despojada del logos, es una “muchedumbre variopinta” (20/2), una “platea variopinta y muy expresiva” que “abuchea”, es el “ruido desagradable que se superponía con las palabras de los disertantes” (23/3) y cuando habla lo hace en “dialectos urbanos incomprensibles” (24/3)(los subrayados son nuestros).
En la crónica del 24 de marzo se reitera (aunque planteado como metadiscurso, por ser palabras de un funcionario) el adjetivo loco/alocado para referirse a ciertos discursos. Dicha locura (rasgo señalado ya por Foucault (2000)) se anuda a la inmoralidad: (“gestos obscenos” , “…incluyó no pocas bajezas”, “enfrentamientos que rozaron la obscenidad” ) o a la animalidad. Los manifestantes son descriptos muchas veces bajo formas que por metonimia remiten a la condición animal:
- “con evidente brutalidad” (24/3)
- “la tribuna bramó, muchos se pusieron de pie, se levantaron brazos amenazantes” (24/3)
- “le fue recordado con ferocidad por la tribuna”
Es cierto que en esta descripción también están las “prostitutas enardecidas” y los “homosexuales con aparatos extraños” (23/3), pero nos animamos a decir que el carácter (nuevamente y tal como referíamos antes) “curioso” de la escena (24/3) está dado fundamentalmente por la presencia de las travestis.
En resumen, lo que se logra es lo que en palabras de Austin podríamos denominar un “desacierto”[12]: se viola la regla A2, de modo tal que, a partir de que “las personas y circunstancias” no son apropiadas (y este es el resultado de la combinación de las estrategias discursivas analizadas) el acto que se pretendía llevar adelante no tiene lugar, no se lleva a cabo. Austin distingue entre dos tipos de infortunios: los desaciertos y los abusos. En el caso de los segundos, el acto es llevado a cabo (y a lo sumo podremos hablar de insinceridad). Al anudar el travestismo a formas de lo irracional se impugna su lugar de enunciador político, invisibilizando la acción pública de este grupo, y por lo tanto silenciando ese acto hecho de palabras.


Sobre el enunciador (o La Nación construyendo al vecino)

Nos planteamos entonces ahora qué contrato de lectura propone La Nación respecto de la cobertura la reforma del C.C., entendiendo por éste el conjunto de estructuras enunciativas que construyen un lugar para sí para el soporte, a la vez que (como en todo acto de enunciación) se posiciona al destinatario y se define la relación entre ambos (VERÓN, E.: 1985).
Al comparar los géneros editorial y comentario con la crónica, nos encontramos con que en La Nación las fronteras entre unos y otros no son nítidas: hay tantas marcas de enunciación en la segunda como en los primeros, lo cual contrastaría con una definición más clásica de los distintos géneros periodísticos analizados.
Más allá de las referencias deícticas de localización temporal que se pueden encontrar en toda crónica, aparece en las seleccionadas para este trabajo un “nosotros” inclusivo: “una muestra de la ciudad en que vivimos” (20/2). El pronombre personal de la tercera persona del plural aparecerá también al día siguiente en el comentario de opinión: “como tantas veces hemos dicho”, en un modo ambiguo ya que no queda claro si remite al enunciador o incluye al prodestinatario.
Es también en las crónicas (y no solo en los discursos argumentativos) donde se plantean preguntas:
- ¿Para qué se convocó a una audiencia pública, luego de convivir con un código sancionado hace seis años? (23/3)
- “Ahora, ¿Qué pasa? ¿Cuál es la situación? ¿Por qué el oficialismo huye del nuevo Código?(30/6)

Hay además en la escritura, marcas de cansancio, agotamiento, hastío por parte del enunciador. Son las mismas que éste supone respecto del destinatario o “los vecinos”:
- “Los vecinos, cansados de las movilizaciones” (20/2)
- “Para que los vecinos pudieran expresar por fin ‘oficialmente’ su disconformidad” (23/3) (el subrayado es nuestro)
- “El adverbio casi, sin embargo, no debería definir la actividad de un cuerpo legislativo” (16/6)
- “Otro fracaso legislativo por falta de quórum. Temas clave siguen sin ser definidos” (30/6)
- “Ayer, por enésima vez…” (30/6)



