viernes 3 de julio de 2009

Cuando ella es invadida

De nuevo cuelgo parte de mi tesis de licenciatura. Estoy revisando mi tesis porque deseo terminar lo que sería mi primera publicación. Y espero este proyecto se concrete el proximo año.



Su familia nunca aprobó esta relación porque consideraban que su novio era un ebrio, y que no hacía nada provechoso con su vida. No obstante, ella hizo que él entrara a su habitación en más de una decena de oportunidades. Su mamá lo veía en su cama, y le decía que lo despertara para que su hermano no lo vea. Lo que Vanesa aprecia más de su madre es su complicidad.

En una ocasión lo metió a su cuarto cerca de las doce de la noche, cuando toda su familia dormía. Tuvieron sexo y sus gemidos fueron oídos por la vecina, quien empezó a gritarles “inmorales” y a golpear su puerta. Esta vecina sale al parque y trae a un miembro del serenazgo, y empieza gritar a todo pulmón; se despiertan todos en casa. La vecina les increpaba que en el cuarto de Vanesa había un hombre. Su pareja se había escondido detrás de una puerta. Mientras que el sereno les informa que va a ingresar a su casa para constatar que no hubiere ningún hombre, y que si lo encontraba tendrían que ir a la comisaría. Vanesa dejó entrar al policía municipal pese a que “sabía” que no tenía por qué hacerlo. Es su hermano mayor, el que siempre la ha molestado, quien ayudó a esconder a su novio en uno de los cuartos. Luego su mamá tuvo que esconderlo en su propia habitación porque el sereno estaba recorriendo una por una las habitaciones de la casa. Pero la insistente e intolerante vecina, sabía que ahí dentro había un hombre y empujó a Vanesa para intentar ingresar a su casa, pero Vanesa le tiró una cachetada y le increpó su actitud. Al terminar la revisión y no encontrar a nadie, Vanesa le dice airosa al sereno que lo dejó ingresar porque ella quería, porque ella podía hacer entrar a 10 hombres a su cuarto y que no era su problema.

El matrimonio es una forma de regulación del parentesco, pero más que ello es una forma de jerarquizar el parentesco. El matrimonio institucionaliza la heterosexualidad monogámica como la “Familia”, y es este modelo de parentesco biparental, heterosexual y monogámico el que se erige como la vara con la que se mide y construye la realidad. En ese sentido, otros vínculos afectivos, amorosos y comunales así como otras historias no occidentales van a ser invisibilizadas y subordinadas.

La relación de Vanesa y su novio no es concebida como una forma de parentesco legítima. Por ello el representante estatal y la vecina creen que pueden ingresar a la casa de Vanesa y buscar al “ser asqueroso” que tendría sexo con ella. Y por eso también ella y su familia “aceptan” que ingresen a buscarlo.

Resulta importante resaltar que el representante estatal busca una evidencia ‘material’, el cuerpo de un hombre, del delito que finalmente considera la homosexualidad. La ‘homosexualidad’ de Vanesa es postulada como un crimen, pero necesita ’materializarse’ en sexo, en gemidos, en gritos para poder ser sancionada. Esta búsqueda de este cuerpo ratifica el lugar excrementicio de Vanesa, a la vez que visibiliza cómo puede contaminar otros cuerpos. En esa escena los cuerpos de Vanesa y su novio se pierden y hacen uno. Finalmente el cuerpo que se pretende encontrar es uno que está marcado por la presencia de Vanesa. Incluso los límites entre los cuerpos de los familiares de Vanesa y el cuerpo de ella se hacen más borrosos, porque todos esos serán cuerpos asquerosos y tendrán que comprobar que están limpios de manchas.

Bhabha sostiene que el discurso colonial construye el conocimiento oficial de los sometidos, conocimiento que autoriza las intervenciones de poder y las formas de dominio colonial, que a su vez construye y resalta las diferencias, produciendo así un subalterno identificable y “utilizable” (Vega 2006b). En este caso “el conocimiento oficial” es uno que asume la heterosexualidad biparental monogámica como única forma legítima y autoriza la violencia contra Vanesa y su familia. Y se utiliza su “otredad” identificable y funcional, para legitimar esta penetración de dominio.

En términos de Spivak habría que decir que la carencia de un lugar enunciativo de Vanesa hace imposible un diálogo con el policía (o incluso la vecina). Penetran su casa porque no hay un sujeto con el que discutir, ni un espacio ontológico para dialogar. Solo está el representante del estado y un ser que es definido por su carencia.

No obstante, es un acto corporal de protesta el que comete Vanesa contra su vecina en forma de una cachetada. Esto visibiliza las grietas de la colonialidad, ya que lo que no pudo hacer al principio es corporizado como una afrenta personal al cuerpo del agresor al final. Esto es valioso porque bajo el mismo mecanismo que el cuerpo de Vanesa y su novio se hacen uno, los cuerpos de la vecina y del ‘sereno’ se pierden en sus límites. Entonces no solo se trata de una ofensa individual a otro cuerpo ‘individual’, sino de una potencial respuesta a un cuerpo colectivo que es definido por una marca estatal-nacional-heterosexual.

