jueves, 8 de mayo de 2008

Judith Butler "Deshacer el género" Cáp. 7-9

Capítulo 7: Los dilemas del tabú del incesto

Una de las principales cuestiones en el debate social contemporáneo sobre el incesto es si éste es real o una fantasía. Aquí es importante el trauma, que es aquello que convierte todo recuerdo en falso, y que se da a conocer a través del intervalo que trastorna todo esfuerzo encaminado a la reconstrucción narrativa.
Hay diversos puntos de vista sobre el incesto desde el psicoanálisis. Uno de ellos insiste en que dado que el incesto toma una forma traumática, no se puede recuperar como suceso, por tanto no puede ser recordado o narrable.
Es difícil distinguir entre el incesto como fantasía traumática de carácter esencial en la diferenciación sexual de la psique, y el inceso como trauma producto de una práctica abusiva.
Para Butler explorar el trauma implica reconocer y comprender lo que ocurre con el amor y el deseo del niño en la relación incestuosa traumática con un adulto. Para reconocer la gravedad de la violación no es necesario forzar al sujeto a probar la veracidad histórica del ‘suceso’, porque puede ser que el propio signo del trauma sea la imposibilidad de acceder a los términos que establecen su veracidad histórica, es decir cuando lo que es histórico y lo que es cierto se convierten en impensables y en no cognoscibles. Butler se pregunta ¿Qué constituye los limites de lo pensable, de lo narrable, de lo inteligible?, ¿qué constituye el limite de lo que puede pensarse como cierto?
La forma de lectura de esos sucesos debe cambiar, no se trata de encontrar la verdad de lo que ocurrió, sino preguntarse como este hecho ha afectado a la cuestión de la verdad. Parte del efecto de esa violación es convertir el conocimiento de la verdad en una posibilidad infinitamente más remota. Este es un caso de violencia epistémica.
Butler matiza sus aseveraciones diciendo que hay formas de incesto que no son necesariamente traumáticas o que obtienen su carácter traumático de la conciencia de la vergüenza social que producen.
Las prohibiciones que funcionan para prohibir el intercambio sexual no normativo también funcionan para instituir y vigilar las normas del presunto parentesco heterosexual. La propia existencia del tabú del incesto presupone que ya existe la estructura familiar. Esto cuestiona el que el parentesco se inicie a través medios lingüísticos y simbólicos, ya que mas bien hace explicito que el parentesco es una práctica social contingente. Butler sostiene que las posiciones simbólicas del padre y la madre son la idealización y calcificación de normas culturales contingentes. También cuestiona que se restrinja la noción de normatividad a aquellas que ya están de antemano codificadas en una ley universal de la cultura.
La ley que instalaría el tabú del incesto como el fundamento simbólico de la estructura familiar declara la universalidad del tabú del incesto, así como sus innecesarias consecuencias simbólicas. Una de esas consecuencias simbólicas de la ley así formulada es la desrealización de las formas parentales de gays y lesbianas, de hogares monoparentales y acuerdos familiares mixtos.
Un argumento que en ocasiones presenta el psicoanálisis es que aunque el incesto se supone que facilita la exogamia heterosexual, nunca funciona del todo bien y que la serie de fetichismos y perversiones que normalmente comprende la sexualidad humana demuestra el fracaso de la ley simbólica en su intento de ordenar completamente nuestras vidas sexuales. Butler cuestiona este argumento, ya que aunque la norma sea inhabitable, permanece sin cambios, y aunque se nos considere a todos como igualmente desviados, no rompe con la estructura conceptual que plantea una norma singular e invariable y sus desviaciones.
Hay formas de amor que están prohibidas o privadas de la realidad por parte de las normas que establecen el tabú del incesto, tanto la homosexualidad como el incesto pueden calificarse como dichas formas. En el caso de la homosexualidad, la desrealización conduce a una falta de reconocimiento como amor legítimo. En el incesto, conduce hacia una falta de reconocimiento hacia lo que pueden haber sido una serie de encuentros traumáticos.
“… Si el tabú del incesto es también lo que supone que instala al sujeto en la heterosexualidad normativa, y si como algunos defienden, esta instalación es la condición para una vida simbólica o culturalmente inteligible, entonces el amor homosexual surge como lo no inteligible dentro de lo inteligible: un amor que no tiene lugar en el nombre del amor, una posición dentro del parentesco que no es una posición.
Lo que surge de esto es una melancolía que está presente en la vida y en el amor que se encuentran fuera de lo habitable y fuera del campo del amor. Por ello es necesario repensar la prohibición del incesto como aquello que en algunas ocasiones ofrece protección contra una violación, pero que en otras ocasiones se vuelve el propio instrumento de violación.
Para Butler “si el psicoanálisis, en su teoría y practica, retiene las bases heterosexuales de parentesco como la base de su teorización, si acepta esas normas como coextensivas con la inteligibilidad cultural, entonces el psicoanálisis también se torna el instrumento a través del cual esa melancolía se produce a nivel cultural”.

