
Desde hace poco más de año y medio he descubierto el mundo de los saunas gays. Y aunque al inicio muy tímidamente y muy sorprendido, cada vez se ha hecho más parte de mi rutina.
Es interesante, que a diferencia de la doble moral y la hipocresía de la sociedad limeña que juzga abochornada con quién(es) es legítimo tener sexo, cómo, dónde, por cuánto tiempo; en estos saunas lo que uno empieza a perder es la vergüenza. Perder la vergüenza primero a la propia desnudez, a la desnudez de otros, y a las miradas que te desnudan. Como bien señala Michael Warner en estos espacios se generan políticas sexuales no basadas en la vergüenza, no basadas en el dolor del otro para embellecer y moralizar al sujeto “uno”.
Otro punto interesante resulta la crítica a la regulación del parentesco como monogámica y cuyas practicas sexuales siempre están restringidas a sacras cuatro paredes de algún dormitorio o telo. Los saunas gays son espacios entre públicos y privados, una suerte de híbrido. Y hacer del sexo el centro de estos espacios semipúblicos también es un hecho potencialmente subversivo.
Es cierto también que el sexo no es lo único que pasa en los saunas, pero es buena parte y esto no debería ser invisibilizado para tratar de que encaje con una moral burguesa progresista. Tal vez por ello mismo convenga complejizar la idea de “sexo anónimo”, ya que yo por ejemplo no recuerdo haber tenido alguna clase de contacto sexual en ese espacio con alguien a quien no me haya preguntado el nombre (aun cuando fuese después del “acto”). Personalmente disfruto de conversar con las personas dispuestas a ello, y de escuchar conversaciones, porque aprecio el contacto de personas de diversas posiciones sociales que disfrutan de su contacto, y que exploran de maneras más democráticas dicho contacto que como probablemente lo hagan fuera del sauna.
Probablemente en parte no me haya tomado la molestia de descubrir más tempranamente los saunas por los prejuicios asociados a ello. Creo que la idea del sauna gay como “caldo de cultivo de VIH y Sida” es bien gráfica. Así para muchos médicos, autoridades civiles, e incluso activistas gays lo que pasa en estos espacios es que los homosexuales se juntan para contaminarse e infectarse. Esto me parece bastante tendencioso, porque en primer lugar niega que en los saunas hay mucha gente que tiene prácticas llamadas por la misma ciencia médica como “no riesgosa” o “segura”, ya sea por el uso de preservativos o por lo que a mi me parece más interesante prácticas sexuales que desfalicizan el pene, y otorgan centralidad erótica a otras partes del cuerpo y que descentralizan también el valor de una penetración. Pero eso no es todo, la idea de sexualidades suicidas me parece repulsiva y profundamente homofóbica. Por supuesto que a los saunas van personas infectadas con VIH, y probablemente incluso en fase Sida. Pero me parece bastante interesante que personas a las que la ciencia médica les dice “no tienes derecho a tener sexo”, “eres un ente contaminante”, produzcan nuevos significados del riesgo y de lo que constituyen prácticas riesgosas, y le quiten esa prerrogativa a la ciencia médica.
Finalmente frente a esta asociación de sentido común de los saunas gays con la muerte (mediante el Sida) quisiera proponer una asociación de los saunas a la vida. A estos espacios acuden hombres diversos, que viven y performan de manera diferente sus masculinidades, feminidades, transgeneridades, homosexualidades, heterosexualidades y/o bisexualidades. Pero todos tienen en común algo la búsqueda de reconocimiento mediante el deseo. Se trata de personas cuyas sexualidades en mayor o menor medida, pero siempre con mucha violencia, es siempre injuriada en público, personas que son miradas con asco o que se miran a sí mismas como objetos abyectos. Pero en el encuentro con otros, con otros cuerpos deseantes es que obtienen un reconocimiento, es que sus deseos son reconocidos. La mirada deseante (aun cuando esta fuese masculina y heterosexual) da reconocimiento, y produce desplazamientos que le recuerdan al amo que la buena vida es posible muy lejos de su "reino".