En ese mismo sentido, conviene explorar los motivos del pánico de la vecina. Este pánico parece responder a la constatación de su propia carencia o incompetencia. Vanesa performa mejor que ella la feminidad, una feminidad en la que ser el centro del deseo del hombre es central. En otras palabras, los gemidos del novio de Vanesa le recuerdan a la vecina que Vanesa es “más” y “mejor” mujer que ella. Lo insoportable (para esta vecina) es que ella envidie la feminidad de Vanesa. Entonces, no se puede invisibilizar como lo intentan hacer la vecina y el agente policial, la veracidad de la performance de una feminidad (heterosexual) de Vanesa.[1] Su veracidad resulta tan amenazante que es necesaria la agresión y la invasión que la convierta en delito.

Es evidente que no hay nada esencialmente criminal en el sexo de Vanesa y su novio. Esta criminalidad, en esa escena, es producida performativamente por la prohibición/intervención/invasión. El antes (sexo homosexual criminal) es construido como tal por un efecto de la heteronormatividad que naturaliza así su hegemonía.

Eve Sedgwick (1999, 2003) plantea entender el performativo no solo en términos temporales (como la citacionalidad supone) sino también espaciales. La autora llama periperformativo a los espacios alrededor de un centro performativo. Sedgwick va más allá y plantea como ejemplo paradigmático de performatividad queer el aparentemente impersonal “¡que vergüenza!”.

Podríamos sostener que la vecina con su intervención en el hogar de Vanesa le dice “yo te desprecio”. Esta afirmación supone un “yo” y un “tú”, que son bastante obvios. El poder performativo del enunciado radica en efectivamente producir como objeto de desprecio al “tú”, Vanesa. Pero hay un tercer pronombre que está implicado en todo performativo y es el “ellos”. Este “ellos” se supone debe compartir con el “yo” la convención que sancionan. “Ellos” pueden estar presentes o no, pero siempre son apelados. En esta escena, el “ellos” bien podría ser la familia de Vanesa.

Volvamos a analizar esta escena con el performativo “¡que vergüenza!” y con los tres pronombres implicados. Así, podemos imaginar a esta vecina diciendo “¡Qué vergüenza! ¡Que vergüenza deberías sentir!”. Y este enunciado puede haber sido desplazado por cada uno de los miembros de la familia de Vanesa y aun mantener o conservar un vínculo con la vergüenza. Vanesa puede haber dicho “¡que vergüenza! ¡que vergüenza para la vecina que envidie tanto mis gemidos!”. Alguien podría ser más suspicaz e intentar crear algún potencial romance; por ejemplo la madre de Vanesa podría decir “¡que vergüenza! ¡que vergüenza para esta mujer que esté tan desesperada por llamar la atención del policía!”. Alguna de las hermanas de Vanesa podría haber agregado “¡que vergüenza! ¡Qué vergüenza para esta mujer el desear tanto al novio de mi hermana que tiene la mitad de sus edad!”. Finalmente alguien habría podido esbozar lo siguiente: “¿qué vergüenza? ¡Pero si sentir vergüenza es genial! ¿No quieres también sentirla?”. Todos estos fantasiosos (no por ello imposibles) ejemplos muestran el poder de los desplazamientos del performativo, y la capacidad de resignificar las palabras.

La vecina le dice a Vanesa “¡Yo te desprecio! ¡Te desprecio en nombre de los vecinos, de la comunidad y del Estado!”. La familia que protege a su hija y esconde al amante no ratifica este enunciado, mas bien parece rechazarlo, aun sin el uso de un performativo explícito. Talvez podríamos postular las respuestas de la familia como periperformativos. La familia de Vanesa, que es parte del “ellos” al que se apela, parece decir “No desprecies a Vanesa frente a mí”, “No desprecies a Vanesa en mi nombre”, “No cuentas con mi apoyo”, “Tu nosotros no me incluye”. Aquí la tercera persona “ellos” cuestiona su supuesta pasividad y socava la autoridad de la primera persona “yo” y de las convenciones sociales que cita.

