lunes, 21 de abril de 2008

Judith Butler "Deshacer el género" cap. 5 y 6

Capítulo 5: ¿El parentesco es siempre heterosexual de antemano?

El tema del matrimonio gay no es el mismo que el del parentesco gay. Cuando se afirma que el matrimonio es y debería seguir siendo una institución y un vínculo heterosexual se implica que las uniones gays no son relaciones de parentesco y que no deberían calificarse de tales a menos que asuman una forma de familia reconocible. Esto es afirmar que la sexualidad tiene que organizarse al servicio de las relaciones reproductivas. Hay una serie de relaciones de parentesco que no se conforman al modelo de familia nuclear biparental heterosexual.
Para Butler las prácticas de parentesco son aquellas que surgen para cuidar de las formas fundamentales de la dependencia humana (nacimiento, cría de niños, relaciones de dependencia emocional y apoyo, enfermedad, muerte, etc.)
La petición de los derechos del matrimonio trata de solicitar el reconocimiento e las uniones no heterosexuales y hacer que el Estado sea un guardián de un derecho que no debería brindar de manera discriminatoria. Pero el que la oferta del Estado pueda intensificar la normalización no está reconocido como un problema dentro del movimiento principal de gays y lesbianas.
Las variaciones del parentesco que parten de las formas de familia basadas en la heterosexualidad diádica normativa y afianzadas mediante el voto matrimonial se presentan no solo como peligrosas para el niño, sino también como peligrosas para las leyes supuestamente naturales y culturales que se dice sostienen la inteligibilidad humana.
Butler examina el debate francés sobre el parentesco y el matrimonio para mostrar que el argumento a favor de la alianza legal puede funcionar conjuntamente con una normalización estatal de las relaciones de parentesco reconocibles. La relación del movimiento gay y lésbico con el Estado es ambivalente porque se le busca para obtener reconocimiento, pero se le contraría por el control regulador que ejerce sobre el parentesco normativo.
Butler sugerentemente afirma que el matrimonio gay puede ser una forma de desear el deseo del Estado. Ser legitimado por el Estado conlleva entrar en los términos de legitimación que éste ofrece y encontrarse con que el sentido público y reconocible de la persona depende fundamentalmente del léxico de dicha legitimación. La autora también nos recuerda que la esfera de las alianzas íntimas legítimas se establece a través de la producción e intensificación de las regiones de la ilegitimidad. Las opciones fuera del matrimonio se están excluyendo como algo impensable. En tanto que sexualmente irrepresentables, dichas posibilidades sexuales pueden constituir lo sublime dentro del ámbito de la sexualidad contemporánea: un lugar de resistencia pura, un lugar no acogido por la normatividad. La reflexión crítica queer debe preguntarse por qué el matrimonio gay se ha convertido en el tema fundamental.
“Incluso dentro del campo de la sexualidad inteligible, los binarios que anclan sus operaciones permiten zonas intermedias y regiones híbridas de legitimidad e ilegitimidad que no tienen nombres claros, y donde la denominación misma cae en una crisis producida por los limites variables y a veces violentos de las practicas legitimadoras que se ponen en contacto de una forma incómoda y a veces conflictiva…”
Para Butler estos espacios híbridos o intermedios son no lugares donde el reconocimiento o el autorreconocimiento son precarios, no son lugares de enunciación, sino cambios en la topografía desde los cuales se puede cuestionar la audición de una afirmación: la afirmación del "todavía no sujeto" y del sujeto casi reconocible.
Las prácticas sexuales ininteligibles o que no aparecen como practicas coherentes en el léxico disponible de legitimación son lugares de una ontología incierta y difíciles de nombrar.
Los debates sobre el matrimonio o el parentesco gay se han convertido en espacios de desplazamiento de otros miedos políticos: sobre la tecnología, la nueva demografía, sobre la unidad de la nación, y a que el feminismo haya colocado el parentesco fuera de la familia incorporando a “extraños”.
