sábado, 12 de abril de 2008

Judith Butler "Deshacer el Género" cap. 3 y 4


Capítulo 3: Hacerle justicia a alguien. La reasignación de sexo y las alegorías de la transexualidad

Butler se pregunta ¿qué es un género coherente? El mismo criterio que hace que juzguemos a una persona como un ser con un género, que postula la coherencia del género como una presuposición de humanidad, rige la reconocibilidad de lo humano e informa las formas en que nos reconocemos o no en cuanto a sentimientos, deseos y cuerpos.
La mayoría de niños intersexuados son sometidos a cirugías que tratan de asignarles un sexo femenino, ya que se considera más fácil construir un conducto vaginal provisional que un falo. Estas cirugías son una violación al niño, y se apoyan en la idea de que el género tiene que nacer de formas singulares y normativas en el nivel anatómico. Para Butler, el género es un tipo diferente de identidad y su relación con la anatomía es compleja.
Para los médicos es preferible que los niños parezcan “normales” a privarlos de placer y función sexual. Estos cuerpos por ser inconcebibles son sometidos a esta serie de intervenciones quirúrgicas. Mas bien, se debería apostar por un mundo en el cual los individuos con atributos genitales mixtos puedan ser aceptados y amados sin tener que transformarlos en una versión más coherente o normativa del género. El movimiento intersex ha cuestionado por qué la sociedad sigue manteniendo como norma hegemónica el dimorfismo de género cuando un porcentaje importante de niños tiene cromosomas diversos, y cuando existe un continuum entre varón y hembra que sugiere la arbitrariedad y la falsedad del dimorfismo de género como prerrequisito del desarrollo humano.
La mayoría de veces para someterse a una cirugía transexual se debe asumir una posición esencialista de género (como se puede apreciar en la película Transamerica).
Butler explora el caso de David/Brenda, muy famoso por ser uno que cuestionaba la mutilación genital y las teorías de Money. Se le somete de niño por un accidente a una cirugía transexual para convertirlo en mujer, se le socializa como tal. Pero en su adolescencia se siente profundamente infeliz y falso, y descubre la verdad de su “origen”; entonces empieza a reclamar una masculinidad “arrebatada” para sí mismo. Para ello él y los médicos usan un lenguaje esencialista que naturaliza su masculinidad, y se la plantea como un retorno a lo inevitable, y es en lo masculino donde David se siente en sus propias palabras más humano. Para Butler tal vez las normas se hayan convertido en la propia mirada de David; pro tal motivo sus palabras no debieren ser vistas como “la verdad”. Butler invita a creer en las palabras de David, pero preguntarnos cómo debemos entender sus propias palabras. Al cuerpo y a la persona de Brenda/David se aplicó un dispositivo de saber que rara vez se cuestiona.
La propia narración de David sobre su sentimiento de ser un hombre es lo que apoya la teoría que dice que David es realmente un hombre y que ha sido siempre un hombre, incluso cuando era Brenda. Para Butler, David entiende que hay una norma de cómo se supone debe ser, y que él no está a la altura de dicha norma. Butler se pregunta ¿qué miraba Brenda en sí misma cuando se observaba en el espejo?
Butler sostiene que la humanidad de Brenda/David emerge en las maneras en que él no puede reconocerse totalmente, ni como totalmente desechable ni totalmente categorizable. David se posiciona en relación a la norma, pero no cumpliendo sus requisitos. David es lo humano en su anonimato, aquello a lo que todavía no sabemos cómo nombrar.