[1] Halberstam (2005) resalta la veracidad de la masculinidad de Brandon Teena (inmortalizado en la película “Boys don’t cry”, y la envidia que los hombres heterosexuales tenían al deseo que concitaba, a la vez que les mostraba sus propias incompetencias en el terreno de lo “masculino”.

viernes 26 de junio de 2009

Cuando su cuerpo sangra y calla


Desde sectores “progresistas” se nos pide (casi demanda) que vivamos orgullosamente el ser gays, lesbianas, trans o bisexuales (o lo que seamos). Esto generalmente implica una demanda de renuncia de la vergüenza y de la vulnerabilidad. Nos dicen “pero no eres marica, eres gay” o “no te pongas en la posición de víctima”. Esta clase de políticas pueden tener resultados contraproducentes para los movimientos críticos de la heteronormatividad. Ese pedido liberal nos dice “renuncien a su historia”, a una historia que está marcada de exclusiones violentas sí, pero que es nuestra historia. “Renuncien, todos los sujetos tenemos la misma historia”. Este discurso naturaliza e invisibiliza la dominación. Yo creo más bien que la relación tensa entre vergüenza, vulnerabilidad e historicidad es la que nos abre las puertas y ventanas de la resignificación, los desplazamientos y la (tan anhelada) subversión.


Es por ello que me interesan tanto las narrativas y testimonios de vida. Creo que es posible citar experiencia de nuestras vidas marcadas por el dolor para hacer que nuestros agresores no salgan tan intactos, para que no salgan tan "bien parados". También es una forma de hacer justicia a nuestras historias.


A continuación presento un extracto de mi tesis de licenciatura que he revisado, y es parte de la historia de vida de una travesti llamada Italo.


A los 8 años y después de jugar con sus hermanos, fue a devolverle la pelota a un amigo suyo, al que todos le decían “maricón”, pero Italo no sabía qué significaba eso. Este amiguito vivía al final de una quinta larga; en el camino se le acercó Jaime, un vecino de su barrio y le dijo “quiero hablar contigo”, Italo se negó porque estaba prohibido de hablar con ebrios. Corrió hasta la casa de su amigo, y al llegar le devolvió su pelota y le pidió que lo acompañara. En el camino ambos pequeños fueron interceptados; Italo empujó a su amigo sobre sus agresores y corrió desesperado, pero Jaime y otros jóvenes lo atraparon, le torcieron el brazo y lo agarraron del cuello. Italo gritó y gritó mucho, pero lo obligaron a callar, y antes de meterlo a un cuarto oscuro, pasó un niño al que Italo le gritó “avísale a mi hermano”, el muchacho preguntó “¿qué quieren hacer con el chico?”, los hombres sacaron un cuchillo y lo amenazaron, y el niño se fue. Ya en el cuarto, al Italo resistirse, le cortaron el pecho con el cuchillo, le rompieron la ropa y lo violaron todos. Lo obligaron a callar al amenazarlo con matar a sus padres y hermanos si le contaba a alguien lo que le hicieron.

Esta escena refleja la gran violencia que se comete contra los cuerpos de niños, en especial contra aquellos no heterosexuales. Hay una creencia popular que dice algo como que “al hombre que violan lo vuelven maricón” (y esta violación es definida básicamente como una penetración anal). Esta afirmación es sumamente compleja y se me ocurren dos posibles lecturas.

La primera lectura sería entenderla como un prejuicio que esconde también contenidos verdaderos, pero tal vez transfigurados funcionalmente para acomodarse al deseo del sujeto hegemónico. Es decir pareciere que en vez de que por ser violados se vuelven maricones, se les viola por ser maricones. Y este “ser maricones” alude a un no “ser hombre”, a una carencia de masculinidad. Por tanto esta lógica implicaría a los cuerpos de todos los niños, todos los sujetos no heterosexuales y las mujeres. Basta recordar, que hay otro niño en la escena que también es violentado. El pequeño que es amenazado con un cuchillo y posiblemente con correr un destino similar al de Italo. Su pregunta “¿qué quieren hacer con el chico?” es respondida con una amenaza. Ni su cuerpo ni su posición eran muy diferentes de los de Italo. Italo también reconoce ello, y por esa razón es que le duele aun más que este muchacho no haya hecho nada para ayudarlo. Estos cuerpos maricas le deben sumar a su subalternidad su muy joven edad, que hace más precario aún su acceso a un lugar de enunciación habilitante desde el que no permitir este tipo de agresiones.

La segunda lectura le da más crédito al sentido común popular, y analiza este hecho como un ejercicio sangriento de performatividad mediante el que se construye la masculinidad heterosexual como origen, y que efectivamente produce cuerpos maricas, cuerpos otros a los que es legítimo violentar.

El deseo homoerótico es un deseo negado socialmente, pero no por ello es inexistente, sino que es latente, y está estrechamente ligado a una violencia erotizada por la represión y estigmatización cultural que lo define. Estos agresores necesitan producir un maricón, Italo, para poder justificar y legitimar su deseo homoerótico. Necesitan producir anormales para construir al sujeto “normal” limpio de manchas.

Mary Douglas (1973) afirma que los límites del cuerpo son frágiles e inestables y están amenazados por diversas formas de contaminación. Butler (2001) relee los planteamientos de Douglas para aseverar que los límites del cuerpo son los límites de lo socialmente hegemónico. Butler además argumenta, en torno a la obra de Kristeva, que el límite entre lo interno y lo externo se hace muy ambiguo por los conductos excrementales. Las sucesivas penetraciones anales a Italo en esa escena sirven para estabilizar los límites de los cuerpos de sus agresores. Y es de esta forma que Italo es literalmente convertido en mierda.