El hecho de que aun en la mayoría de los países en los que se legisla sobre el matrimonio gay se haya prohibido de derechos de adopción a las parejas no heterosexuales muestra como el niño aparece en este debate como el espacio para la transferencia y la reproducción de la cultura. Los debates no solo se centran en qué es la cultura y quién debe ser admitido en ella, sino también trata sobre cómo deben reproducirse los sujetos de la cultura. Cuestionan también el papel del estado y su poder de conferir o retirar el reconocimiento a las diversas formas de alianza sexual. No se trata solamente de qué relaciones de deseo deben ser legitimadas por el Estado, sino en quiénes podría desear el Estado o quiénes podrían desear el deseo del Estado.
Butler sostiene que el deseo de reconocimiento universal es un deseo de ser universal, de ser intercambiable en la propia universalidad. La autora se pregunta a dónde irán las negatividades, tal vez se proyecten sobre aquellos que no han entrado o no entrarán en el dominio de lo santificado.
Aun cuando no se reconozcan ciertas relaciones humanas como parte de lo humanamente reconocible, en realidad ya han sido reconocidas, y lo que se busca negar es lo que de alguna manera ya se ha comprendido.
No lograr el reconocimiento estatal de los propios acuerdos íntimos puede experimentarse como una forma de desrealización cuando los términos de la legitimación del Estado son los que mantienen un control hegemónico sobre las normas del reconocimiento. Butler se pregunta si no hay otras vías para sentirse posible, inteligible o real aparte de la esfera del reconocimiento del Estado.
Para Butler el impulso actual a favor del matrimonio gay es en cierta manera una respuesta al Sida, y es una respuesta avergonzada en la que la comunidad gay busca repudiar su supuesta promiscuidad, una respuesta en la que aparece como saludable o normal y capaz de sostener relaciones monógamas duraderas.
Butler invita a que nos preguntemos si el impulso por ser reconocibles dentro de las normas existentes de legitimidad requiere que nos adheramos a una practica que deslegitima aquellas prácticas sexuales estructuradas de una forma externa a los lazos del matrimonio y a las suposiciones de la monogamia.
Butler sostiene que apelar al Estado en busca de legitimación es apelar a una fantasía ya institucionalizada por el Estado y alejarse de la complejidad social existente con la esperanza de convertirse en alguien “socialmente coherente”.
Butler es conciente de la ambivalencia de este debate o dilema porque la legitimación es un arma de doble filo: es central que políticamente reclamemos la inteligibilidad y el reconocimiento, y es central también que mantengamos una relación crítica y transformadora con las normas que rigen lo que contará como alianzas y parentescos inteligibles y reconocibles. En ese sentido nos invita a entablar una relación crítica con el deseo de legitimación.
Butler es crítica de los estructuralistas por la centralidad que le otorgan a lo simbólico, ya que desde esta perspectiva teórica se ve a la cultura como un todo unitario que tiene como fin reproducirse a sí misma a través de la reproducción del niño.
Para Butler el uso del tabú del incesto en Francia tiene una intencionalidad política porque busca reproducir la identificación implícita de la cultura francesa con la universalidad. Se invoca a la ley simbólica frente a la amenaza a la pureza cultural francesa causada por las migraciones, el mestizaje, la difuminación de las fronteras nacionales, etc. Así la cultura en ese debate es entendida como el espacio que es producto del arrinconamiento entre la heterosexualidad obligatoria y un mestizaje prohibido. Es así que la “cultura” saturada con la ansiedad y la identidad de la blancura europea dominante se reproduce a sí misma como universalidad misma. Es por ello que es importante plantear como posibilidades otros tipos de parentesco
Para autores como David Schneider el parentesco es una especie de hacer que no refleja una estructura anterior, sino solo puede entenderse como una practica representada.
La construcción de la heterosexualidad como simbólica, o su “elevación”a tal orden, ha sido la base de las afirmaciones de que el parentesco es siempre heterosexual de antemano. Este postulado de heterosexualidad fundadora (de la cultura) debe también ser leída como una operación de poder y de fantasía.
