martes, 12 de febrero de 2008

Otra aproximación al dilema del "matrimonio gay"

Este ensayo lo presenté para mi curso de Deontología, etica y Sociedad en la Cato

Presentación del dilema

El tema del “matrimonio gay” sirve de plataforma ideal para entender la exclusión de las personas no heterosexuales del “orden simbólico”, o sea de la “realidad”, ya que el debate ha sido planteado en los términos de un sujeto hegemónico masculino heterosexual y blanco. En ese sentido el dilema que es, en efecto, el matrimonio para gays, transgéneros, bisexuales y lesbianas será planteado aquí no en los términos “usuales” que legitiman una mirada colonizadora sobre los cuerpos y las afectividades, sino que se le problematizará en torno a las miradas de a quienes se nos ha negado el habla. Por ello, no pienso argumentar sobre las virtudes de gays o lesbianas, ni sobre la idoneidad de nuestras relaciones, ni la normalidad de nuestros erotismos porque asumo que no es necesario decir que nuestras relaciones son tan apasionadas, excitantes, placenteras, frustrantes, egoístas y dolorosas como las heterosexuales, y también porque no intento generar simpatía apelando a la lástima, que la considero un mecanismo naturalizador de dominación.
El dilema es el siguiente: ¿nos sumamos a una maquinaria que jerarquiza y produce cuerpos normales a costa de la abyectización de otros, o generamos nuevas formas de reconocimiento que cuestionen la hegemonía de los estados sobre la legitimación del parentesco? Y para esta pregunta no hay soluciones fáciles, y es éste en realidad el corazón del dilema, o la razón que a mi juicio, convierte al matrimonio para personas TLGB en un dilema. Porque, como afirma Judith Butler, un simple sí o no como respuesta lo que hace no es solo aceptar los términos profundamente injustos en que ha sido planteada, sino legitimar la posición masculina heterosexual que la sostiene.

Situación geopolítica del “matrimonio gay”

Es útil situar el panorama geográfico del matrimonio gay. El matrimonio para parejas del mismo sexo existe como figura jurídica en: Bélgica, Canadá, Países Bajos, España y el estado de Massachusetts. Mientras que algún tipo de unión civil existe en: Andorra, Croacia, República Checa, Dinamarca, Finlandia, Francia, Alemania, Islandia, Israel, Luxemburgo, Nueva Zelanda, Noruega, Portugal, Groenlandia, Reino Unido, Suecia, Suiza, Australia, Austria, Hungría, Portugal y en algunos estados de EEUU (Hawaii, New Jersey, Vermont y California). En Latinoamérica existe algún tipo de unión civil en Buenos Aires, en algunas ciudades de Brasil, en Colombia y en México DF. En el Perú ya ha habido intentos legislativos para institucionalizar “uniones de hecho”, pero han fracasado.

El escepticismo de la teoría Queer

La aparición de la figura del matrimonio gay está relacionada a la visibilidad del VIH- Sida en la década de los ochenta en Occidente. El miedo al sida y a la “peste rosa” no fue solo el de la “sociedad heterosexual”, sino que muchos gays para disociarse del sida condenaron la “promiscuidad”. El matrimonio en ese contexto no solo le permitía a esta pequeña elite privilegiada acceder a una serie de derechos sino también disociarse del “sexo anónimo”, del sida y por tanto de la muerte. Para Leo Bersani, el sida ha hecho más visibles a los gays en Occidente pero solo como la historia de una muerte anunciada. Se nos permite “estar” en los medios de comunicación, se nos conceden ciertos derechos porque para el imaginario colectivo de la mayoría somos una especie en extinción, ya que el sida nos desaparecerá a todos. El “matrimonio gay” podría ser entendido así como la concesión de un deseo a un desahuciado.
El tema del “matrimonio gay” para el movimiento gay en muchos países de occidente ha sido más visible y más importante que, por ejemplo, los crímenes de odio, la violencia simbólica, la discriminación familiar, laboral, social, la deserción escolar, la alta tasa de suicidios de jóvenes TLGB, la violencia sexual, la exclusión económica, la violencia de las fuerzas del estado, etc. En el énfasis en el matrimonio probablemente haya un sesgo de clase considerable, y talvez quienes la demandan como la forma de exclusión central, ya tienen cubiertos y garantizados muchos derechos que la mayoría de personas TLGB no.
Es importante mencionar, que el “matrimonio gay” talvez salvo en España siempre restringe parcial o totalmente la reproducción no heterosexual. Entonces se permitiría que los gays o lesbianas se casen pero no que se reproduzcan. ¿Por qué? Si usamos el argumento de Bersani diríamos que se trata de que los gays sean exterminados no que se multipliquen. Las “uniones de hecho”, que son un acuerdo contractual entre personas sin importar su sexo, son una forma de no tocar el matrimonio y mantenerla como la norma inherentemente heterosexual, así como de impedir el ejercicio de derechos reproductivos de parejas TLGB.
Pero tal vez haya algo más y la heterosexualidad como norma obligatoria sea una pauta central de lo que entendemos como “cultura occidental” y sean los estados nación quienes a través del matrimonio la sostengan. Para el estado no es útil que los raros y anormales se reproduzcan, el estado quiere y demanda ciudadanos heterosexuales, talvez para ser más exactos el estado demanda y forma matrimonios biparentales heterosexuales que “garanticen” su supervivencia.