Si la violación a Italo tiene el efecto performativo de producir un maricón es porque también produce hombres heterosexuales. Esta producción de hombres heterosexuales también puede ser entendida como una declaración de identidad. Y no como cualquier declaración de identidad, sino una que proclama: “soy hombre”. Este es un ejemplo radical de (ciertas) declaraciones identitarias que en su afirmación de un “ser” implican deshacer y eliminar.

Ambas lecturas no son mutuamente excluyentes. Si los jóvenes hombres violan a Italo por ser un maricón es porque citan determinadas convenciones. Italo ya era llamado “maricón”. Esta citación se sitúa en un proceso de historicidad violenta. Si los hombres jóvenes producen a un maricón mediante la violación es porque las normas implican su propia imposibilidad. En suma, ambas lecturas muestran que las normas se citan, pero también porque se citan son precarias.

Homosexual será solo el niño violado, Italo, mas los agresores no. Pese a que en el hecho en cuestión los sujetos deseantes son estos hombres jóvenes veinteañeros que lo agreden. Allí hay un mecanismo de saber/poder que anormaliza y patologiza la sexualidad y performance genérica alternativa a la heterosexualidad, pero a su vez niega sus propios contenidos no heterosexuales. Es el contenido fuertemente erótico y de deseo el que se intenta esconder.

Los hombres agresores de esta escena se (re)presentan como un cuerpo masculino colectivo (un solo cuerpo hecho por muchos hombres heterosexuales) que violenta a un cuerpo abyecto. Sin embargo, ¿este mecanismo fue tan “exitoso”? Es decir ¿la violación del pequeño Italo de verdad deja incuestionable la heterosexualidad de sus agresores? Tal vez no, porque en esta escena se (re)presenta una configuración de homoerotismo y homosocialidad ligada a la violencia y sobre todo a la violación (Sedgwick 1985), pero que objetiva como recipiente de deseo no solo al cuerpo del pequeño niño. El cuerpo de Italo es construido como algo más que un receptáculo pasivo de deseo homoerótico, este cuerpo en verdad es construido de manera funcional como un recipiente que conecta los deseos de sus agresores. En otras palabras, los deseos sobre el cuerpo de Italo enmascaran un deseo innombrable, el deseo de esos hombres por ellos mismos. En simple, ellos se tocan a través del cuerpo de Italo.

Si entendemos la heterosexualidad (sobre todo la más iracunda) como el deseo de un hombre por una(s) mujer(es) que el jamás quisiera ser (Butler 2001), la violación de Italo podría encajar en esta configuración. Ese “maricón” que ellos jamás quisieran ser es “lo” que desean. Pero y ¿qué es lo que pasa entre los “agentes” de deseo? ¿Esta escena no es acaso también una articulación de deseo masculino narcisista entre hombres que “encarnan” los valores de virilidad, agresión y fuerza (que en esas redes de homosocialidad son tan preciados) por ellos mismos?

Judith Butler (2006) sostiene que para que lo humano sea humano debe relacionarse con lo no humano (con lo que está fuera de sí mismo, pero que es continuo consigo mismo). En ese sentido, lo humano excede sus límites en el mismo esfuerzo de establecerlos. La heterosexualidad solo existiría a partir de la creación de la homosexualidad como categoría, pero ninguno de sus intentos de escindirse radicalmente de la homosexualidad es totalmente exitoso. Se logran establecer límites, y muchas veces de maneras tan cruentas como en esta escena, pero estos límites son siempre, y hay que reiterarlo, precarios.

domingo 21 de junio de 2009

Semana de la Diversidad sexual en la PUCP




Aquí está la programación de la Semana de la Diversidad sexual en la PUCP organizada por GPUC GUDS y el colectivo Acción Crítica.




Lunes 22

Proyección de película: Mi vida en rosa. Director: Alain Berliner.
Comentarista: Norma Fuller. Antropóloga.
Lugar: Auditorio de la Biblioteca Central.
Hora: 1 PM.

Charla: Una introducción a la diversidad sexual.
Ponentes:
Manolo Forno. Activista LGBT.
Norma Fuller. Antropóloga.
Belissa Andia. Activista LGBT.
Lugar: Estudios Generales Letras (316).
Hora: 6 PM.

Martes 23

Proyección de película: My own private Idaho. Director: Gus Van Sant.
Comentarista: José Luis Rosales. Sociólogo.
Lugar: Auditorio de la Biblioteca Central.
Hora: 1 PM.