Es interesante, que a diferencia de la doble moral y la hipocresía de la sociedad limeña que juzga abochornada con quién(es) es legítimo tener sexo, cómo, dónde, por cuánto tiempo; en estos saunas lo que uno empieza a perder es la vergüenza. Perder la vergüenza primero a la propia desnudez, a la desnudez de otros, y a las miradas que te desnudan. Como bien señala Michael Warner en estos espacios se generan políticas sexuales no basadas en la vergüenza, no basadas en el dolor del otro para embellecer y moralizar al sujeto “uno”.
Otro punto interesante resulta la crítica a la regulación del parentesco como monogámica y cuyas practicas sexuales siempre están restringidas a sacras cuatro paredes de algún dormitorio o telo. Los saunas gays son espacios entre públicos y privados, una suerte de híbrido. Y hacer del sexo el centro de estos espacios semipúblicos también es un hecho potencialmente subversivo.
Es cierto también que el sexo no es lo único que pasa en los saunas, pero es buena parte y esto no debería ser invisibilizado para tratar de que encaje con una moral burguesa progresista. Tal vez por ello mismo convenga complejizar la idea de “sexo anónimo”, ya que yo por ejemplo no recuerdo haber tenido alguna clase de contacto sexual en ese espacio con alguien a quien no me haya preguntado el nombre (aun cuando fuese después del “acto”). Personalmente disfruto de conversar con las personas dispuestas a ello, y de escuchar conversaciones, porque aprecio el contacto de personas de diversas posiciones sociales que disfrutan de su contacto, y que exploran de maneras más democráticas dicho contacto que como probablemente lo hagan fuera del sauna.
Probablemente en parte no me haya tomado la molestia de descubrir más tempranamente los saunas por los prejuicios asociados a ello. Creo que la idea del sauna gay como “caldo de cultivo de VIH y Sida” es bien gráfica. Así para muchos médicos, autoridades civiles, e incluso activistas gays lo que pasa en estos espacios es que los homosexuales se juntan para contaminarse e infectarse. Esto me parece bastante tendencioso, porque en primer lugar niega que en los saunas hay mucha gente que tiene prácticas llamadas por la misma ciencia médica como “no riesgosa” o “segura”, ya sea por el uso de preservativos o por lo que a mi me parece más interesante prácticas sexuales que desfalicizan el pene, y otorgan centralidad erótica a otras partes del cuerpo y que descentralizan también el valor de una penetración. Pero eso no es todo, la idea de sexualidades suicidas me parece repulsiva y profundamente homofóbica. Por supuesto que a los saunas van personas infectadas con VIH, y probablemente incluso en fase Sida. Pero me parece bastante interesante que personas a las que la ciencia médica les dice “no tienes derecho a tener sexo”, “eres un ente contaminante”, produzcan nuevos significados del riesgo y de lo que constituyen prácticas riesgosas, y le quiten esa prerrogativa a la ciencia médica.
Finalmente frente a esta asociación de sentido común de los saunas gays con la muerte (mediante el Sida) quisiera proponer una asociación de los saunas a la vida. A estos espacios acuden hombres diversos, que viven y performan de manera diferente sus masculinidades, feminidades, transgeneridades, homosexualidades, heterosexualidades y/o bisexualidades. Pero todos tienen en común algo la búsqueda de reconocimiento mediante el deseo. Se trata de personas cuyas sexualidades en mayor o menor medida, pero siempre con mucha violencia, es siempre injuriada en público, personas que son miradas con asco o que se miran a sí mismas como objetos abyectos. Pero en el encuentro con otros, con otros cuerpos deseantes es que obtienen un reconocimiento, es que sus deseos son reconocidos. La mirada deseante (aun cuando esta fuese masculina y heterosexual) da reconocimiento, y produce desplazamientos que le recuerdan al amo que la buena vida es posible muy lejos de su "reino".