Capítulo 4: Desdiagnosticar el género

El diagnóstico de género puede funcionar para la patologización. Recibir el diagnostico de Gender Identity Disorder (GID- trastorno de identidad de género) es ser considerado malo, enfermo, anormal. Algunos psiquiatras y activistas trans luchan por eliminar la diagnosis, ya que la transexualidad no es un trastorno y se las debería ver más como practicantes de autodeterminación. Aunque Butler resalta que la autonomía es una forma socialmente condicionada de vivir en el mundo.
La diagnosis asume que las personas trans viven engañadas o en una disforia, que ciertas normas de género no han sido encarnadas apropiadamente y que se han asumido otras erróneas. Naturaliza las formas de género actuales y patologiza todo intento de producir el género de formas que no se conformen con las normas existentes. Aunque Butler reconoce que la diagnosis puede otorgar beneficios materiales sorbe todo para las transexuales de medios económicos limitados.
Para Butler el diagnóstico del GID es en la mayoría de los casos un diagnóstico de homosexualidad. Asume que la homosexualidad debe ser comprendida como una inversión de género y que la parte “sexual” sigue siendo heterosexual aunque invertida. De la misma manera que la bisexualidad no puede ser reducida a la suma de dos deseos heterosexuales, uno femenino que quiere un objeto masculino y otro masculino que quiere un objeto femenino.
Butler es crítica de estas categorizaciones rígidas porque las historias de vida son procesos del devenir, y las categorías pueden en muchos casos congelar esos procesos de devenir. La diagnosis de la disforia de género requiere que la vida tome una forma definitiva a lo largo del tiempo, un género solo puede ser diagnosticado si supera la prueba del tiempo.
Aunque las personas que se someten a este diagnóstico lo hacen en muchos casos de manera poco entusiasta o satírica, pueden internalizar una sujeción al diagnóstico. Algunos piden una reconceptualización de este proceso que rechace el lenguaje patologizante.
El sexo se convierte en inteligible a través de los signos que indican cómo debería ser leído o comprendido. Estos indicadores corporales son los medios a través de los cuales se lee el cuerpo sexuado. Estos indicadores son corporales y funcionan como signos por lo que no se les puede distinguir entre lo que es “materialmente” cierto y lo “culturalmente” cierto acerca de un cuerpo sexuado. El cuerpo no se puede leer sin estos signos, pero estos signos son irreductiblemente culturales y materiales a la vez.
Las personas deben someterse a cierto aparato regulador, en los términos de Foucault, para llegar a ejercer su libertad. La diagnosis es una compra de libertad renunciando a otra. Los únicos medios con los que empezar esta transformación es aprendiendo a presentarse uno mismo utilizando un discurso que no es el propio, un discurso que borra a la persona en el momento de representarla. Esta diagnosis es una suerte de chantaje porque se puede conseguir la propia vida, el cuerpo y el género que se quiere, si uno accede a falsear su propia identidad, y al hacerlo apoyar y ratificar el poder de esta diagnosis sobre más gente en el futuro.
Para Butler la diagnosis sigue siendo materialmente necesaria pero advierte que puede y debe ser utilizada estratégicamente. Y que puede socavar su propia presunción de que el individuo diagnosticado se encuentra afligido por una condición sobre la cual no puede ejercer ninguna elección, la utilización de la diagnosis puede subvertir los objetivos del diagnostico. La prueba del GID lo que examina es si uno puede definirse en el lenguaje de la diagnosis.
Esta diagnosis asume incorrectamente que partiendo del comportamiento se puede deducir qué identificaciones están funcionando en la vida psíquica de una persona concreta, y niega los aspectos de fantasía, sueño y estructuras no desarrolladas de comportamiento. La diagnosis también asume que podemos experimentar el sexo sin considerar cuáles son las ventajas culturales de ser de un determinado sexo, y que la diagnosis lee el sexo fuera de su matriz cultural. Hay análisis cuestionables y toscos que afirman que la transición de MaH (mujer a hombre) solo se da porque socialmente es más fácil ser un hombre que una mujer; pero estos análisis no se preguntan si es más fácil ser un trans que ser lo que se percibe como un biogénero (un género que parece “deducirse” del sexo de nacimiento). Además ser un hombre no es sinónimo de dominar el lenguaje requerido.
La diagnosis requiere que haya una “incomodidad persistente” o una “falta de adecuación” con respecto al sexo que se ha asignado. Se presupone que las personas sienten su género como el apropiado para ellos. La diagnosis asume que las normas de género están fijadas y que el problema consiste en asegurarse de encontrar la adecuada. La diagnosis no indaga si hay un problema con las normas de género que presupone como fijas e inmutables, ni si estas normas son las que producen angustia e incomodidad.
La diagnosis no observa que a través de la asignación se abren las posibilidades para la reasignación que excitan su sentido de agencia, del juego y de la posibilidad. La diagnosis funciona como su propia presión social: causa angustia, establece deseos como patológicos, e intensifica la regulación y el control de aquellos que expresan sus deseos en un marco institucional. La diagnosis alivia el sufrimiento, pero también intensifica el sufrimiento a ser aliviado.
Para Butler debemos ser deshechos con el fin de hacernos a nosotros mismos, debemos formar parte de una existencia más amplia en el tejido social para crear lo que somos. Hasta que las condiciones sociales hegemónicas cambien radicalmente la libertad requerirá la falta de libertad, y la autonomía estará implicada en la sujeción.

1 comentario:

Lunska Nicori:BegoñaGTreviño dijo...

¡Qué buen libro! Gracias por deterte en él en tu blog.
Un saludo