Miércoles 24

Proyección de película: Boys don´t cry. Director: Kimberly Peirce.
Comentarista: Tilsa Ponce. Socióloga.
Lugar: Auditorio de la Biblioteca Central.
Hora: 1 PM

Charla: Transexualidad y travestismo.
Ponentes:
Giancarlo Cornejo. Sociólogo.
Giuseppe Campuzano. Filósofo y Artista.
Lugar: Estudios Generales Letras (316).
Hora: 6 PM.

Jueves 25

Charla: Activismo LGBT en el Perú y la PUCP.
Ponentes:
Susel Paredes. Abogada.
María Luisa Machuca. Estudiante PUCP.
Liliana Huaraca. Estudiante PUCP.
Lugar: Auditorio de Ciencias Sociales.
Hora: 6 PM.

Viernes 26

Proyección de película: Transamerica. Director: Duncan Tucker.
Comentarista: Giancarlo Cornejo. Sociólogo.


Lugar: Auditorio de la Biblioteca Central.
Hora: 1 PM.

Proyección de película: XXY. Director: Lucía Puenzo.
Comentarista: Gonzalo Portocarrero. Sociólogo.
Lugar: Auditorio de la Biblioteca Central.
Hora: 5 PM.

Sábado 27: Concentración para la Marcha del Orgullo Gay.
[Tendrá como tema "En la Diversidad, Unidas y Unidos" y como lema "Por la vida, la paz y el respeto a nuestro pueblos amazónicos...¡Jamás podrán callarnos!"].
Lugar: Puerta principal de la Pontificia Universidad Católica del Perú.
Hora: 2 PM.

miércoles 17 de junio de 2009

Coloquio Internacional Epistemologías de la resistencia

Esta semana presentaré la que considero mi más audaz ponencia hasta la fecha en el marco del Coloquio Internacional Epistemologias de la resistencia.
Este evento es organizado y auspiciado por Universidad Nacional Federico Villarreal, Grupo de Estudios Literarios Latinoamericanos Antonio Candido (GELLAC) y Asociación Peruano Japonesa (APJ).
Mesa: Memoria, testimonio y transgresión.
§ Giancarlo Cornejo Salinas (PUCP)
“Injuria, vergüenza y subversión”.
· Ana Elena Costa Neyra (UNMSM)
“El diálogo humano como ethos testimonial”.
§ Judith Paredes Morales (GELLAC - UNFV)
“Transgresiones corporales en Efecto Invernadero, novela de Mario Bellatin”.

Moderadora: Regina Martínez (GELLAC - UNFV)
Lugar: Centro Cultural Peruano Japonés
Auditorio: Ryoichi Jinnai
Dia: Viernes 19 de Junio
Hora: 5 p.m - 6:15 pm
Dirección: Avenida Gregorio Escobedo N° 803 Residencial San Felipe. Jesús María. Lima-Perú.
Inscribanse y vean el programa completo en:

sábado 13 de junio de 2009

Des/identificaciones que matan: El extremismo de los salvajes y las machas



El éxito de la individualización de la responsabilidad en la agresión contra Techi radica en la noción del “salvaje” como sinónimo de “hombre de la Selva”. Techi es construida como una “salvaje” que tiene sexo en el espacio público, y sus agresores como hombres que no pueden contener un salvajismo original.

Los sangrientos hechos ocurridos en Bagua en que 24 policías y un número indeterminado de civiles murieron han vuelto a poner en el debate público la centralidad de la categoría “salvaje”.

Alan García, el nauseabundo presidente peruano, no ha dudado en catalogar de salvajes y de “no ciudadanos de primera categoría” a los nativos amazónicos. No ha dudado tampoco en culpabilizarlos como cuerpo colectivo de todas las muertes. Los nativos son salvajes y extremistas. Es su salvajismo el que los hace extremistas, porque como el spot publicitario del propio gobierno asevera los extremistas son comandados “por consigna internacional”. Implícita en esta aseveración este el nexo salvaje/irracional/no peruano.

Planteo que la construcción del nativo amazónico como salvaje puede ser entendida desde un enfoque de performatividad. En el discurso del partido oficialista y de García no se duda en apelar a una noción de ciudadano peruano y de Perú que se opone radicalmente a la de salvaje amazónico. Esta noción de “peruano” se postula como un a priori, un sujeto previo e independiente del salvaje; sin embargo un sujeto que depende estructuralmente para ser tal de la categoría abyecta. Este sujeto peruano es construido como un todo homogéneo, racional, y que dada su racionalidad jamás cuestionaría un modelo de desarrollo basado en la explotación irrestricta de “recursos naturales”. Es mas el gobierno se considera la (lógica) materialización de la voluntad de este sujeto peruano. Sin embargo, este sujeto homogéneo, unitario, racional y coherente solo puede aparecer por la previa exclusión de un objeto de conocimiento que es erigido antes como un sujeto homogéneamente salvaje.