La teoría Queer en contra del matrimonio, pero…

Para la teoría queer es claro que el matrimonio es una institución de poder heteronomativa, que construye cuerpos heterosexuales, que cercena el placer, que privatiza discursivamente la sexualidad, y que invisibiliza otras formas de ser, vivir y sentir en un cuerpo. Lo que no es claro ni unívoco es la manera de posicionarse como movimiento crítico-subversivo frente al “matrimonio gay”.
El matrimonio es una forma de regulación del parentesco, pero más que ello es una forma de jerarquizar el parentesco. El matrimonio institucionaliza la heterosexualidad monogámica como la “Familia”, y es este modelo de parentesco biparental, heterosexual y exogámico el que se erige como la vara con la que se construye y mide la realidad. En ese sentido, otros vínculos afectivos, amorosos y comunales así como otras historias no occidentales van a ser invisibilizadas y subordinadas.
No se está cuestionando el pedido de reconocimiento para las uniones no heterosexuales, que no solo es justo sino que es necesario, y que el estado no debiere discriminar basándose en la orientación sexual de las personas. Lo que es más complejo y cuestionable, en cambio, es la posibilidad de cimentar una normalización jerárquica al reforzar una institución como el matrimonio.
En pocas cuentas, no se cuestiona que las personas TLGB merezcamos respeto, pero qué pasa cuando esta legitimación tiene costos sobre la regulación de otros tipos de parentesco. Es decir, qué pasará con aquellos gays que no acepten renunciar a una vida polígama o no monogámica, con aquellas lesbianas que crían hijos juntas y no mantienen un vinculo afectivo exclusivo, con las familias monoparentales, con aquellos ex amantes que son amigos íntimos, con amantes que tienen sexo casual no anónimo, con aquellos amigos que viven juntos y son redes de soporte mutuo ante el rechazo de la familia biológica, con las redes de travestis o transgéneros que sirvan para sobrellevar la exclusión, entre otras formas de vínculos.

El psicoanálisis estructuralista en contra del matrimonio

Levi Strauss ubica en el tabú del incesto el origen de la cultura. Y esto sería así porque se legitima la superioridad del “padre”, se acepta su ley, y se generaría una economía política del sexo que serviría para generar dos compartimentos identitarios mutuamente excluyentes y jerarquizados (lo masculino y lo femenino). Luego, psicoanalistas estructuralistas van a releer a este autor y a Freud para argumentar que la familia es y tiene que ser heterosexual, y que una familia gay no sería nada más que una conjunción de sicóticos que peligrosamente atenta contra los cimientos de la cultura.

La teoría Queer y su crítica al psicoanálisis estructuralista

Lo que hay en estos teóricos estructuralistas, psicoanalistas de manual, es una visión sin ambivalencias del parentesco. Ya que para empezar las figuras del “padre” y de la “madre” son figuras simbólicas, no necesariamente reales, ni necesariamente “femeninas” y “masculinas” respectivamente. Pero no solo eso, sino que los planteamientos de Levi Strauss y Freud han sido ya problematizados y se han evidenciado sus vacíos. Tanto el complejo de Edipo como el tabú del incesto cometen un error tautológico, ya que supuestamente son necesarias las figuras del padre y la madre para construir las identidades de género masculinas y femeninas, Pero la propia conceptualización del Edipo como la del incesto ya está generizada, desde el inicio naturalizan lo femenino y lo masculino. En otras palabras se propone que lo masculino y lo femenino crean lo masculino y lo femenino.
Si seguimos con el complejo de Edipo es importante mencionar que según los planteamientos de Freud, como la lectura lacaniana, de esto deviene de manera obligatoria la identidad de género, en su versión “exitosa”, como heterosexualidad obligatoria. En ese sentido, el incesto y la homosexualidad, pese a existir, son postuladas como irreales e inexistentes. Y talvez indirectamente el psicoanálisis sea responsable de la asociación entre homosexualidad e incesto (en la conceptualización de pedofilia). Al ser ambas conceptualizadas como lo ininteligible, el psicoanálisis comete una falta ética importante, porque no diferencia a un ser que violenta el cuerpo de otro ser humano cuya capacidad de autonomía es por lo menos cuestionable, de seres humanos que son violentados al ser sus amores y pasiones la “nada”.
En ese sentido el dogmatismo se confunde con ciencia, o la ciencia sirve al dogmatismo, y esto no es nada nuevo. Han sido curas, jueces y médicos quienes nos han convertido a los homosexuales en pecadores, delincuentes y enfermos. Y esto es importante mencionarlo porque es esta nominación perversa la que nos construye a los homosexuales como homosexuales. La homosexualidad no es una categoría ahistórica o atemporal. Foucault sitúa la creación de la homosexualidad en el siglo XIX por la medicina que la patologiza para conceptualizarla. En ese sentido, la heterosexualidad tampoco es una categoría ahistórica y universal, y debiéramos cuestionar su carácter exclusivo de inteligibilidad de la realidad que nos construye a quienes disidimos de ella como irreales e impensables. Eso no quiere decir que antes de esa época no hayan existido vínculos amorosos, sentimentales, eróticos, amicales entre hombres o entre mujeres, sino que no eran conceptualizados como una categoría especial de seres humanos con un acceso sistemáticamente diferenciado a derechos y recursos.
Resulta interesante que estas formas univocas y totalizadoras de entender la realidad nieguen maneras y narrativas “otras”. En ese sentido, resultan de particular relevancia los planteamientos de Eve Kosofski Sedgwick. Ella releerá a Levi Strauss y dirá que el “intercambio de mujeres” no solo es un intercambio entre comunidades, sino que es un la canalización de un vínculo homosocial ente hombres, que usa como medio el cuerpo de las mujeres. Así para Sedgwick sería el vínculo homosocial y no el tabú del incesto el origen de la cultura. Pero no es mi intención generar otra narrativa de génesis, sino mostrar su multiplicidad, ambigüedad, complejidad y arbitrariedad.