Capítulo 8: Confesiones corporales

Según Foucault, en la noción cristiana del pastor se halla de forma implícita la idea de que el pastor conoce sólidamente a la persona que se dirige, y que la aplicación de este conocimiento es el medio a través del cual dicha persona está siendo dirigida y controlada. El poder pastoral es aquel mediante el que tiene lugar la administración del alma. Al aceptar el conocimiento sobre ellos mismos que se ofrece, aceptan que el discurso del pastor posee la autoridad de la verdad de lo que ellos son, y que les habla acerca de ellos a través del mismo discurso de la verdad.
En la confesión mostramos que no estamos completamente reprimidos ya que traemos a la luz los contenidos ocultos. El postulado que afirma que el “sexo está reprimido” está al servicio de un plan que nos hace revelar el sexo.
Siguiendo los postulados de Foucault el psicoanálisis no tiene que desentrañar deseos ni exponer su verdad en público (o sea no tiene que ser represivo), sino constituir una verdad sobre uno mismo a través del acto mismo de verbalización (enfatizando la fuerza performativa de la elocución hablada).
En la confesión lo que más se disfruta es hablar sobre sexo: la verbalización se convierte en la escena de la sexualidad. Butler nos invita a imaginar la confesión como un acto sexual, un hecho del deseo, ya que el habla se convierte en el vehículo del deseo. El cuerpo actúa a través del acto corporal de hablar. Todo lo que se diga no solo pasa a través del cuerpo, sino que constituye una presentación del cuerpo.
La confesión no solo “cambia al sujeto” de la fechoría en cuestión, sino que también puede funcionar para ocultar y racionalizar un sentimiento de culpa que se deriva de una acción que uno mismo no ha cometido. La confesión puede responder a un deseo de castigo, y convertirse en un alivio final de la culpabilidad. La culpabilidad funciona como una forma de castigo psíquico que preexiste al acto y a su confesión, y que se acrecienta al convertirse en la proyección de la amenaza del juicio que plantea el analista.
En la transferencia un acto de habla trata de comunicar un contenido, pero también trata de mostrar o representar otra serie de significados que pueden tener o no relación con el contenido que se enuncia.
Para Butler la importancia de la confesión en el psicoanálisis está en el hecho de que siempre mostramos algo más o diferente de lo que queremos, y que entregamos esa parte de nosotros mismos que no sabe a otro para que nos la retorne en una forma que no podemos anticipar.
“Si decir es una forma de hacer y parte de lo que se está haciendo es el yo, entornes la conversación es un modo de hacer algo juntos y convertirse en algo diferente…”

Capítulo 9: ¿El fin de la diferencia sexual?