La asimetría de la distribución del duelo público en este genocidio revela también más indicios en este sentido. El gobierno aprista construye los cuerpos muertos de los policías como cuerpos dignos de duelo. En este spot oficial los cuerpos de los jóvenes suboficiales de la policía son exhibidos como trozos de carne de algún spot publicitario. En este comercial estos cuerpos son dispuestos para el consumo. Debemos consumir estos cuerpos, y debemos inevitablemente hacer un duelo, pero este duelo no es tanto por las pérdidas de esas jóvenes vidas como de la fantasiosa estabilidad de un modelo neoliberal económico. Los cuerpos que no merecen ningún duelo público, en cambio, son los de los nativos amazónicos, que como ya dije son construidos como no peruanos.

Los cadáveres de los policías son elevados a figuras idealizadas de consumo. Y es la producción de estos cuerpos como vidas (necesariamente) prescindibles la que necesitamos cuestionar. Para ello quiero que prestemos atención a una ley para los policías (recientemente promulgada) que penaliza la homosexualidad y los desvíos de la monogamia heterosexual con la expulsión inmediata de dicha institución en el primer caso y en el segundo con un retiro temporal de dos años.

Esta ley fue promovida por la ministra Mercedes Cabanillas, la “dama de hierro” como la llama la prensa local. La “dama de hierro” alude a la masculinidad autoritaria e intolerante de Cabanillas. Ella parece decir “soy un macho, pero jamás una machona”. Sus declaraciones homofóbicas son intentos paranoicos de desidentificación de la categoría “machona”, que se asemejan a los desesperados intentos de Alan García por desindetificarse de su pasado “izquierdoso”.

La ley en cuestión es presentada por el gobierno como un intento por moralizar la policía, una organización bastante desacreditada en el Perú. Aquí se construye al policía como el ciudadano ideal, heterosexual y monógamo. Pero es una idealización que es reconocida públicamente como fantasmática e imposible. Bastaría recordar que García tiene un hijo fuera de un matrimonio heterosexual monógamo, y que más de uno y una de sus ministros son pensados como homosexuales enclosetados. Y si este ciudadano ideal es posible lo es a costo de su inhabitabilidad. Los 24 policías muertos son un ejemplo más que claro de cómo el espacio del objeto ciudadano ideal (y obedientemente acrítico) es invivible.

Alan García supone que la categoría “peruano” es una que él conoce perfectamente, y es una que jamás contrastaría con sus intereses políticos y económicos. La clausura de esta categoría le permite al APRA convertir su facismo y autoritarismo en la democracia que los medios de comunicación masiva en Lima no dejan de reverenciar ¡Ya es hora de dejar de hacerlo!

miércoles 10 de junio de 2009

Espacios, fronteras y tiempos transgénero



En el programa “Primera Edición” del 29 de Enero del 2009 se informó de una brutal agresión contra una travesti, llamada Techi, y un hombre con el que había tenido relaciones sexuales o con el que estaba pactando una, en la ciudad peruana de Tarapoto. Los agresores fueron miembros de una ronda vecinal.

Hay una importante diferencia entre un ladrón (alguien que afecta la propiedad de una comunidad o la privada) y la travesti prostituta en cuestión (alguien que transgrede la “moralidad pública”). Ahora ¿qué implica esa “moralidad” pública? Lo primero que se me viene a la mente es la idea del sexo confinado a espacios privados (cuartos matrimoniales heterosexuales, o en su versión más laxa hostales). Además el sexo en cuestión no es heterosexual, y está enmarcado en un contexto económico contractual que atenta contra una noción heteronormativa de temporalidad (sexual). Entonces, el atentado a la normatividad heterosexual pública (entendida como “moralidad” pública) es intolerable porque hace visible lo que debiere estar restringido a la oscuridad, y a la vergüenza (Warner 1999).

Leo Bersani (1998) citando a Foucault recuerda que lo intolerable de los gays no es que tengan sexo (ni si quiera mucho y buen sexo), sino que se despierten al día siguiente felices y puedan expresar esa dicha públicamente. Evidentemente no sabemos si la relación entre la travesti y su (aparentemente) momentánea pareja sexual fue dichosa, feliz, y si al día siguiente se levantaron juntos y felices como perdices. Lo que sí sabemos es que no tiraron (o cogieron) en un cuarto, sino en la calle ¿Quién determina si el sexo público (no heterosexual) es dichoso, lamentable, o vergonzoso? Es obvio que en esta escena los miembros del autodenominado “comité de seguridad ciudadana”. Pero ellos no inventan una normatividad homofóbica, la citan. Entonces su responsabilidad radica en la cita homofóbica que hacen que anula la posibilidad de un tipo de parentesco sexual (consensuado) como el que discutimos (Butler 2004).

Además de golpes, insultos, el momento clave a nivel de todo lo que condensa, es cuando le cortan la larga cabellera a la mencionada travesti. Este es un acto común en linchamientos a delincuentes, pero en este caso tiene el efecto de un retorno violento a la masculinidad heterosexual más normativa. La agresión es un disciplinamiento del cuerpo como cuando obligan a la travesti a hacer ranas desnuda, y a hacer otro tipo de ejercicios.