Una crítica queer a la teoría queer: A favor del matrimonio, pero…

Es importante mencionar que el matrimonio otorga una serie de derechos económicos, patrimoniales, políticos y sociales, de los que las personas no heterosexuales estamos excluidas. Esta exclusión tiene graves consecuencias en la vida de personas TLGB, en su autopercepción como seres humanos, en las dificultades que atraviesan nuestras relaciones y en la limitación a la reproducción.
El hecho de que el estado ostente el monopolio de legitimación sobre la sexualidad es inaceptable, para un movimiento crítico-subversivo, pero también es inaceptable que una elite cultural y educada le diga al resto de gays, lesbianas y transgénero que renuncien a la posibilidad de acceder a una serie de derechos que harán más llevaderas sus vidas por reforzar una institución que es concebida por esta elite académica como jerarquizante y normalizadora.
Un simple no al matrimonio implica que cuando vayas al hospital a visitar a tu amante probablemente no te dejen entrar, que si tu pareja entra en coma no puedas ejercer derechos de decisión, que si tu amante muere no vayas a recibir el cuerpo, que en el caso de hijos el progenitor no biológico no tenga capacidad para contrarrestar las reclamaciones judiciales de los parientes biológicos y pierda la custodia, e incluso el derecho a ver al niño, implica también que los miembros de una pareja no puedan proveerse de prestaciones sociales y sanitarias entre ellos, etc.. Si no se generan por lo menos esbozos de alternativas viables al matrimonio como formas de legitimación del parentesco y de dotación de derechos, cómo se puede pedir renunciar a la posibilidad de la legitimación, cómo se puede pedir renunciar a la posibilidad de obtener respeto y ser parte de la “realidad”.
Tampoco se pueden subestimar las implicancias deconstructivas del matrimonio más allá de la heterosexualidad. Como dije anteriormente se puede argumentar que el matrimonio es un vehículo para jerarquizar el parentesco y los afectos, pero en su configuración la heterosexualidad no es una opción sino una obligación. Por tanto la posibilidad de matrimonios para transgénero, lesbianas, gays o bisexuales no solo implica una sumatoria a una norma que se vería reforzada, sino que es un cuestionamiento desde dentro de la misma norma de la rigurosidad con la que se concibe la sexualidad, y uno de sus pilares que es la heterosexualidad obligatoria que necesita de cuerpos que se asuman como masculinos o femeninos y cuya identidad y deseo se excluyan mutuamente. Según Adrianne Rich la heterosexualidad implicaría una subalternización femenina, si el matrimonio no va a ser el espacio ontológico donde se legitime una unión asimétrica que convierta en funcionales los cuerpos de las mujeres, no se estaría haciendo poco al cuestionar su obligatoriedad. Además, el matrimonio para personas TLGB también cuestiona el vínculo inefable entre parentesco y reproducción biológica heterosexual. Descentralizar el parentesco implica reconocer que los vínculos afectivos no necesariamente, ni mayoritariamente pasan por vínculos sanguíneos, y que los vínculos sanguíneos no generan necesariamente vínculos de parentesco, y que los vínculos de parentesco no duran para toda la vida.
Una apuesta por el matrimonio para las personas TLGB tiene que ser autocrítica y conciente de su posición discursiva, y no se puede pretender simplemente apelar a la normalidad y desearla, sino que debieran ir acompañadas de políticas culturales, económicas, educativas, y sociales que cuestionen la obligatoriedad del matrimonio para ser y vivir en el mundo, así como la heterosexualidad o la subalternidad para amar.

Mi ambivalente respuesta al dilema

En lo personal, creo que no me casaría por algunos de los motivos antes expuestos, pero lo que me parece inaceptable es que el estado me prohíba elegir. No se trata solamente de que quiera o no casarme, sino que ni siquiera exista la posibilidad de pensar como una realidad plausible el matrimonio para mí. Además, sostengo que el matrimonio debiere ser una opción porque creo que los seres humanos debemos ser libres incluso para jodernos la propia vida, siempre que lo hagamos voluntaria e informadamente.

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