¿Qué es una mujer?, ¿quién tiene derecho de decir quién es o quién puede ser una mujer? Estas son preguntas que el feminismo debe platearse, ya que no debe silenciar sus propios conflictos porque ‘cuestionar’ no debe ser entendido como ‘desacreditar’ sino también como ‘revitalizar’.
Se piensa que es posible deshacerse de la diferencia sexual, pero el mismo deseo de deshacerse de ella es una evidencia más de su fuerza duradera y de su eficacia. Para Irigaray, la diferencia sexual no es un hecho, no está asentada ni resuelta, mas bien permanece como aquello que no se ha formulado, o no se ha formulado en términos asertivos. La ética de Irigaray no se deriva de la diferencia sexual, sino que es una cuestión que plantea la diferencia sexual misma.
La diferencia sexual no es un hecho, no puede ser la base sobre la que se construya el feminismo, mas bien provoca la investigación feminista desestructurando la gramática de la afirmación persistiendo como algo a lo que interrogar.
La tarea de la apropiación de términos (de una modernidad excluyente) es ilustrar la vulnerabilidad de los mismos, ya que dichos términos no pertenecen a nadie en particular. “… se trata de forzar los términos de la modernidad para que acojan aquellos que tradicionalmente han sido excluidos, y que la acogida no sirva para domesticar y neutralizar al término que se reconoce de nuevo; dichos términos deberían seguir siendo problemáticos para el concepto actual de lo político, deberían exponer los limites de su alegación de universalidad y forzar un replanteamiento radical de sus parámetros…”
Butler encuentra algunas coincidencias insospechadas entre el Vaticano y la teoría queer. Ambos intentan deshacerse del género El Vaticano trata de deshacerse del género en un esfuerzo por rehabilitar el sexo, pero la teoría queer trata de de deshacerse del género en un intento de situar la sexualidad en primer plano.
Para Butler la diferencia sexual es un concepto fronterizo porque es el lugar donde se plantea y se replantea la pregunta de la relación entre lo biológico y lo cultural, pero donde no se puede contestar.
Butler es crítica de los intentos de separar el género de la sexualidad porque la reglamentación de género siempre ha formado parte del trabajo de la normatividad heterosexista, e insistir en esta separación equivale a perder la oportunidad de analizar esa operación específica del poder homofóbico.
Se observa un aumento del poder ideológico de la alianza Iglesia-Estado sobre el movimiento de las mujeres precisamente a través de la apropiación del discurso antiimperialista de dichos movimientos.
Butler nos invita a poner entre paréntesis lo universal ya que las convicciones culturales para su articulación no son siempre las mismas. Esto puede deshacer lo humano, pero también puede hace imaginar lo humano más allá de sus límites convencionales.
La noción de la universalidad es un término que se ha convertido en escandaloso porque amenaza con incluir a lo humano en ese “otro” en contra del cual se definió a lo humano. Un uso más radical de la universalidad puede atentar sus propios cimientos convirtiéndose en antifundacionalismo.
Estar excluido de lo universal y, a pesar de ello, hacer una afirmación dentro de sus términos es pronunciar una contradicción performativa. “Afirmar que lo universal todavía no está articulado equivale a insistir en que el “todavía no” es una característica propia de lo universal mismo: aquello que permanece “irrealizado” por lo universal es lo que lo constituye esencialmente. Lo universal empieza a ser articulado precisamente a través de los desafíos a la formulación que ya existe, y el desafío proviene de aquellos a quienes no incluye…”
Butler cree que para poder alcanzar lo humano en otro plano, lo humano debe convertirse en algo extraño a sí mismo, en algo monstruoso incluso.
Para Braidotti conviene a los objetivos del falogocentrismo construir la transformación como la superación de la diferencia sexual, para luego volver a instalar formas masculinistas de dominio y autonomía, de modo que se borre la diferencia sexual y el dominio simbólico específico de lo femenino, su futuro simbólico.
Según Braidotti el que el sujeto se produzca en la diferencia sexual parece significar que es un cuerpo sobre el que actúan otros cuerpos, produciendo así la posibilidad de una cierta transformación.
Butler critica que en “Metamorfosis” (de Braidotti) no se presente un programa para la transformación que diga qué y cómo debería transformarse. Butler apuesta por una conceptualización de la diferencia sexual que vaya más allá del binarismo y acepte la multiplicidad.
Butler problematiza el deseo butch, ya que puede ser experimentado como parte del “deseo de las mujeres”; pero también puede ser experimentado, nombrado e interpretado como un tipo de masculinidad que no se haya en los hombres. El deseo butch debe ser entendido como una permutación del deseo femenino.
Shoshana Felman en “The Scandal of the Speaking Body” afirma que el cuerpo da lugar al lenguaje, y que el lenguaje conlleva propósitos corporales y performa actos corporales que no siempre pueden ser comprendidos por aquellos que utilizan el lenguaje para lograr ciertos objetivos conscientes. En pocas palabras, los significados del cuerpo exceden las intenciones del sujeto.
La heterosexualidad no pertenece solo a los heterosexuales, ya que las prácticas heterosexuales no son lo mismos que las normas heterosexuales. El “soy” de “yo soy un hombre” lleva codificada en sí la prohibición “no puedo amar a un hombre”, de forma que la afirmación ontológica conlleva la fuerza de la prohibición misma.
Para Butler si se asume la tesis de una heterosexualidad primigenia surge la cuestión de la homosexualidad previa, ya que se necesita alguna explicación sobre como surge la heterosexualidad.
Butler problematiza la noción de mimesis, y ella considera erróneo pensar que todo tipo de mimesis deriva en un moralidad de esclavo que acepta y refuerza los términos de la autoridad. La voz que surge actúa como un eco del discurso del amo; sin embargo, este eco deja claro que existe una voz, que hay un cierto poder de articulación que no ha sido obliterado y que está reflejando las palabras mediante las cuales tiene lugar su propia obliteración. “Hay algo que persiste y que sobrevive, y las palabras del amo suenan diferente cuando son pronunciadas por alguien que, mediante su habla, su recitado, está socavando los efectos supresores de su afirmación”

1 comentario:

Anónimo dijo...

Mimesis e Iteración

Giancarlo: me gustó mucho tu artículo acerca de Butler. Sólo agregaría que la noción de "mimesis" es opuesta al pensamiento de la autora del Género en disputa por su opción por la noción de iterabilidad y cita (que va siendo construida, creo, desde sus primeros textos,).Úicamente podríamos aceptar en Butler una noción de "mimesis" si la entendemos siempre como re-presentación y jamás como presentación (en un sentido realista) de determinado orden de cosas o discursos (en términos de Derrida, de determinados "trazos").
Por otra parte, la mimesis como estrategis política disrruptiva presenta muchos peligros y esto es particularmente visible en textos como Espéculo o Ese sexo que no es uno de Luce Irigaray.
No obstante, es cierto, creo, que toda estrategia política conlleva peligros (el peligro de caer en la mera "imitación", el peligro de construir performativamente un "discurso unico" opresor en tanto que "poder supremo, ante el que no cabría más que construir un discurso-otro que, para ser eficaz, debería imitar la lógica excluyente que pretende criticar), pero ante la diversidad de estrategias políticas (incluidos los métodos de lectura), creo, debemos optar por aquellas que comporten una menor problematicidad o una menor potencialidad problemática. En este sentido, creo, la la estrategia de la repetición en tanto citación subversiva me parece mucho más fecunda que la idea irigariana de mimesis.
Un saludo afectuoso
Héctor