lunes, 29 de diciembre de 2008

De vida y reconocimiento: Los placeres de los saunas gays


Desde hace poco más de año y medio he descubierto el mundo de los saunas gays. Y aunque al inicio muy tímidamente y muy sorprendido, cada vez se ha hecho más parte de mi rutina.
Es interesante, que a diferencia de la doble moral y la hipocresía de la sociedad limeña que juzga abochornada con quién(es) es legítimo tener sexo, cómo, dónde, por cuánto tiempo; en estos saunas lo que uno empieza a perder es la vergüenza. Perder la vergüenza primero a la propia desnudez, a la desnudez de otros, y a las miradas que te desnudan. Como bien señala Michael Warner en estos espacios se generan políticas sexuales no basadas en la vergüenza, no basadas en el dolor del otro para embellecer y moralizar al sujeto “uno”.
Otro punto interesante resulta la crítica a la regulación del parentesco como monogámica y cuyas practicas sexuales siempre están restringidas a sacras cuatro paredes de algún dormitorio o telo. Los saunas gays son espacios entre públicos y privados, una suerte de híbrido. Y hacer del sexo el centro de estos espacios semipúblicos también es un hecho potencialmente subversivo.
Es cierto también que el sexo no es lo único que pasa en los saunas, pero es buena parte y esto no debería ser invisibilizado para tratar de que encaje con una moral burguesa progresista. Tal vez por ello mismo convenga complejizar la idea de “sexo anónimo”, ya que yo por ejemplo no recuerdo haber tenido alguna clase de contacto sexual en ese espacio con alguien a quien no me haya preguntado el nombre (aun cuando fuese después del “acto”). Personalmente disfruto de conversar con las personas dispuestas a ello, y de escuchar conversaciones, porque aprecio el contacto de personas de diversas posiciones sociales que disfrutan de su contacto, y que exploran de maneras más democráticas dicho contacto que como probablemente lo hagan fuera del sauna.
Probablemente en parte no me haya tomado la molestia de descubrir más tempranamente los saunas por los prejuicios asociados a ello. Creo que la idea del sauna gay como “caldo de cultivo de VIH y Sida” es bien gráfica. Así para muchos médicos, autoridades civiles, e incluso activistas gays lo que pasa en estos espacios es que los homosexuales se juntan para contaminarse e infectarse. Esto me parece bastante tendencioso, porque en primer lugar niega que en los saunas hay mucha gente que tiene prácticas llamadas por la misma ciencia médica como “no riesgosa” o “segura”, ya sea por el uso de preservativos o por lo que a mi me parece más interesante prácticas sexuales que desfalicizan el pene, y otorgan centralidad erótica a otras partes del cuerpo y que descentralizan también el valor de una penetración. Pero eso no es todo, la idea de sexualidades suicidas me parece repulsiva y profundamente homofóbica. Por supuesto que a los saunas van personas infectadas con VIH, y probablemente incluso en fase Sida. Pero me parece bastante interesante que personas a las que la ciencia médica les dice “no tienes derecho a tener sexo”, “eres un ente contaminante”, produzcan nuevos significados del riesgo y de lo que constituyen prácticas riesgosas, y le quiten esa prerrogativa a la ciencia médica.
Finalmente frente a esta asociación de sentido común de los saunas gays con la muerte (mediante el Sida) quisiera proponer una asociación de los saunas a la vida. A estos espacios acuden hombres diversos, que viven y performan de manera diferente sus masculinidades, feminidades, transgeneridades, homosexualidades, heterosexualidades y/o bisexualidades. Pero todos tienen en común algo la búsqueda de reconocimiento mediante el deseo. Se trata de personas cuyas sexualidades en mayor o menor medida, pero siempre con mucha violencia, es siempre injuriada en público, personas que son miradas con asco o que se miran a sí mismas como objetos abyectos. Pero en el encuentro con otros, con otros cuerpos deseantes es que obtienen un reconocimiento, es que sus deseos son reconocidos. La mirada deseante (aun cuando esta fuese masculina y heterosexual) da reconocimiento, y produce desplazamientos que le recuerdan al amo que la buena vida es posible muy lejos de su "reino".

miércoles, 10 de diciembre de 2008

Esclavos del Deseo


A veces creemos ingenuamente en el poder liberador del sexo: "El sexo y sus placeres nos liberan de las cargas diarias y la rutina". Pero en verdad el deseo (y no solo el sexo) nos esclavizan. Y esto en verdad es tan loco, porque alli donde creemos ser libres o haber conquistado la libertad es que mas subjetivados y coaccionados somos.

Esto de ninguna manera debe ser entendido como un llamado a renunciar al deseo (un oximoron en si mismo), sino solo como un intento vivido de reverenciar su complejidad y sus contradicciones.

Hace poco volvi a terminar con el chico por el que he sentido las cosas mas intensas en mi vida. Y en un primer momento de nuestra relacion lo mas doloroso para mi fue constatar como el deseo nos esclaviza. Pero en los siguientes momentos lo mas probable es que haya obtenido un enorme placer del conocimiento de este "secreto". Es mas pienso que prefiero ser un esclavo del deseo a un sujeto hiper racional que jamas se permitira ser el esclavo de nadie.

lunes, 8 de diciembre de 2008

¿Caleta quién?, ¡Caleta tú?, ¡Caleta yo?