Quiero explorar más la idea de la vergüenza. La privatización de la sexualidad y especialmente de la no heterosexual tiene como consecuencia la implantación de la vergüenza en toda subjetividad no heterosexual. La única condición que la normatividad heterosexual nos da para transgredir sus normas es aceptar la vergüenza y encarnarla. La importancia del corte de cabello radica en que su fín es generar vergüenza pública. La normatividad heterosexual implica su propia transgresión siempre que ésta encarne la vergüenza de su transgresión. Pero tanto la vergüenza como su trasgresión si mantienen su pacto, se quedan relegadas a la esfera privada. Como un secreto del que solo se oyen susurros dispersos. Pero la sanción al hacer público el sexo no heterosexual es también hacer pública la vergüenza. Hacer que esta marque el cuerpo, que su encarnación sea distinguida por todos y por cualquiera.

Es importante resaltar el acto de violencia que cometieron también los medios de comunicación. Primero en el registro de imágenes tan violentas ¿No pudieron decirles a los comuneros que lo que hacían era ilegal y que filmados podían ser denunciados? En simples palabras, lo que creen describir lo producen (Butler 2002). Repiten la agresión brutal contra ambas personas. Basta ver el titular que acompaña las imágenes. Dice ¨Salvaje castigo a pareja gay¨. Primero, la agresión, tortura, intento de homicidio, injuria, humillación de la que fueron victimas ambas personas es llamada castigo. Segundo, lo que se cuestiona no es la lógica de castigar, sino lo salvaje del castigo particular. El uso del término “castigar” revela que la homofobia es entendible, justificable o hasta deseable, pero no en esos niveles de brutalidad.

Otro punto que evidencia la complicidad de los agresores fácticos con el reportaje radica en la pregunta por el costo del servicio. El otro hombre agredido dice 5 soles (menos de 2 dólares). Esta pregunta elegida dentro de muchas otras posibilidades más urgentes o pertinentes no es simplemente morbosa, sino que busca resaltar lo poco o nada que vale el cuerpo de un maricón.

Es mas, el pequeño reportaje termina con las palabras del agresor, que son más importantes que las de las victimas (que no son incluidas). El dice que en el intento de erradicar la prostitución han actuado consecuentemente. Pero en el reportaje parece justificarse esta idea. Hay que preguntar qué clase de represión a la prostitución de travestis pide el agresor (que se repite en el reportaje) ¿Acaso no pide el mismo tipo de violencia pero en que los agentes sean estatales? ¿El reclamo al estado cuyo eco se escucha demanda protección y respeto a las personas transgénero o exige que sea más eficiente en su represión de sexualidades no heterosexuales? ¿El reportaje demanda al Estado políticas públicas ante la violencia contra personas no heterosexuales, o demanda políticas sexuales más rígidas que garanticen la hegemonía pública de la heterosexualidad y que eviten los excesos de actores particulares?

Para complejizar estas preguntas es útil traer a mención un mecanismo de control que la policía municipal está poniendo en práctica en el distrito limeño de Lince. En las noches y madrugadas sus “efectivos” policiales se colocan en ciertas cuadras de las avenidas Arequipa y Petit Thouars con grandes carteles que dicen “No las recojas ¡Te estamos grabando!”

Estas palabras resultan poderosas porque evidencian la lógica de la homofobia que elimina vidas como la de Techi. Las travestis son basura social. Eso nos dice este cartel. No las recojas porque son basura, y contaminan. Y si las “recoges” es porque los mecanismos disciplinarios de tu subjetividad son laxos y desvergonzados. Por ello el Estado hará que tu cuerpo encarne la vergüenza. La criminalización del “cliente” es en este contexto una proyección de la criminalización y patologización de la homosexualidad.

Mary Douglas (1973) afirma que los mecanismos de contaminación son sistemas de orden, en los que se busca distribuir ciertos elementos espacialmente. En la analogía literal entre travestis y basura, lo que se cuestiona es el espacio dónde la basura se coloca. A la vista de todo el mundo: niños -asumidos siempre como heterosexuales-, púberes con muchas fantasías sexuales, madres de familia que ven opacadas sus feminidades y sus cuerpos, hombres que se descubren deseando no a mujeres “biológicas”, etc. Probablemente la basura travesti podría estar en un basural con otros sujetos basurizados, pero nunca en espacios públicos.

Hay una consigna funcional al sistema económico hegemónico que se siente en estas escenas. La lógica del espacio público como espacio para el residente, es decir para la persona que disponga del capital económico y de una propiedad que le permita privatizar “espacios”. Esto en desmedro de una lógica de espacio público como espacio de encuentro de diferencias y de diferentes. Así se reafirma la noción de “vecino” como propietario, y se olvida a todas aquellas personas que dan uso a dichos espacios públicos, y a sus usos que pueden y deben ser distintos de las intenciones de sus creadores.