Y finalmente, en ambos tipos discursivos hay expresiones propias del código oral y con un lenguaje coloquial:
- “Un nuevo papelón cosechó ayer la Legislatura” (20/2)
- “Pasaron al olvido” (20/3)
- “las cosas se fueron de madre” (23/3)
- “fue el día del casi” (16/6)
- “dos legisladores casi se van a las manos” (16/6)
- “los diputados brillaron por su ausencia” (30/6)

La socióloga Leticia Sabsay (2002) realizó un estudio sobre el tratamiento mediático de la identidad travesti al momento de la reforma anterior del C.C. sucedida en 1998. Lo que sorprende al leer su artículo no es tanto la reiteración de ciertas estrategias discursivas como la actual ausencia del que en aquel momento fuera un agente presente, activo y organizado: los vecinos. En este proceso de reforma que venimos analizando, los “vecinos” estuvieron virtualmente ausentes.
De ello da cuenta La Nación en su cobertura de la primera jornada de Audiencia Pública: “los vecinos no sectorizados prácticamente no tuvieron representación”, “los vecinos que protestan abiertamente cuando una cámara de televisión los ilumina, no se hicieron presentes para debatir”(23/3).
Finalmente, desde nuestra perspectiva, el enunciador propuesto por La Nación vendría a llenar ese espacio vacío, presentándose a sí mismo como el “buen vecino”. Es decir, identificándose con el destinatario, pero guardando una cierta distancia con el mismo que le permite presentarse como pedagógico, como un modelo de compromiso y tolerancia a ser imitado.
La Nación entonces, al proponer su contrato de lectura no sólo encuentra un lugar para sí y uno para el destinatario, sino que el rasgo eminentemente político de este conjunto de estrategias discursivas es que, en la cobertura de lo que fue el proceso de reforma del Código Contravencional de la Ciudad de Buenos Aires, el medio ocupó el lugar de uno de los actores ausentes en el debate, invistiéndolo (a la vez que invistiéndose) con determinadas características: como la imagen de la razón, encarnación de un supuesto bien común.


[1] FOUCAULT, M. (2000).
* “A 200 metros…” ya que el texto finalmente aprobado en septiembre estableció la prohibición de la oferta y demanda de sexo en ese radio de distancia de escuelas, templos y viviendas: nuevas y viejas fronteras simbólicas vuelven a levantarse.
[2] Retomaremos esta idea de modelización utópica al referirnos a la crónica.
[3] Para la caracterización de los géneros discursivos analizados, ver: MALDIDIER, D. y ROBIN, M. (1977).
[4] REALE, A. y VITALE, A. (1995). Pg. 29.
[5] Idem, Pg. 27.
[6] VERÓN, E. (1987) Pg. 17.
[7] REALE, A. y VITALE, A., Op.Cit. Pg. 35.
[8] VERON, E. Op.Cit. Pg. 19.
[9] REALE, A. y VITALE, A., Op.Cit. Pg. 41.
[10] La puesta en página es una de las cuestiones que, como adelantáramos en la introducción, se modifican el 16/7, apareciendo el día posterior en la portada de la mayor parte de los matutinos y en la sección “Política”. De allí en adelante, la cuestión de la reforma del C.C. aparecerá alternativamente en unas u otras secciones, dependiendo de la edición y el medio.
[11] Quizás la cronista en esta ocasión se dejó llevar por los “disfraces”, ya que Norma Gilardi, que es presentada como “una de las vecinas anotadas como oradora” que (contrario a los demás planteos de los vecinos) opinó que darle más poder a la policía era atroz, es una elegante señora travesti.
[12] AUSTIN, J.L.: Cómo hacer cosas con palabras, Ed. Paidós.