Este es un ensayo que escribí hace un par de años. El ensayo me gusta, y es de una epoca en que no citaba tanto a la Butler.
Quienes somos gays sabemos que el serlo no nos hace iguales, ni siquiera parecidos a otros gays. Nuestro género, clase social, nivel de educación, raza (o mejor dicho etnia), valores, ideologías pueden ser (y lo son) de lo más diversos. Y estas características tienen un correlato en el nivel de exclusión de una persona. Es decir un hombre gay, blanco, joven, con estudios superiores probablemente será menos vulnerado o discriminado que una mujer lesbiana, pobre, chola y madre soltera.
Dicho esto creo que una de las pocas cosas que asemejan la vida de la mayoría de gays (y cuando hablo de gays hablo de hombres homosexuales y no de lesbianas) es el ser caletas (o el intentar serlo). ¿Qué es ser caleta? Ser caleta puede ser una técnica de supervivencia en un contexto tan homofóbico como en el que vivimos. Pero ser caleta también puede ser una forma de ser gay sin ser maricón. Es decir una forma de no ser heterosexual (y desobedecer al sistema hegemónico), pero sin cambiar la estructura de la exclusión que ese sistema produce.
“¿Caleta quién?” Siempre estamos a la expectativa de encontrar hombres que reúnan el requisito indispensable: ser masculinos, asumir roles que sean pensados socialmente como masculinos y por tanto superiores. Y esa es una pregunta que nos la hacemos todos, esperamos reconocer estos atributos en los otros. Pero se plantea en términos de pregunta y por tanto incluye la duda ya que lo caleta o lo “masculino” no se asume sino que se tiene que comprobar.
Las dos preguntas siguientes incluyen un deseo de afirmación y la duda, por ello las coloqué con un signo primero de exclamación y luego de interrogación. “¡Caleta tú?” Se desea encontrar hombres que sean poseedores de los valores asociados tradicionalmente a lo masculino, pero a la vez se necesita encontrar hombres “desviados” o mejor dicho locas, porque son las locas las que sirven para canalizar todas las dudas sobre la propia masculinidad, funcionan a manera de conejillos de india. Es porque existen (o porque se crean) locas que uno puede respirar tranquilo y pensarse como poseedor de los privilegios que otorga el “ser” hombre en una sociedad sexista y androcéntrica como ésta.
“¡Caleta yo?” Para esto se necesita la aprobación de los otros hombres. Y por lo general dado que nos gustan los hombres tendremos que “compensar” este “defectito” siendo “más” hombres que los heterosexuales. Pero la duda siempre estará ahí, es que la loca o la travesti solo nos quitará las dudas momentáneamente, pero el resto del tiempo se vivirá en una búsqueda de tratar de negar lo innegable, de buscarle piezas al rompecabezas que jamás vamos a encontrar
“Dios perdona el pecado, pero no el escándalo”. Claro Dios perdona el pecado y no el escándalo, porque es el escándalo el que produce los cambios sociales. Y este conjunto de normas e ideales hegemónicos en ese conocido refrán es representado por la figura de una imagen divina androcéntrica. El que un hombre se acueste con otro hombre no creo que sea transgredir el sistema heteronormativo hegemónico necesariamente, pero si se atreve a tocarle la mano o a besarlo en público allí es donde va a recibir la sanción social. En otras palabras “Dios perdona al caleta, pero no a la loca”.
Lo terrible de ser caleta talvez sea que nunca se será lo suficientemente caleta como para estar tranquilo. El temor a la propia feminización será un fantasma con el que van tener que lidiar siempre, y es que ni teniendo el cuerpo de un instructor de gimnasio, la voz de un locutor de radio, la fuerza de un boxeador, y dos o tres novias “pantalla” a la vez van a eliminar la duda sobre el no ser lo suficientemente caleta. El vivir pensado ¿se habrán dado cuenta?, ¿por qué dije lindo?, ¿le apreté la mano muy suave?, ¿habrá notado ese pata que no dejo de mirarle el culo? puede ser muy cruel. Vivir con una ansiedad que jamás se va a terminar. El problema no es que se sea “femenino” o no lo suficientemente “masculino” sino que el ideal de ser caleta es en sí mismo tramposo. Es un ideal que jamás será cumplido, solo mortifica pero jamás se obtendrá la absolución, la sanación del alma (como dirían l@s psiconalistas). Podemos concluir que en vez de hacer de lo caleta la identidad gay hegemónica deberíamos deconstruirla (es decir destruirla y criticarla). Aprender a aceptarnos tal cual somos, a no juzgar a los demás por como viven su sexualidad o cómo proyectan su identidad. Talvez lo más difícil sea el vivir una masculinidad que no se defina en oposición ni como superior a lo femenino, pero a la vez nuestro reto más grande. Y es un reto tan grande porque si lo masculino no es lo opuesto ni es superior a lo femenino, talvez no tenga ninguna sentido crear esas dos categorías identitarias (lo masculino y lo femenino). Porque al final las dicotomías no existen por azar sino para crear jerarquías. Si ambas categorías son deconstruidas y dejan de ser las camisas de fuerza que han sido por mucho tiempo talvez los seres humanos podamos ser más auténticos, ser lo que en verdad queramos ser y ser dueñ@s de nuestros propios cuerpos.