Para ser más exactos, se produce performativamente la noción del “vecino” como un sujeto previo al exterior constitutivo (travesti). Así se habla, por ejemplo, de vecinos invadidos por travestis; aun cuando muchas zonas de trabajo sexual tienen muchos años de tradición, y en varios casos esas zonas son previas a la llegada de muchos de esos “vecinos”.

¿Qué implica que cuerpos como el de Techi tengan que ser excluidos para que haya orden? ¿Qué tipo de orden es el que se constituye en esos términos? Evidentemente uno en que la norma heterosexual sea una que de inteligibilidad, sentido y viabilidad a las vidas. Esto también nos recuerda cuán peligroso puede ser demandar al Estado que organice el parentesco, o que mantenga la hegemonía en la distribución de reconocimiento del parentesco.

La homofobia más que violencia contra homosexuales y transgénero es una pretensión de conocimiento (Halperin 2000). El pensamiento homofóbico es aquel que pretende conocer mejor a un homosexual de lo que éste puede, ha podido y podrá hacerlo en toda su vida. La ronda vecinal y los policías saben mejor que las travestis que ellas son mierda social. La homofobia depende de la injuria, es decir del poder herir a través de las palabras.

Sin embargo, la homofobia también implica su propio desplazamiento. Tanto en la violencia homófoba de la ronda vecinal como la de los policías municipales hay importantes implicancias homoeróticas. La ronda desnuda el cuerpo de la travesti, lo obliga a ejercitarse, goza con la exhibición de ese cuerpo, goza con desnudarlo, goza con mostrarlo a la cámara. Por su parte, el “te estamos grabando” intenta invisibilizar la posición masculina que desea mirar sexo no heterosexual, que está atento para registrar a ciertos cuerpos no heterosexuales.

Además, tanto la grabación de la agresión a Techi como la puesta en escena de policías con los citados carteles hacen que proliferen las imágenes de no heterosexualidad en espacios públicos. Es decir, implican su propia transgresión. Estos mecanismos de disciplina heteronormativa también dicen “es posible tener sexo no heterosexual”, “es posible el sexo en público”, “existen travestis en muchas partes”, “hasta el hombre que menos aparenta puede desear tener sexo con una travesti” y “siempre hay gente (como nosotros) que desea ver sexo no heterosexual”. Y la producción performativa de la noción de “vecino” permite articulaciones de dicha categoría que traicionan las implicancias heteronormativas de sus usos más comunes.

Más allá de eso, la vergüenza puede constituirse en un caudal de energías subversivas (Eribon 2001) que visibilicen un “punto de vista” que niega su condición de tal. La vergüenza tiene el potencial de hacer que el dolor pueda ser nombrado de otras formas, que pueda incluso salir del circulo vicioso de la injuria. Y es precisamente el nombrar de otras formas lo que cuestiona la pretensión autoritaria que está detrás de la heteronormatividad.

Bibliografía

Bersani, Leo. 1998. Homos. Buenos Aires: Manantial.

Butler, Judith. 2002. Cuerpos que importan. Sobre los límites materiales y discursivos del sexo. Buenos Aires: Paidós.

Butler, Judith. 2004. Lenguaje, poder e identidad. Madrid: Síntesis.

Douglas, Mary. 1973. Pureza y peligro: Un análisis de los conceptos de contaminación y tabú. Madrid: Siglo Veintiuno.

Eribon, Didier. 2001. Reflexiones sobre la cuestión gay. Barcelona: Anagrama.

Halperin, David. 2000. San Foucault: Para una hagiografía gay. Córdoba: Ediciones Literales.

Warner, Michael. 1999. The trouble with normal. Sex, politics and the ethics of queer life. Cambridge: Harvard University Press.

sábado 30 de mayo de 2009

New Thinking on Citizenship, Power, and Public Space in Latin America

El 3 y 4 de Junio tendrá lugar la conferencia "New Thinking on Citizenship, Power, and Public Space in Latin America". La conferencia tendrá lugar en la Univeridad de Roskilde (Dinamarca). Daré una ponencia, y será la primera fuera de este continente. Estoy bastante emocionado por ello, y porque he sido invitado por la brillante profesora Christina Hee.
El panel del que voy a participar es este:
Workshop 3: Democracy, Space and Gender
Chair: Anne Marie Ejdesgaard (KU)
Giancarlo Conejo Salinas “Homofobia, injuria y vergüenza pública”
Heli Aaltonen “From Fundadoras to Pastoras”
Rogerio Cunha Campos “Repensando educación, ciudadanía y vida pública”
Christina Hee Pedersen “Construcciones de perseguidas y perseguidores – la intersección entre género, clase y etnicidad”
Luhar: Roskilde University, Department of Communication Building 41
Fecha: Wednesday, June 3rd, 2009
Horario: 11:45-13:45