Para Butler hay consecuencias saludables de la ruptura del orden simbólico ya que puede que los lazos de parentesco que unen a las personas no sean más que la intensificación de los lazos comunitarios, puede que estén basados o no en relaciones sexuales duraderas y exclusivas, y puede que constan en ex amantes, no amantes, amigos y miembros de la comunidad. Este desplazamiento otorga a la sexualidad un dominio separado del parentesco.
Para Butler aun asumiendo que el Edipo sea universal, eso no confirma que sea la condición de la cultura. También invita a pensar el Edipo fuera de sus implicancias heterosexuales. Si lo simbólico precede a lo social ¿por qué los conservadores se preocupan tanto por los desviados? ¿No es que acaso lo social sí cambia lo simbólico y puede incluso subvertirlo?.
Apelar a la normalidad de las familias gays y lesbianas es aceptar que el debate debe centrarse en la distinción entre lo normal y lo patológico. Pero cuando asumimos la anormalidad como opción también caemos en el mismo juego de definiciones.
“La vida de la sexualidad, del parentesco y de la comunidad que se convierte en impensable dentro de los términos de dichas normas constituye el horizonte perdido de la política sexual radical, y ‘políticamente’ encontramos nuestro camino tras las huellas de aquello por lo que no se puede llevar luto”.

Capítulo 6: “El anhelo de reconocimiento”

Butler resalta el proceso que se inicia cuando el sujeto y el otro se reflejan a sí mutuamente; no siendo este reflejo el resultado de la fusión del uno con el Otro, ni una proyección que aniquila la alteridad del Otro.
El reconocimiento es ambivalente porque es a la vez la norma ideal de terapia, la forma ideal de comunicación, pero también es el proceso que amenaza constantemente con la destrucción.
Resalta la noción de “sobreinclusividad” de Jessica Benjamin, que dice que puede y debería haber una recuperación edípica de las identificaciones sobreinclusivas características de la fase preedípica, donde las identificaciones con un género no llevan al repudio del otro. Benjamin elabora un psicoanálisis no heterosexista. Aunque Butler le critica ciertas presuposiciones sobre el dimorfismo de género que limitan la radicalidad de su propuesta, y que el modelo de sobreinclusión no puede ser la única condición para reconocer la diferencia.
“Lo que el deseo también quiere es el deseo del Otro, cuando el otro se concibe como un sujeto de deseo… No es que yo quiera que el Otro me quiera, sino que quiero en la medida que he aceptado el deseo del Otro y he modelado mi deseo según el deseo del Otro.” Butler jugando con estos presupuestos afirma “yo quiero ser libre para desear a quien me está vedado desear, y de esta forma, quitarle el Otro al otro y, en este sentido, tener el deseo del Otro”
Butler cuestiona los postulados de Levi Strauss, y afirma que se “quiere” a las mujeres precisamente porque son queridas por el “Otro”. Cita a Eve Sedgwick quien plantea que lo que parece a primera vista como una relación de un hombre que desea a una mujer, es un vinculo homosocial entre dos hombres. Lo homosocial (diferente de lo homosexual) se articula precisamente a través de lo heterosexual.
A Butler le interesan las ambivalencias en la escena clásica del intercambio de mujeres, postulada por los estructuralistas El hombre que envía una mujer a otro hombre envía algún aspecto de sí mismo, y el hombre que lo recibe también lo recibe a él. Butler se pregunta ¿la mujer circula, pero se la quiere o solo es valiosa en tanto representa el deseo de ambos hombres?, ¿cuándo él se enfurece con ella por infidelidad se molesta porque ella rehúsa hacer el sacrificio que él ya ha hecho? El la ha perdido y eso le enfurece, y ella ha hecho realidad un propósito que él no puede o no quiere realizar.
La formulación queer del “intercambio de mujeres” no insiste en la primacía del falo, como hace el enfoque feminista lacaniano. No es que uno quiera el deseo del otro, porque ese deseo reflejaría de forma mimética la propia posición de tener el falo. “En cuanto se inicia la triangulación en la cual la heterosexualidad se transmuta en homosocialidad, las identificaciones proliferan precisamente con la complejidad que las posiciones lacanianas al uso o bien descartan o bien describen como patológicas. El tercero está dentro de la relación como una pasión constituyente, y en el “exterior” como el objeto de deseo parcialmente irrealizado y prohibido.
Resulta difícil o problemático decir si una persona transgénero es homosexual o heterosexual. El término “queer” se extendió precisamente porque se refiere a estos términos de indecibilidad productiva.
Brandon Teena (personaje inmortalizado por la película “Boys don’t cry”) se identifica como un hombre heterosexual, pero también hay varios momentos de desidentificación en los que la fantasía se rompe, por ejemplo cuando se tiene que poner un tampón. Así su identificación recomienza, debe ser reorquestada diariamente como una fantasía creíble, una fantasía que debe ser creída. Esto no es una simple negación de la anatomía, sino su despliegue erótico, su cobertura, su extensión prostética con el objetivo de una fantasía erótica recíproca. Butler menciona la escena en la que Brandon Tenna usa el dildo, y lo usa muy bien. Y ella atribuye a esto su asesinato en manos de esos hombres jóvenes, porque ella ocupa demasiado bien ese espacio que se supone le está negado. Butler se pregunta ¿Es Brandon una lesbiana o un chico? Para la autora Brandon no es una lesbiana porque la “conformación” solo significa que se instrumentaliza la anatomía de acuerdo con las normas aceptadas de la cultura y que se produce una “mujer” como el efecto de la instrumentalización y la normalización del género, aunque se permita que el deseo sea queer. Los placeres de identificación de Brandon exceden los del deseo y en ese sentido no se puede categorizar a Brandon como una lesbiana.
Butler se pregunta si es correcto presuponer el binario hombre/mujer cuando hay tantas vidas de género que no pueden asumirlo. Ella entiende uno de los postulados principales de Benjamin como: “cuando se reconoce que uno no está en el centro de la historia del otro, se reconoce la diferencia. Y si uno no responde a ese reconocimiento con la agresión, con la destrucción omnipotente, entonces se está reconociendo la diferencia como tal y comprendiendo esta característica distintiva del Otro como una relación de negación (‘no yo’) que nos resuelve mediante la destrucción”.
Butler lee a Hegel de la siguiente manera: “sea lo que sea la conciencia, sea lo que sea el yo, el sujeto solo se encontrara a sí mismo a través de una reflexión de sí mismo en otro. Para ser uno mismo se debe pasar a través de la pérdida de sí, y después de atravesarla nunca más ‘retornará’ a ser lo que era… El yo nunca retorna a sí mismo sin el Otro, su ‘relacionalidad’ se convierte en constitutiva de lo que el otro es”.
Ser un yo es estar a cierta distancia de lo que uno es, no disfrutar de la prerrogativa de la autoidentidad (o autocerteza en términos hegelianos), sino estar siendo siempre arrojado fuera de uno mismo, como otro de uno mismo.
Para Butler el reconocimiento se hace posible en un momento de vulnerabilidad. El reconocimiento contiene la destrucción para estar seguro; e implica que el yo no se posee a sí mismo, sino que se entrega al Otro por anticipado en cualquier relación posterior, pero de tal forma que el Otro tampoco lo posee. El contenido ético de esta relación con el Otro se encuentra en ese estado de “ser entregado”.
El yo siempre se está encontrando a sí mismo como el Otro, convirtiéndose en el Otro para sí mismo. El yo no acoge al otro, sino que se encuentra a sí mismo transportado fuera de sí mismo en una relación irreversible de alteridad. En un cierto sentido el yo ‘es’ esa relación con la alteridad. En ese sentido, el yo no puede pensarse como una unidad esencial original y autónoma, sino que se le tiene que comprender en su falta de unidad, en su relacionalidad.
Butler afirma “Lo que nosotros ‘somos’ es, fundamentalmente, un sujeto en una cadena temporal del deseo que solo ocasional y provisionalmente toma la forma de la díada”.

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